Trabajo
infantil: pobreza para el futuro
Marcelo Colussi
“¡Los
niños primero!” suele decirse. Y durante la artificialmente manipulada guerra
de Irán-Irak en que se desangraron en forma inútil ambos países, esa consigna
se cumplió en forma literal: eran niños los que iban al frente… para detectar
las minas –pisándolas, claro–. Este patético ejemplo
muestra lo que, en buena medida, sigue siendo la actitud del mundo adulto con
respecto a la niñez: no siempre se la comprende como la semilla del futuro.
La
riqueza de las sociedades no está en sus recursos naturales. La verdadera
riqueza está en el capital humano. Un país desarrollado es el que tiene la
población más preparada. Japón, con escasos recursos naturales, o Cuba,
bloqueada y agredida, son sociedades infinitamente más ricas que, por ejemplo,
la de Brasil, o la de
Terminar
con la pobreza no es, en absoluto, algo sencillo ni rápido. Muchos países
pobres del Tercer Mundo que en décadas pasadas recorrieron la senda del
socialismo, si bien pudieron crear cuotas de mayor justicia en el reparto de su
renta nacional, no han podido aún superar esa lacra de la pobreza en tanto fenómeno
económico-social y cultural. De hecho, funciona como círculo vicioso: la
pobreza (que no es sólo material: es una suma de carencias materiales y espirituales)
no permite el desarrollo integral y sin él no puede haber mejoramiento en la
calidad de vida. Si la educación, la formación de capital humano, son la clave
para superar la pobreza, los sectores pobres son justamente los que menos acceso
tienen a esas posibilidades. Y donde con mayor elocuencia se ve el fenómeno es
en la niñez pobre.
Un niño o niña o un adolescente trabajando
constituyen un síntoma social; hablan no sólo del presente de la comunidad a la
que pertenecen, sino también de su porvenir. El por qué un menor trabaja está
indisolublemente ligado a la situación de pobreza. En cualquier país donde se
da el fenómeno, siempre hay que entender el mismo en la lógica de
"ayuda" al presupuesto familiar. En las áreas urbanas, según
estimaciones de
Por lo tanto el trabajo infantil llena una
acuciante necesidad; eliminarlo significa privar a una enorme cantidad de
población adulta de una ayuda que, de no tenerla, se vería sumida
irremediablemente en la indigencia total. Por lo que estamos ante un complejo
círculo vicioso: poblaciones pobres–familias pobres– padres con pesadas cargas familiares–niños
que deben trabajar–niños que no acceden a la
educación formal–futuros adultos sin capacitación–nuevas familias pobres–continuidad
de las poblaciones pobres. Círculo, entonces, muy difícil de romper. ¿Por dónde
empezar?
Como dice
Un menor que trabaja tiene hipotecado su
futuro, y por lo tanto el de su sociedad. La relación es inversamente
proporcional: a mayor cantidad de horas trabajadas menor cantidad de horas de
estudio. Por tanto: el trabajo infantil puede salvar del hambre aquí y ahora
–como de hecho sucede– pero cercena a futuro las
posibilidades de desarrollo.
Por otro lado, en sí mismo el trabajo
infantil es cuestionable por otro cúmulo de razones. Que un niño o niña a
cierta edad desarrolle alguna tarea doméstica, o aprenda el oficio de sus padres,
puede ser un gran aliciente, tanto personal como colectivo. Es una forma de
contribuir a la socialización, puede ser una manera de ir generando un espíritu
de responsabilidad, de solidaridad incluso. Pero el trabajo al que nos
referimos no es ése precisamente: se trata de algo realizado en un clima de
dependencia con todas las cargas que sobrelleva un trabajador –cumplimiento de
horarios, exigencias, a veces una gran cuota de peligro–
en una edad en que ningún ser humano está preparado para ello, aunque la
urgencia de la vida fuerce a soportarlo. Es eso lo que se denuncia como
cuestionable: un menor que trabaja pierde, además de su estudio, la posibilidad
de disfrutar su infancia, de jugar, de la magia de ser niño; es decir: sufre.
Si queremos decirlo en forma simplificada: la niñez es la preparación para la
adultez. Por tanto, un niño debe ser niño y no un adulto en pequeño.
Adicionalmente, y reforzando la historia de
que el hilo se corta por el lado más delgado, el trabajo infantil se
desenvuelve siempre, comparado con el de los adultos, en condiciones de mayor
precariedad. Muchas veces está invisibilizado como
tal, y en general no goza de prestaciones laborales ni derechos específicos, y
aunque haya normativas al respecto, dado que es un grupo mucho más vulnerable
por su misma condición de "pequeño" (prejuicio con el que deberíamos
terminar alguna vez), resulta más "fácil" para el empleador saltarse
las legislaciones.
Luchar contra el trabajo infantil es luchar
contra una grosera forma de explotación. Está claro que la pobreza es un
círculo vicioso, y desde la pobreza es más urgente encontrar soluciones
puntuales, aquí y ahora, que posibiliten comer todos los días y no pensar en
términos de largo plazo. Pero ahí está la cuestión: un niño trabajador, al
igual que un niño puesto en la calle, un niño que mendiga o que se droga, un
niño transgresor, nos muestra que todavía falta
muchísimo por trabajar en pro de la justicia. Los moldes del capitalismo
definitivamente no permiten encontrarle salida al problema.
Como dijo UNICEF, quizá sin aportar mayores
soluciones dado que su misma situación institucional se lo impide, pero sin
dejar de tener razón en la formulación: "El mundo no resolverá sus
principales problemas mientras no aprenda a mejorar la protección e inversión
en el desarrollo físico, mental y emocional de sus niños y niñas".