Autodeterminación-independencia
Juan Jesús Ayala
"El nacionalismo existe. En la medida
en que haya grupos de seres humanos que piensen que se hallan sometidos a leyes
ajenas, de entre ellos surgirán deseos o aspiraciones basados en lo que ellos
consideran el derecho a controlar su propio destino. Así ha ocurrido en el
pasado. Así está ocurriendo ahora. Y todo indica que así seguirá ocurriendo en
el futuro".
Muchas
veces nos equivocamos. No es lo mismo autodeterminación que independencia.
Quizás sean caminos que convergen para llegar al mismo sitio, pero la
autodeterminación es el inicio del mismo con todas las vicisitudes que pueda un
pueblo encontrar durante su tránsito, porque en realidad es como un deseo que
se puede o no alcanzar. La independencia se logra cuando un pueblo ya consolidado
e imbuido en la institucionalidad de un Estado pretende coger un rumbo
totalmente distinto al de su status actual.
Se
ha identificado, además, de manera abusiva la autodeterminación con el separatismo,
la secesión o la independencia. La autodeterminación es un derecho de los
pueblos a determinar y definir por sí mismos su destino. La independencia es un
proceso que afecta a esos mismos pueblos.
El derecho de autodeterminación implicaría
en el sentido de un pueblo a decidir su propia constitución dentro del ámbito
territorial de un Estado más amplio y el derecho a gobernarse a sí mismo. O
sea que el derecho de autodeterminación no incluye necesariamente la creación
de un Estado propio mediante el ejercicio del derecho de secesión.
En el mundo interrelacionado en el que nos
movemos no tenemos otra alternativa que paramos en ciertos conceptos y redefínirlos porque ellos nos situarán en el camino de la
claridad, de la posibilidad y de las posiciones políticas que se pretendan adoptar
en un momento u otro.
¿Tiene fuerza y es consecuente hablar,
discutir y clarificar qué es o debe ser la autodeterminación en la actualidad?
No cabe duda de que sí, en los inicios del siglo XXI, en un mundo interrelacionado, con más
pujanza que nunca. Ahora, cuando esa misma interrelacionalidad
se pueda ejercer por un lado, por un determinado estado o país con más
contundencia que otro, subsumiendo valores, estrangulando identidades,
cambiando el espacio interno y la conciencia de un pueblo a velocidades de
vértigo, se hace necesario ejercer ese derecho.
Y ejercer, ese derecho, el derecho de
autodeterminación, estriba, ni más ni menos, que poner en práctica el tipo de
relación se quiere mantener entre las partes, si se va hacia una confederación,
hacia una codecisión o si es un aprendizaje para
alcanzar, si así se decide, mayores metas.
El
derecho de autodeterminación hay que ejercitarlo en cualquier parte del
planeta y, por supuesto, en Canarias, ahora más que nunca. De ahí que los
congresos que se vayan a desarrollar donde se hable de nacionalismo y donde,
seguramente, se pretenda apuntalar, clarificar conceptos y emitir mensajes de
frescura ideológica y nuevas esperanzas, este no debe orillarse ni omitirse.
El derecho de autodeterminación es el más democrático que puede ejercitar un
pueblo. Por lo tanto, seguir con los miedos ocultos es perder los horizontes
que están a la vista y que exigen por la cantidad de nubes borrascosas que se
presagian, se desarrolle.
El proceso, una vez iniciado y que se
consolide el derecho de autodeterminación en esta o aquella posición, pudiera,
si así se decidiera ir más allá, propiciar otras metas exigiendo y ampliando
ese derecho a constituirse en un pueblo definido, en una nación política ya
diferenciada y consecuente.
Sería
un proceso que no surgiría de la noche a la mañana. Se pondría a punto cuando
la mayoría de los que viven en ese territorio lo tengan claro y sus voluntades
vayan por ese camino.
La autodeterminación sigue manteniendo en
los albores del siglo XXI plena
vigencia, no hay más que levantar la vista para darnos cuenta cómo se
confeccionó en su día, amparado en la violencia, el mapa del mundo y cómo
ahora todo está volviendo a su punto de partida.
Los pueblos que tienen vivacidad, que son
capaces de dejar atrás la pereza y los mensajes diseñados para maniatar sus
ansias de pueblo y encasillarlos en las componendas que vienen bien a otros,
son los que tienen futuro como pueblos. Y para tener futuro hay que caminar
hacia él, saber dónde está y qué es lo que se quiere una vez se ha llegado.
Diseñar el futuro es tarea de todos, no de
unos pocos. Todos tienen que implicarse, y así la decisión será soberana y
plenamente democrática; si no fuera así, los caminos se retrasan y hasta pueden
torcerse y nunca llegar.