¿Cómo
sería Venezuela sin Globovisión?
Marcelo Colussi
Desde que se inició este singular proceso de transformación que está viviendo
Venezuela, más o menos viene repitiéndose la misma proporción de seguidores y
de opositores de la revolución: en términos generales un 60 % contra un 40 %.
Los porcentajes no han variado sustancialmente en el tiempo. ¿Hay un 40 % de
venezolanos que ve en el "peligro comunista" que se acerca la
posibilidad de perder sus fincas con helipuerto, sus mansiones, sus yates? ¿Tan
grande es el porcentaje de población que no se beneficia de las medidas
populares, de salud y educación gratuitas, de los mercados con precios
solidarios? ¿Tanto ricachón hay en Venezuela que viaja a hacer sus compras a
Miami en su jet privado y que ve en estas masas de pobres un
"peligro"? ¿O es más compleja la situación?
Según estudios serios de psicología social y de semiótica, hoy día
aproximadamente el 85 % de lo que un adulto urbano término medio de cualquier
parte del mundo sabe y opina en términos políticos proviene de lo que ha tomado
de los medios de comunicación, la televisión en primer lugar. Dicho en otros
términos: repetimos como loros los que nos dicen en ese aparato que desde hace
algunas décadas ha cambiado la fisonomía cultural de los seres humanos.
"Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú"
se lamentaba consternado Pablo Neruda. ¡Y cuánta razón tenía!
Si bien en todas las encuestas previas al referéndum para la reforma
constitucional del pasado 2 de diciembre se repetían esos valores con que había
venido ganando el "chavismo" –un 60 %
contra un 40 como tendencia– algo pasó que no se ganó la consulta popular.
Muchos chavistas no votaron por la propuesta de
cambio. Es complejo establecer qué pasó exactamente. ¿Desmovilización? ¿Voto
castigo contra los errores acumulados por el gobierno? ¿Fue extemporánea la
reforma, la manera en que se manejó, y por tanto negativa la reacción de la
población chavista? ¿O hubo manipulación mediática
que confunde? ¿Temor a perder sus latifundios, sus Ferrari o sus aviones
privados en la gente de los barrios? Eso es difícil, claro, pero no era
infrecuente escuchar en los sectores más humildes, aquellos que salieron a
defender a su presidente en el momento del golpe de Estado en el 2002 o que
superaron con su movilización el sabotaje petrolero, los mismos argumentos que
aparecen en la televisión comercial, Globoterror
fundamentalmente: "con la reforma quitarán los hijos y los enviarán a
campos de reeducación en Cuba, van a poner a vivir otra familia en mi casa, me
expropiarán uno de los dos pares de zapatos que tengo".
La gente no es tonta: ¡la vuelven tonta!
"¿A quién debe dirigirse la propaganda: a los intelectuales o a la masa
menos instruida? ¡Debe dirigirse siempre y únicamente a la masa!",
formulaba sus tesis Joseph Goebbels, el padre de la
manipulación mediática, ministro de propaganda de los nazis. "Toda
propaganda debe ser popular y situar su nivel en el límite de las facultades de
asimilación del más corto de alcances de entre aquellos a quienes se dirige.
(…) La facultad de asimilación de la masa es muy restringida, su entendimiento
limitado; por el contrario, su falta de memoria es muy grande. Por lo tanto,
toda propaganda eficaz debe limitarse a algunos puntos fuertes poco numerosos,
e imponerlos a fuerza de fórmulas repetidas por tanto tiempo como sea
necesario, para que el último de los oyentes sea también capaz de captar la
idea".
Justamente eso es lo que vemos hacer a diario en Globoterror.
¿Quién es el verdadero enemigo de la revolución bolivariana, la gente que se
opone a las reformas en pro de una construcción socialista: ese 40 % de
población que puede repetir esas patrañas dichas hasta el hartazgo por Globoterror?
El canal televisivo Globoterror no es, en términos
empresariales, una potencia contra la que luchar. No es una multinacional que
fija precios a escala planetaria ni mueve capitales golondrinas en cantidades
multimillonarias dejando desolación a su paso. Es, sin dudas, una empresa considerable:
tercer puesto entre los monopolios comunicacionales del país tras
Las mentiras propaladas por Globoterror dejan cortas
las recomendaciones de Goebbels. Mucho, muchísimo de
la matriz de opinión nacional e internacional tejida contra el proceso
venezolano es producto de esa sistemática y constante campaña de
envenenamiento. Su comportamiento fue comparado recientemente por el abogado
Adán Navas con el que tuvieron los medios de comunicación en Ruanda durante la
guerra civil de ese país en el año 1994 luego de la cual "fueron
condenados a cadena perpetua periodistas y dueños de los medios de comunicación
que instigaron y produjeron como consecuencia de ello, masacres y
genocidio" según la sentencia del Tribunal Penal Internacional del Consejo
de Seguridad de las Naciones Unidas. La sentencia enfatizó que los acusados
"en su calidad de periodistas, desempeñaron un papel crucial en la
incitación al odio étnico y a la violencia" pues "sabiendo del poder
que tenían las palabras, en lugar de usar medios legítimos para defender su
patriotismo optaron por el genocidio".
