DOSCIENTOS MIL TURISTAS MENOS,

O COMO MATAR LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO

 

Mafersa

 

He pasado una semana de vacaciones en Costa Teguise, Lanzarote. Siempre me ha fascinado nuestra isla de Lanzarote, por sus bellezas naturales, por su peculiar forma de proteger del viento sus vides, productoras del delicioso malvasía, por su tortuosa orografía volcánica, donde pueden observarse los ríos de lava petrificada, los cono volcánicos, los tubos volcánicos, que, como la cueva de Los Verdes, se formaron al enfriarse los ríos de lava en su camino hacia la mar. Todo ello, conjuntamente con su sencilla pero bella arquitectura, obra de nuestro genial aunque malogrado César Manrique, quién nos legó en esa isla obras como El Jardín de Cactus, Los Jameos del Agua, El Mirador del Río, etc, aunque, personalmente, creo que su más grande obra fue marcar las características de la arquitectura de toda la isla.

 

Pero no es el objeto de este artículo, aunque no pierdo la oportunidad, el cantar las bellezas de Lanzarote, como su título indica trata sobe la crisis del turismo en Canarias, y para ello les relato la experiencia vivida en mis cortas vacaciones, para que saquen ustedes mismos sus conclusiones.

 

Aprovechando que tenía un amigo en unos apartamentos en Lanzarote, de vacaciones con su familia,  le llamé para que me reservara uno para una semana en Costa Teguise, en unión de mi mujer, una amiga suya y mi hija, que por razón de edad, ya es la única que nos acompaña. Pregunté a mi amigo cuanto costaba el apartamento, días antes de salir, informándome que de 30 a 40 euros/día, que se enteraría y me comunicaría el importe exacto. Durante el viaje me llamó para decirme que sólo quedaba un apartamento libre y que costaba 60 € al día. No me pareció correcto el cambio de precio, sobre todo, en tanta cuantía, y cuando ya no tenía otra opción.

 

Después de viajar toda la noche en barco, pues llevamos un coche, llegamos a los apartamentos poco antes de las ocho de la mañana, por lo que tuvimos que esperar por el recepcionista, quién nos informó a su llegada que si queríamos podíamos dejar nuestro equipaje, pero que no podía darnos las llaves del apartamento hasta las doce porque tenían que prepararlo, esto es, limpiarlo y poner las sábanas, colchas, etc. Nos fuimos a la playa a pasear, sin podernos cambiar.

 

A la una y media estábamos en los apartamentos, pero tuvimos que esperar hasta las tres y media porque, según el recepcionista, no habían acabado aún de hacer el apartamento, y que estaba preparado para tres personas, que por la tarde, el servicio nos llevaría las sábanas y toallas para el cuarto ocupante.

 

Una vez en el apartamento, nos sorprendió ver una galleta al lado de la nevera, (despiste, pensamos). La primera que fue a la ducha nos informó que no salía agua caliente. Cansados como estábamos, después de deshacer las maletas, nos echamos una siesta reponedora. Cuando nos disponíamos a hacernos un café, el fogón eléctrico elegido hizo saltar el automático. Al día siguiente observamos que lo de la galleta no era un despiste, había suciedad vieja debajo de las camas (pelotas de pelos y polvo, etiqueta de alguna prenda, etc).

 

Esperamos pacientemente durante tres días, a ver alguna señora de la limpieza, cuando viniese a “hacer” el apartamento, para avisarle coloquialmente de todas las anomalías, pues a fin de cuentas, solo íbamos a dormir al apartamento, pero esta circunstancia no sucedió. Al regresar la tarde del tercer día al apartamento y observar que aún no habían limpiado ni traído las toallas ni las sábanas ni las colchas del cuarto ocupante, decidí ir a hablar con el recepcionista, quién, después de escucharme atentamente, me manifestó estar avergonzado de lo sucedido, que trataría de poner remedio de inmediato y que llamaría al director, que estaba de vacaciones (¡En agosto, y con el complejo a tope!).

 

No hice más que llegar al apartamento cuando me llamó: que nos dejaban además del apartamento en el que estábamos (el 140), otro más grande para que estuviésemos más cómodos, (el 136), que el servicio ya iba a hacer limpieza y que también iba hacia el apartamento el servicio técnico. Efectivamente, en menos de una hora tuvimos agua caliente, el fogón reparado, y al servicio, después de recibir las toallas limpias, le dijimos que viniese al día siguiente para que cambiaran las sábanas e hiciesen la limpieza. Esa misma tarde-noche, el compungido recepcionista me llamó para comunicarnos que el director nos invitaba a desayunar y cenar el resto de las vacaciones, en prueba de desagravio. El llavero del segundo apartamento, que era más grande que el primero, era de metacrilato, con sus letras y número grabado, el del primero, de plástico azul, de esos corrientes que se venden en las ferreterías.

 

La noche antes de regresar a Gran Canaria, estando en la ducha, oí un grito desgarrador: ¡Una cuca!, ¡Una cuca!, ¡Una cuca en el armario! Era mi mujer que, a pesar de haber tenido tres hijos, aún le dan asco. ¡Mátala!, fue mi contestación. Entre mi hija y mujer, tras una batalla indescriptible a juzgar por el ruido que hicieron la mataron.

 

La factura, expedida (me fijé posteriormente) no tiene logotipo ni firma, y el número de la habitación que allí reza es la 999.

 

No menciono el nombre de los apartamentos porque estimo que no se trata de un caso aislado, en un determinado centro turístico, esta situación o similar, ha pasado, probablemente, 200.000 veces con turistas extranjeros, tantos como turistas perdidos con respecto al año pasado, así mismo no menciono dicho nombre por la profesionalidad del recepcionista, que no sólo se preocupó sino que se ocupó efectivamente de solucionarnos los problemas, de tratar de conseguir agradarnos como compensación por las incidencias habidas.