POR UNA CAUSA
QUE NO ESTÁ PERDIDA
Por Jose
Almeida Afonso
Hace algún tiempo, en una
película americana de Las clasificadas como de serie “B” -no por esta razón de menor
calidad que otras encuadradas en “series” supuestamente mejores-, de la cual no
recuerdo el nombre, me llamó mucho la atención una escena en la que aparecían
los dos personajes principales: mientras uno de ellos -herido de muerte al ser
alcanzado por varios disparos- estaba recostado sobre unos escombros, el otro
lo miraba con un sentimiento entre la compasión y la impotencia. En ese momento
éste se acerca al herido de muerte y le dice: “Ya ves, para esto luchaste y
diste la vida, para una causa que sabías perdida”. El herido, casi sin voz,
apenas sin fuerzas ya, alza la vista y le contesta: “las únicas causas por las
que merece la pena luchar, son las causas perdidas”.
Posteriormente he
reflexionado bastante sobre el sentido y el alcance de esta singular
declaración de principios y no he podido llegar más allá de otorgarle la
categoría de frase pretendidamente ingeniosa del guionista -una más de tantas-
y que se agota en su misma expresión. Desde mi punto de vista, y al margen de
toda suerte de expresión literaria, uno se siente motivado al saber que
lucha por una causa que no está perdida, por lo menos de antemano. Y ¿cuál
es esa causa? En la genial novela “Memorias de Adriano”, de Margaritte
Yourcenar, en la traducción del también escritor Julio Cortázar -otro luchador
por causas no perdidas- leí algo que concuerda perfectamente con lo que uno
-con su lucha individual o colectiva- pretende conseguir. Esto es “aliviar
lo mejor posible las servidumbres inútiles y evitar las desgracias
innecesarias. Cuando esto se haga realidad, siempre tendremos para mantener
tensas las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos, la
muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la
amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que
nuestros ensueños; todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las
cosas”.
“Aliviar lo mejor posible las servidumbres
inútiles”, que
se puede traducir en la obtención de unas condiciones dignas de vida para løs ciudadanøs del conjunto del
Planeta Azul (alimentación, educación, sanidad, trabajo, vivienda, cultura...);
y “evitar las desgracias innecesarias”, que se lograría si prevaleciera
la solidaridad frente al egoísmo, la generosidad frente a la mezquindad...
Por último, no estaría de
más apuntar la recomendación que nos ofrece el poeta canario Antonio
García Ysábal, inspirado en la profunda creencia de
unir ética y estética como único camino digno a seguir por el ser humano si
quiere continuar sobre este más que agónico y maltratado Planeta Azul: “Porque
sólo
* Este artículo fue publicado
en el “Diario de Las Palmas” el lunes 12 de abril de 1993. Løs
Lectorøs juzgaran la vigencia del mismo. Tengo tan
sólo que añadir que lo único que he modificado es el encabezamiento de la
columna, pues en aquella lejana época se llamaba DE ESTE LADO DEL PARAÍSO. Además,
cuando lo escribí el poeta Antonio García Ysábal todavía estaba físicamente
entre nosotrøs y ya muchøs
saben que hace tan sólo poco tiempo que nos ha dejado solamente su inmensa obra
poética y ensayística, para disfrute y conocimiento de nuestro mundo y de nosotrøs mismøs.