LA
FUGA DE
SAN DIEGO, JUAN CARLOS ALEMÁN,
SANTIAGUITO PÉREZ Y ARCADIO DÍAZ TEJERA
Miguel Ángel Díaz Palarea
Que regustito dulzón me calienta la barriga al recordar aquel año
lluvioso y frío bautizado con mi primera “Fuga de San Diego”. A los
estudiantillos que llegábamos de Gran Canaria -y digo “Gran” porque lo es, le joda a quien le joda-
la Fuga
nos embelesaba por el atrevimiento y, aquellas trasgresión, nos cautivaba con
el embrujo brumoso de darle en el “totiso”
al sistema. Entre los compañeros de
la pensión de Doña Pino en
la Calle
Zamenhof
discurría una jiribilla de
comentarios sobre lo divertido del fiestorro; alzaba sus tres pisos frente a
La Normal
de Magisterio, camas con derecho a comida que halló mi padre para que mi
hermano Juan Francisco y yo estudiáramos Derecho. Entre vinos con vinos, entre
bocadillos de recortes en el bar de Artillería y de caballas y sardina en el
Bodegón Méndez se nos caía la baba con sólo pensar en el tenderete y en la
siempre remota posibilidad de ligar. Nuestro éxito había resultado cero en las
fiestas de los Colegios Mayores de San Agustín y San Fernando, donde logramos
entrar gracias a un tiquet falsificado de entrada; echábamos de menos los
escarceos en las discotecas de Ripoche y aledaños de la playa de Las Canteras
deambulando entre extranjeras -para nosotros todas eran suecas liberadas-. Qué
tiempos aquellos en que no coartaba el maldito Sida.
Si soy sincero al llegar a
La Laguna
nos costó nada adaptarnos a su ambiente estudiantil, pronto nos
zambullimos en los intestinos de la vieja ciudad de Aguere. No nos perdíamos
una parranda nocturna o unas manifestaciones contra la subida de las Guaguas
propiedad del falangista Leoncio Oramas, el tío de Anita, la recién dimitida
Alcaldesa de
La Laguna. El
más nimio acontecimiento nos resultaba deslumbrante; aún no alcanzábamos
nuestra mayoría de edad y todo lo queríamos disfrutar; pronto aprendimos a
mezclar el Arehucas con el vino barato de sus tugurios. En particular, nos
regocijábamos como monos entre lianas con cualquier acción que supusiera un
ataque al sistema fascista. Los grises eran denostados en la ciudad.
El otro día al ver a los estudiantes en
la Fuga
, incluso a los de primaria, participar, sin cortapisas; recordé mi primera
fuga:
La rememoro por los personajes, ahora importantes en la sociedad canaria,
que me pasan por la memoria: compartíamos el aula de la planta baja de
la Facultad. En
primero de derecho desempeñaba de delegado de curso un canarión: Juan Carlos
Alemán que se paseaba por clase con una melena negra que alcanzaba romántica
sus hombros conspirando contra el sistema; todos decían que pertenecía a OPI,
otros, sin embargo, alegaban que ya estaba liberado en el PC; también
deambulaba entre sus alargados bancos, en particular entre las niñas bien del
curso, un Santiaguito Pérez, hijo afortunado del notario de
La Laguna
que se pasaba el tiempo pretendiendo ser el número uno de la clase y fardando
con aquello de que jugaba en el excluyente equipo del Náutico de Santa Cruz de
Tenerife; pero quizás quién más me llama la atención, cuando afino la
memoria, es un voluntarioso Arcadio Díaz Tejera que predicaba los principios
del Movimiento Nacional del Generalísimo Franco, haciendo proselitismo por el
falangismo de
Juan Antonio
Primo de Rivera. Recuerdo y lo recuerdo como si fuera ahora, pues tuvo un final
desgraciado para mi hermano Juan Francisco; yo escapé de chiripa. Todo comenzó
cuando en una asamblea del primer curso de derecho se votó por mayoría no
venir a clase y secundar la fuga de San Diego; sin embargo el deportista Arcadio
Díaz Tejera hizo lo incontable para torcer la voluntad del estudiantado:
incluso se propuso romperla con su presencia en el aula, y aquí viene la
historia. Mi hermano se ofreció de “piquete
informativo” –como se dice ahora- para evitar que los alumnos entraran
en clase contra la voluntad de la mayoría y, como no podía ser menos, yo le
acompañaba desde tempranito en la escalinata donde, unos años después,
asesinaron a Javier Fernández Quesada. El día de
la Fuga
de San Diego, Arcadio llegó a la hora de entrar a clase, portaba desafiante
los libros bajo el brazo y mi hermano se le cruzó en el paso recordándole la
decisión de la asamblea; se plantaron como perros de pelea a darse hostias;
pero llegó el ex guardia civil del conserje que tomó parte por Arcadio y
denuncio a mi hermano por agresión.
Pasa el tiempo, cambia la gente, algunos para mejor y la nostalgia me
embarga al contemplar como han triunfado, cosa de la que me alegro, antiguos
compañeros del primer curso de derecho en
la Universidad
de San Fernando de Aguere.
Este año me cogió
la Fuga
de San Diego con una bronquitis del carajo recordándome que el tiempo no
perdona.