Del tractor al camello

 

Juan Manuel García Ramos

 

Tengo que reconocer mi debilidad por las teorías del filósofo napolitano Giambattista Vico sobre las sociedades humanas y su permanente ir y venir, un desgastarse y recomenzar inevitables dictados por una Providencia que no las deja escapar de ese incesante corsi e ricorsi.


Esas ideas aplicadas a las familias derivan en un vapuleado dicho popular: padres ganadores, hijos caballeros, nietos pordioseros. Y vuelta a empezar. Todo revestido de la magia del número tres. Viene esto a cuento porque en uno de mis insomnios me detengo en la página marginal de un periódico que merece una larga y profunda meditación. Ustedes verán si están conmigo o no.


En la región india de Rajastán, al oeste del extenso país de Gandhi, los dromedarios machos han alcanzado precios cuatro u ocho veces por encima de lo que costaban hace un par de años. El motivo es que los agricultores de esa desértica zona están cambiando los tractores de gasoil por los antiguos camellos de sus labranzas, pues el aumento del precio del petróleo, ya por encima de los psicológicos ciento veinte dólares, los hace regresar a sus orígenes y a sus viejas costumbres laborales.


Como reza la noticia, la fuerte demanda de crudo en EE.UU., China y la misma India, y la especulación que esto ha llevado consigo en todo el mundo, ha significado una bendición para la comunidad india de los raikas, dedicada desde el origen de los tiempos a la cría de camellos. Ahora les ha llegado de nuevo la prosperidad perdida. Un camello llega a vivir unos ochenta años y se alimenta de cualquier cosa que encuentra a su camino.


¿Será sólo un aviso? ¿Un simple indicio de por dónde pueden ir las cosas?


También en Estados Unidos la venta de furgonetas y todoterrenos ha descendido a favor de la de monovolúmenes, aunque el precio de la gasolina no esté todavía sino en setenta y dos céntimos de euro, una cifra que, sin embargo, para los americanos del norte supone un incremento que los obliga a recortar gastos y a cambiar algunos usos consumistas.


No me creo mucho lo del cambio climático y tengo mis razones que ya he aportado con anterioridad en estas columnas. Con la ayuda de potentes ordenadores, los teóricos del clima previeron en la década de los setenta del pasado siglo aumentos considerables de temperatura en la superficie del globo. Por entonces se habló de un remonte de cinco grados de media para el año 2000. Llegó el año 2000 y la temperatura del globo había ascendido 0,1 grados, es decir, cincuenta veces menos de lo previsto.


Lo mismo ha sucedido con el nivel del mar. Desde el observatorio de Toulouse, dirigido por una científica de prestigio innegable, Anny Cazenave, el resultado de las mediciones realizadas a partir de la información de satélites durante los diez últimos años es que el nivel del mar aumenta 2,5 milímetros al año, es decir, en cien años habrá ascendido veinticinco centímetros.


El apocalipsis climático, si ha de llegar, queda lejos a partir de los datos obtenidos en los últimos decenios.

Otro asunto distinto y preocupante es la crisis energética. Las reservas de petróleo se agotarán, si no se descubren nuevos yacimientos, en apenas cuarenta años, las de gas, en sesenta años, y las de carbón en unos doscientos años.


Esos sí son cálculos objetivos y comprobables. El colapso de un sistema de vida basado en ciertas fuentes de combustibles fósiles es un hecho. Es lo que hay.


Como anuncian los expertos, la burbuja de la globalización industrial y comercial se desinflará por la crisis energética que ya empezamos a padecer. Sirvan los dromedarios de Rajastán como un avance del porvenir que nos espera. Se acabará un sistema de vida y vendrá otro, simple corsi e recorsi, como nos anunciaba Vico hace más de doscientos cincuenta años. Sucede con la energía, que obliga a la técnica en general a autorregularse, y está sucediendo con la información en red, en el mundo de los internautas y sus memorias gigantescas de datos de las que hoy disponemos.


La juventud, instalada en esas coordenadas de información en bruto, tiende a la no selección, a no pensar por ella misma, a idiotizarse ante tal avalancha de referentes.


Una metáfora útil para cuidarnos de algunos de estos peligros se encuentra en un relato de Jorge Luis Borges, de título algo equívoco: Funes el memorioso, fechado en 1942.


La memoria personal de este ciudadano Funes contiene la plena conciencia de todo lo que ha caído alguna vez dentro de su campo visual. Es capaz de recordar, en sus detalles más nimios, todo lo que ha visto sólo una vez. Su cerebro es una enciclopedia que no para de introducir novedades a medida que su existencia avanza.


Pero precisamente por esa capacidad de almacenar sin tregua, está inhabilitado para pensar. "Pensar es elegir", escoger ciertos elementos de nuestras percepciones (olvidando los demás) y luego organizarlos para aplicarlos otra vez a la realidad. La memoria oceánica de Funes le impide desarrollar su inteligencia; esa memoria abarca la totalidad detallada de su vida. Pensar es seleccionar y Funes no es capaz de ordenar la información que almacena; sus infinitos recuerdos lo limitan en sus discernimientos más prácticos. En el cuento de Borges, Funes muere simbólicamente de una congestión pulmonar. De lo que realmente muere es de una congestión informativa.


Funes nos anuncia la crisis intelectual que vivimos en nuestro nuevo viejo mundo que es la Europa de nuestros días a la que pertenecemos culturalmente.


Los pensadores, los que trabajan con su mente, los que leen y escriben, están hoy desplazados de los grandes foros de audiencia. La televisión facilita y facilita información, pero no la jerarquiza, no la discute desde distintos puntos de vista, no crea debate entre la ciudadanía. No nos sirven los programas sobre política menuda, ni los dedicados al mundo del corazón partido, como no podía ser menos.


A la Europa unida de hoy la recorre también un escalofrío universitario. Las humanidades están más en entredicho que nunca. Una ola de mero pragmatismo se abalanza sobre las nuevas titulaciones académicas ahora supeditadas al mercado laboral y sólo al mercado laboral. La implacable ley del rendimiento inmediato que demandan los empleadores.


También parece que volvemos atrás en cuanto a concepción universitaria se refiere. Se buscan jóvenes para colocar pronto en las empresas, no jóvenes formados integralmente. Productividad y competitividad.


La libertad académica, piedra de toque de toda institución que se precie, empieza a gestionarse desde los poderes políticos y económicos. La libertad de cátedra es amenazada por las pedagogías reglamentistas. El compromiso de convergencia universitaria europea firmado en Bolonia comienza a presentar perfiles más que sospechosos. ¿También sufriremos en estas actividades otra vuelta a los orígenes? ¿Tendremos que recomenzar?