Del G-20 al G-22

 

Juan Jesús Ayala

 

De todos son conocidas las pretensiones que tenía Rodríguez Zapatero por estar como fuera en la "cumbre" del siglo, celebrada en Washington, con vistas a encarrilar de alguna manera el modelo capitalista que se encuentra herido de muerte. Sarkozy, como presidente de la Unión Europea, ante la negativa de Bush a la presencia del presidente español, fue el magnánimo amigo que hizo posible que acudiera allí, aunque sin bandera y con unos honores ciertamente disminuidos. Fue la bandera de la Unión Europea la que protegió la entrada a pie juntillas de Zapatero en el recinto del National Building Museum.

 

Pues bien, ahí se tomaron los acuerdos a los que se llegó y que se tienen que desarrollar para recuperar a una economía mundial en recesión, asolada por la perplejidad de muchos millones de personas y por la desidia de esos mismos mandatarios allí reunidos, que, asesorados por los sabios de siempre, han logrado hundir lo que fueron incapaces de mantener y que ahora pretenden reflotar.

 

Es de desear que los afinamientos no sólo teóricos, sino también prácticos, se adecuen dentro de una ciencia, la económica, hoy en entredicho, y sean capaces de hacer mejor la tarea. Para ampliar la gestión, España va a engrosar el grupo que, junto a otro país emergente, ya se constituirá, el G-22, donde de esa manera tomará parte más activa en la reunión a celebrar el próximo mes de abril.

 

En realidad, lo que han aprobado los convocados en Washington, y haciéndole caso a los observadores, no es más que una hoja de ruta y de buenas intenciones sin grandes apoyaturas internacionales por los allí presentes.

 

De ahí que estará por ver si efectivamente los deseos se universalizan y se dejará atrás alguna que otra manifestación de voracidad por los listos y poderosos de siempre, donde España poco o nada tiene que decir. Y más aún cuando, en una encuesta elaborada por un prestigioso periódico norteamericano, se llega a la conclusión de que el peor gobierno que ha gestionado la crisis es el español; seguramente haya sido porque Rodríguez Zapatero tardó y tardó en reconocer que era una situación de crisis la que se vivía en el país y no un simple desajuste, como no se cansaba de decir una y otra vez, mirando para otro lado con todo el descaro del mundo y apoyado en una sonrisa de falsa complacencia.

 

También hay que decir que bien poco parecía interesar a la opinión pública americana lo de la crisis internacional, porque en las horas en que ésta se debatía la CNN emitía el especial "Cómo robar un banco", lo que hacía que se dedujera la indiferencia del público y de importantes medios de comunicación. Aunque, eso sí, interrumpieron la sesión durante diez minutos para oír y ver las manifestaciones de Bush, aunque no dejaron que terminase su discurso, para continuar con lo que interesaba a la mayoría, que eran, ni más ni menos, las imágenes en blanco y negro de una exclusiva con las entrevistas de varios atracadores de bancos.

 

En definitiva, que sin bandera, con algo de gloria y con un poco de honor, Zapatero salvó la figura in extremis sin saber qué contrapartidas ofreció a Sarkozy para lograr que la fila del G-20 se abriera para acogerlo definitivamente en la del G-22.

 

Hay que recordar que Bush tendrá que dejar en enero la presidencia a Obama y saber que la dirección de la política capitalista no la va a cambiar, porque el modelo es el que es, que está haciendo aguas por todos sitios y que habrá que reforzarlo y apuntalarlo. La única duda que puede plantearse es si los gestos que puedan hacerse hacia los países menos desarrollados y en desarrollo vayan a modificarse, ya que países que están endeudados y, paradójicamente, siendo ricos como son los africanos, si dejarán de ser la despensa del hambre abundante de los ricos y expolio de los poderosos de la Tierra, de los G-20 reunidos

 

Obama podrá cambiar algo la ruta, pero pensar en él como la gran esperanza es desconocer que los orfebres y ejecutores de la política del gran capital son los poderes ocultos de los magnates americanos, así como los cerebros militares del Pentágono. Poderes que no estaban presentes en esas exiguas seis horas de reunión que marcarán la ruta del mundo y que rubricaron con un almuerzo enalteciendo una foto de familia que, al ser propiciada por un francés y aceptada a regañadientes por Bush, no despertó interés en el gran público americano.