Incitación a la violencia, llamado al golpe de Estado, apología del magnicidio,
deformación de los hechos y engaño premeditado, conducta periodística
irresponsable… ¿No son todos estos hechos motivo suficiente para iniciar
actuaciones judiciales contra este canal de televisión? ¿Por qué CONATEL –
Motivos judiciales para iniciar acciones legales en contra de esta canal
sobran. ¿Por qué no se hace? ¿Para evitar los escándalos y el desprestigio
internacional a que se sometería la revolución con el ataque furioso de la
derecha internacional a través de organismos internacionales del imperialismo
como
La "revolución bonita", como se ha dado en llamar muy
ilustrativamente el proceso que vive Venezuela, funciona apegada en un todo a
las leyes, evita en todo momento la confrontación y la violencia. Pero la
violencia sigue estando ahí. ¿Qué otra cosa es, si no, lo que hace Globoterror? Las luchas de clase siguen siendo el motor de
la dinámica social, y el socialismo del siglo XXI –que aún está empezando a
arrancar– lejos está todavía de terminar con las contradicciones estructurales;
la violencia de clase, la reacción de la clase que siente perder su poder es
monumental, y se hace ver de diferentes maneras.
Una de las formas más groseras es, justamente, Globoterror.
¿Hasta dónde convendrá ese guante de seda que muestra el gobierno bolivariano?
¿Será que el cierre de un medio golpista y contrarrevolucionario como Globoterror pueda funcionar como detonante de la invasión
de Washington? ¿O esos planes imperiales funcionan independientemente de lo que
se haga en Venezuela? Recordemos que las excusas para desembarcar los marines
pueden ser casi infinitas: si no es el "cierre dictatorial" de un
medio de comunicación puede ser cualquier cosa: un partido de baseball perdido,
armas de destrucción masiva inexistentes más un interminable etcétera. Una ley
de amnistía regalada como concesión, ¿termina realmente con los planes golpistas
de la derecha?
¿Convendrá ser legalistas y esperar hasta que termine la concesión de este
medio en el 2015 para no renovarla? Hubo quien vaticinó la hecatombe política
con la no-renovación del canal golpista RCTV en mayo pasado. Y en todo caso
eso, si algo logró, fue la solidificación del proceso revolucionario. Alguna
vez puede ser muy útil –y necesario– "ponerse los pantalones".
¿Cómo sería el país si no estuviera Globoterror
desinformando e intoxicando ponzoñosamente todo el tiempo? Seguramente más
tranquilo. La población no viviría paranoica con el tema de la
"delincuencia desbocada" (que en Venezuela, según estándares
internacionales, es moderada, muy por detrás de otros países latinoamericanos).
Esa polarización artificial donde clase media –¡e
incluso sectores populares!– ven "comunistas comeniños"
detrás de cada esquina listos para secuestrarnos los hijos y enviarlos a la
guerra (¿?) no existiría. Sin dudas, el porcentaje histórico de un 60 % de
apoyo en cada elección sería mayor. Muy probablemente también la reforma
constitucional hubiera podido triunfar, y la revolución, en definitiva,
caminaría más tranquila. Y toda esa masa de población que vive martirizada por
el calentamiento de cabeza a que se ve sometida cuando mira esos programas
impúdicamente venenosos, viviría más calmada. En síntesis: para todos los
venezolanos y venezolanas, si Globoterror no
estuviera… sería mejor.
Pero Globoterror está; esa es la realidad. ¿Qué debe
hacerse con el enemigo: "sentarse al lado del río a ver pasar su
cadáver", como enseñaba Sun Tzu
en "El arte de la guerra"? También puede ser oportuna otra enseñanza
milenaria de las artes marciales: "si te provocan, huye; si te acorralan:
mata".
Hoy las guerras se juegan cada vez más en el campo de las comunicaciones
("guerras de cuarta generación" le llaman los especialistas
militares); el primer paso de todas las guerras es siempre la creación de un
escenario mediático. Y en Venezuela hace años que se vive ese combate. ¿Habrá
que esperar que el pueblo, como en 1989, provoque otro "Caracazo" más allá de las autoridades y se tome (no
pacíficamente, claro está) este canal como una batalla más de esa guerra si no
lo hace el gobierno? Nos guste o no, continúa siendo una verdad incontrastable,
como dijo Marx, que "la violencia es la partera
de la historia".
En ánimo de ser legalistas y apegados a