Lo que el viento se llevó

 

Juan Manuel García Ramos

 

Después de poner bajo sospecha a toda la clase política y empresarial del Archipiélago que no fuera de la cuerda, el socialista Juan Fernando López Aguilar, que, en su calidad de candidato a la presidencia del gobierno de Canarias, presentó un primer programa a las pasadas elecciones autonómicas copiado letra por letra de Ciutadans de Catalunya, y que había prometido a sus electores que combatiría desde la oposición del Parlamento de Canarias hasta el último día de la legislatura en curso contra el "gobierno de perdedores" presidido por Paulino Rivero; después de todo eso, Juan Fernando López Aguilar coge sus bártulos y se traslada de nuevo a Madrid a seguir escalando en su particular carrera política.


Yo me pregunto cómo verán esto sus correligionarios, y cuando hablo de correligionarios no me refiero a esos Aguilar boys que siguen las directrices del todavía secretario general de los socialistas canarios al pie de la letra y ya hablan con la misma prepotencia, altanería y malcriadez que lo hace su maestro.


Sé de muchos socialistas amigos que no se explican el fenómeno Aguilar en sus filas y que se hacen cruces ante las idas y venidas del vendaval político que les ha tocado en suerte (?).


Es Juan Fernando López Aguilar una nueva y aún más ridícula versión del "diputado cunero". No ya sólo el diputado que es nombrado por el partido centralista para que se presente por un territorio donde no reside habitualmente, sino el diputado que se faculta desde el centralismo para que vaya y desbarate las estructuras políticas de ese territorio con el fin de hacerse con ellas, y, si esto no le fuera posible en el tiempo deseado, se le saca de allí a toda prisa con cargo renovado en la Villa y Corte.


En las colonias, no paramos de contemplar la puesta en práctica de estos pintorescos modelos de conducta política, todo sea en beneficio del jacobinismo de turno. Desde Madrid todo se controla mejor.


Sorprende, sin embargo, la tibieza y pasividad con las que los militantes en Canarias del Partido Socialista Obrero Español, desde su sucursalismo asumido, acogen todos estos experimentos, algo difíciles de entender si no fuera por el considerable éxito que el prometedor cartel electoral del tal López Aguilar obtuvo en los comicios autonómicos y el más que relativo éxito -si pensamos en la olita Zapatero- obtenido en las pasadas elecciones generales. López Aguilar empató a diputados en la provincia de Las Palmas con una perfecta desconocida del Partido Popular, y eso es lo que hay, algunos votos arriba o algunos votos abajo.

Lo que tal vez ha conseguido el Partido Socialista con Canarias a través del ventarrón Aguilar es desentenderse de sus responsabilidades gubernamentales con esta tierra.


Esta semana -obviando un debate del estado de la nacionalidad que se plantea a sólo ocho meses de tomar posesión el nuevo gobierno, ni siquiera los nueve meses requeridos para un buen parto- leo algunas de esas tareas olvidadas en Canarias por parte del gobierno del Estado durante estos últimos cuatro años y no deja de ser una nómina de agravios bastante irrespetuosa para los habitantes de estas islas nuestras.


¿Qué sucede con el nuevo Estatuto de Autonomía de Canarias, con el control de las fronteras oceánicas que impida el drama de la inmigración; qué pasa con los ya más de mil cien menores inmigrantes no acompañados residentes en nuestros centros de acogida y pendientes de ser derivados al resto de las comunidades autónomas del Estado, qué pasa con la financiación autonómica después de que los socialistas pusieran en vigencia al menos tres modelos de financiación simultáneos (el de Cataluña y Andalucía, el de los territorios forales y el de las otras comunidades), qué pasa con la deuda sanitaria en virtud del crecimiento poblacional de las islas desde 1999, qué pasa con la seguridad en Canarias...? ¿Cuál es la actitud del gobierno de España en el conflicto del Sahara cuya resolución en uno u otro sentido tanto nos puede afectar?


Mientras, López Aguilar, con los poderes del Estado en sus manos, tras su paso meteórico por el Ministerio de Justicia y ya en su periplo insular, se dedicaba a acomplejar (¿a acojonar?) a todo cargo público que no fuera de su partido en el ejercicio de sus funciones institucionales y en el manejo de la legalidad española vigente, llámese ayuntamiento, cabildo o consejería del gobierno autónomo, o a acomplejar (¿a acojonar?) a todo empresario no simpatizante con la causa socialista.


Mientras todo esto se convirtió en moneda corriente durante el apenas año y medio último, el resto de las fuerzas políticas con mando en plaza contemplaban aturdidas al azote del diablo que podía ir a por ellas con armas enigmáticas.


Por un tiempo, casi todos estuvimos convencidos de que Canarias eran las Islas Caimán, donde no había un jefe de servicio honesto, ni un alcalde que no hubiera trincado, ni el más raso funcionario de cualquier administración que no estuviera untado por sus inofensivos quehaceres. Se trataba de meterle miedo a los que no fueran de los nuestros y dejarles ese miedo metido en el cuerpo, con lo cual conseguían que los expedientes zozobraran en las instituciones no gobernadas por el socialismo, que los responsables de esas instituciones no generaran iniciativas y que todos se vieran asediados por un complejo de culpa que los paralizara en sus cometidos.


Para esa tarea de intimidación generalizada contaban con los aparatos del Estado español en Canarias, a saber: (¿?). Aquí me autocensuro, porque todavía no me he vuelto un imbécil, pero casi todos los lectores sabrán rellenar el vacío.


¿Volvemos a recordar las tremendas declaraciones del asesor de la Delegación del gobierno español en Canarias el pasado mes de febrero?


Este ha sido uno de los periodos más negros de la historia política del Archipiélago y espero que algún día, cuando disfrutemos de mejores libertades, podamos denunciar con nombres, apellidos y cargos coloniales ostentados a los protagonistas de este atropello que casi convirtió a Canarias en una Marbella atlántica. Tocaba desprestigiar a los que no fueran de los nuestros.


La metodología de trabajo fue la ya acostumbrada en conocidas operaciones de burdo estalinismo. El socialismo cuando llega a controlar al Estado sabe lo que hace: nosotros y ellos, los buenos y los malos, el progreso y el atraso.


Cuando se trata de nacionalistas territoriales: abrazo del oso o a los infiernos sin más. CNI de por medio, ¿cómo no? Y delegados del gobierno central a la orden.


Lo que está en juego es alcanzar el poder al precio que sea y llevándose por delante a quien haya que llevarse, incluso a los mismos compañeros de partido que antes hubieran desarrollado otras políticas de diálogo y colaboración con fuerzas políticas consideradas adversas.


¿Cómo se explica este agresivo PSOE de López Aguilar si lo comparamos con el de Juan Carlos Alemán apoyando los dos últimos presupuestos del gobierno de Adán Martín?