Qué grande es la
libertad de un pueblo
Comenzamos este
editorial por un aspecto que habíamos reservado para el final. Mañana lunes [20-10-08] será inaugurada en la Real Sociedad
Económica de Amigos del País de Tenerife una exposición bajo el título “Canarias
y la guerra de la independencia”, organizada con motivo del 200 aniversario de
la ocupación de la Península
por el ejército de Napoleón.
Nos parece muy bien
que España tuviese una guerra de liberación nacional para recuperar su soberanía.
¿Por qué no también Canarias? No nos referimos a la necesidad de una lucha
cruenta, pues siempre hemos postulado, y lo repetimos una vez más, por alcanzar
nuestra libertad como pueblo mediante un diálogo pacífico e inteligente con las
autoridades de la Metrópoli
que nos esclaviza. Ningún otro camino es admisible, pese a que la situación
actual de Canarias es la misma que la de España hace doscientos años: una
nación soberana ocupada por una potencia extranjera. Si la guerra de la
independencia fue una contienda justa, también lo es devolverle a este
Archipiélago lo que le fue robado hace seis siglos: su libertad. El bien más
preciado para un ser humano después de su propia vida.
Tengamos en cuenta que
el año 2010 está a la vuelta de la esquina. En esa fecha cumpliremos un siglo
como periódico, pues fue en 1910 cuando Leoncio Rodríguez, un hombre de honor y
un tinerfeño de bien, fundó La
Prensa. Con este nombre se editó nuestro periódico hasta el
año 1939, momento en que, pistola al pecho, las autoridades franquistas lo
obligaron a fusionarlo -ay las fusiones; ayer nos referíamos a una maquiavélica
que se está urdiendo contra los intereses de Tenerife- con un diario falangista
de escasa difusión. En ese momento nació EL DÍA, que hoy por hoy es el periódico
más leído de Canarias. Mañana, Dios dirá.
En consecuencia, para
nosotros el año 2010 tiene un doble sentido. Por un lado está, como acabamos de
señalar, el centenario de esta Casa. Por otro, se cumple la fecha límite
establecida por la ONU
para descolonizar cualquier territorio del mundo que todavía esté sometido a
una colonia extranjera. Ese es, lo repetiremos hasta que lo entienda todo el
mundo, el caso de Canarias. ¿Quién se atreve a negar que somos
una colonia? Lo comentábamos el viernes y lo reiteramos hoy: ¿cómo podemos ser
españoles como cualquier español, si estamos en África, no en Europa, a 1.500 kilómetros
de las costas de España y a 2.000 de su capital? Situación que, por otra parte,
compromete seriamente nuestro futuro. ¿Quién nos puede asegurar que Marruecos
no hará patente su ambición sobre estas Islas cuando lo estime oportuno? La
monarquía alauí considera que Canarias forma parte del
Gran Magreb. En alguna ocasión hemos mostrado mapas que así lo atestiguan.
Incluso uno en apariencia tan inocente como es el caso de un plano de
carreteras de nuestro vecino moro, en el que están incluidas las Islas
Canarias. ¿Despiste ingenuo o clara intención maléfica? Que cada cual saque sus
conclusiones. Las nuestras son muy claras y las hemos expuesto en estas páginas
repetidas veces. Con un Gobierno débil como el de Zapatero, cualquier escenario
resulta posible. Sólo la existencia de una nación canaria como país libre puede
salvarnos de las pretensiones marroquíes. Un país soberano, como todos aquellos
que tienen sus banderas en la sede de las Naciones Unidas. En ese caso, ante
las pretensiones de Marruecos, o de cualquier otro país, la ONU enviaría a sus boinas
azules para que nos protegiesen. En cambio, la ayuda que podemos recibir de una
España débil como la actual es insignificante.
Libertad; a eso
aspiramos. Qué grande es la libertad de un pueblo. Como escribió el poeta
Manuel del Palacio, “¡Celeste libertad! ¡Astro fecundo, que triste a veces su
fulgor derrama, cuando al mirar su luz trocada en llama, mejor destruye que
ilumina al mundo!”. ¿No anhela usted esta libertad, don Paulino? No tenga miedo
de ella. No se comporte como un canario enjaulado, al que contentan con una
hoja de lechuga para que picotee. No tema ir a Madrid y decirle a don Zapatero
que ya no es el momento de hablar de política pura y de los problemas de
Andalucía, Cuenca o Murcia -para eso sirven muy bien doña Ana Oramas, don José Luis Perestelo y
don Alfredo Belda-, sino de Canarias. Debe decirle que ha llegado la hora en
que debemos hablar sin tapujos ni rodeos de un país canario libre, soberano,
independiente. ¿Por qué hemos de tenerle miedo a la palabra independencia? ¿Por
qué hemos de ser menos que otros pueblos del mundo que nos han precedido en la
consecución de su libertad?
Esa libertad debemos
alcanzarla de forma pacífica, con diálogo por ambas partes, aunque no podemos
olvidar que esta tierra estaba habitada por unos aborígenes apacibles, que
fueron invadidos, masacrados, sometidos por la fuerza, violados y vendidos como
esclavos. Reúnase con el señor Rodríguez Zapatero, don Paulino, y dígale todo
esto. Dígale también que las tropelías durante la conquista de Canarias las
cometieron sus antepasados. Recuérdele que los canarios fueron reducidos por
las tropas de Castilla y los mercenarios que las acompañaban, lo cual nos
obliga, como descendientes de aquel pueblo, a honrar su memoria. Manifiéstele
que nos repugna estar regidos por un Estatuto emanado de la Metrópoli. Estatuto
que acatamos, al igual que nos sometemos a la Constitución española
por imperativo legal, no porque nos convenza. Señálele asimismo al presidente
del Gobierno de España que las riquezas de este Archipiélago son inmensas,
aunque no podemos disfrutar de ellas porque las roban las instituciones
españolas de Madrid. Y no se olvide decirle, don Paulino, que no estamos
pidiendo nada extraordinario al reclamar nuestra libertad, porque territorios
más pequeños que el nuestro son hoy en día naciones soberanas. Nos vienen a la
memoria las Islas Seychelles, Cabo Verde, San Marino, Malta, el Principado de
Mónaco, Liechtenstein, el Principado de Andorra y una infinidad de territorios
que tienen sus insignias en los foros internacionales y reciben en ellos el
respeto que merecen.[1]
Señor Rivero, debe
reiterarle a don Zapatero que nuestra riqueza, tanto la patente como la
potencial, es inmensa, pero no llega a este pueblo noble y trabajador porque la
devora la hacienda española. Dios nos puso en el mejor lugar del planeta: un
enclave entre tres continentes. No titubee ante el señor Rodríguez Zapatero,
don Paulino, ya que como buen peninsular utilizará con usted mucha verborrea.
Los españoles siempre nos han embaucado con su labia y elocuencia. Hable
claro, don Paulino, y hágalo de una vez. ¿No le parece lamentable que sean
otras organizaciones las que se estén aproximando a las oficinas de la ONU para que España nos
descolonice, como muy tarde, en 2010? Si Madrid no da este paso,
debería unirse usted, señor Rivero, a los nacionalistas auténticos -que no son
los de CC-, e iniciar sin demora esas conversaciones para recuperar lo que nos
arrebató España de forma ignominiosa: nuestra libertad como pueblo.
Editorial El
Día, 19-10-2008
[1] Mapas