En Canarias, el Gobierno del Pueblo sí puede ser posible

 

 

   Luis Fco. Padilla

 

 

   Podemos criticar todo lo que queramos, no faltándonos razonamientos, a Los Estados Unidos De América: A su abanderado liberalismo, depredador por poder o al consecuente desmadre consumista, con abismales diferencias sociales dentro de su ciudadanía. Sociedad ésta donde todo son vítores para las personalidades psicopáticas, “triunfadores” (trepas sin escrúpulos), arrinconando en la cuneta, a su vez, a un reguero de “perdedores”. Exacto, un acentuado estereotipo, triunfador o perdedor, que marca al ciudadano estadounidense. Se encumbran unos pocos, mientras el resto se aletarga en una ansiosa y tediosa espera de “la oportunidad americana”; siempre en la antesala de la ocasión.

 

   Hay quien coincide en especular con la percepción de que la elección del candidato Obama, para abanderar EEUU, no va más allá de una histórica anécdota de carácter exótico, extraordinario campo de abono para el fomento de novelerías. Tal vez con la intención de servir algo de ilusión a un pueblo falto de esperanzas y razonamientos que avalen el  sistema americano. Por lo tanto se matiza abanderar, no gobernar. De hecho, cada vez son más los que caen en la conclusión de que quienes rigen, orientan, disponen e indisponen, a la nación más influyente del “mundo mundial”, son un cúmulo de intereses empresariales, lobbies nacionales e internacionales, incluso supuestas logias secretas… En fin…, una nación peculiar donde las haya.

 

   Entonces, aunque genial, resulta irrisoria (vista y comprobada la estructura del sistema político de USA) la lapidaria frase de Obama, «El gobierno del pueblo si es posible».

 

   Como comentábamos al principio del texto, hay mucho que reprocharles. Aún así, los canarios debemos aprender del ejemplo de unidad nacional que abanderan, con tanto orgullo, los estadounidenses. Si algo dejaron bien claro en su noche electoral, es que los intereses de estado están, siempre, por encima de los intereses de partido. Es por eso que el nacionalismo, en Canarias, debe hacerse patente en todo su contexto como garante de los intereses de la nación Canaria - no otra -, o sea, del pueblo autóctono. Ya lo argumentaba Sabino Berthelot en el siglo XIX, como peculiar “observador internacional” en una época, donde comenzaban a irrumpir en las islas los primeros intereses de partidos, siempre de carácter colonial; «La gente de la ciudad, en otro tiempo tan sencilla, tan jovial, incluso tan fiel a la tradición, no resulta ahora tan atractiva ni se da con la misma franqueza. El isleño de los pueblos se ha transformado, está desconocido: Se ha incorporado a la corriente de la moda por creer que así se muestra más civilizado. (…) he encontrado otra sociedad donde no existe la confianza ni la intimidad: cada cual va a lo suyo. Los intereses de partido y la llamada a la política lo han trastocado todo».  

 

   Es curioso comprobar que las dos naciones más poderosas del mundo, no fijándonos en sus generalizadas carencias, EEUU y China (abanderando sendos capitalismos y socialismos), ostentan un alto grado de conciencia nacional. Dentro de sus propios nacionalismos, siempre muy acentuados, cohesionados y llenos de simbolismos, se hacen fuertes de cara al mundo.

 

   Al hablar con diferentes compañeros, igualmente, de diferentes tendencias del campo nacional canario, todos coincidimos en lo mismo. Ciertamente, ¿quién no desea que nuestra tierra se descolonice e independice del estado español?; ¿quién no razona tal fin, en la imperiosa necesidad de dignificar a nuestro pueblo con la consecuente liberación colonial que padecemos?; ¿es que alguien, que no sean los cuatro especuladores respaldados por el sistema estatal español, muchos de ellos de carácter internacional, no espera poner freno a tamaños desmanes?; ¿quién no sueña con alcanzar una autosuficiencia interna (alimentaria, incluso, en la medida de lo posible, energética), potenciando nuestra ganadería, agricultura y recursos generales, además, salvaguardándolos en un mercado donde prevalezcan los productos nacionales?; ¿quién no cree conveniente nacionalizar determinadas empresas, dígase agua, luz, transportes, etc.?; ¡todos somos consecuentes ante la necesidad de controlar nuestras fronteras!; ¿hay alguien que desee la libre acción a la actual y entredicha oligarquía dentro del futuro estado canario?

 

   Y, es cierto, indivisos, coincidimos en los mismos fines. El problema estriba en que estamos diluidos ante diferentes estrategias de partidos. Al final, cada uno, acabamos viciándonos en contraproducentes discursos sectario, los cuales llevan al aislamiento mutuo. Muchos de nosotros concordamos en la necesidad de una conjunta articulación, acentuar la colectivización. Una premura que ya viene retrasándose, de manera preocupante para los intereses del pueblo.

 

   La línea de partido de CC, que no, por el momento, de gobierno, se cierne entorno a la confederación. ¿Qué significa esto?, simplemente, el allanamiento del terreno de actuación, con lo cual garantizan una continuación en las instituciones. Suave forma de transición, ¡CUIDADO!, no para preparar a la sociedad canaria dentro de un pretencioso proceso de autodeterminación, sino para irse moldeando, junto a las instituciones, hacia un gobierno “más soberano”. Sutil estrategia con la cual evadirían un marcado cambio revolucionario, siempre protagonizado por el pueblo, rumbo hacia la descolonización e independencia, con el riesgo de quedarse al margen del incipiente sistema. Realmente, detrás del proceso federal del estado español no solo está CC, también lo está PSOE, IU, o silenciosos militantes del PP, qué ya se manifestaran a favor en su debido momento.

 

   Ya sea por la simple inercia de un partido que goza de determinadas cuotas de poder dentro del sistema estatal español, resulta predecible lo expuesto sobre CC. Pero el problema no gravita en lo que es, hasta cierto punto, una lógica tendencia de consecución. No, la contrariedad sí llegaría a ser reprensible por parte de los sectores independentistas en el caso de caer en la negligencia de una pasividad perniciosa, no actuando en consecuencia. Tienta seguir el camino más cómodo para alcanzar plena soberanía; quedarse permanentemente en la retaguardia con cierta actitud inconformista, a la par inactiva y siempre a remolque de unos supuestos logros institucionales (ya sea más autonomía, federalismo, o, libre asociación). En tan acomodada lucha, ¿de qué nos vamos a quejar?, somos nosotros mismos los que deberíamos articular un revolucionario cambio, con el cual no dejamos de titubear. ¿El trabajo desde los ayuntamientos?, ¡por supuesto que se hace necesario!, pero, por sí solo es redundar dentro del sistema colonial, tampoco escuda el dejar en evidencia otras actuaciones más directas y estratégicamente necesarias. Como vamos exponiendo, no se trata de seguir la inercia de trabajo de CC, siempre de forma inconformista pero permisiblemente apegados, tal es nuestra inactividad. Se trata de, nosotros, crear precedente; haciendo partícipe al pueblo y sus verdaderas necesidades en el camino hacia la descolonización e independencia; que sea CC, impulsada desde los sectores más jóvenes y progresistas, quienes vayan a remolque de las pretensiones populares, ¡nunca al revés!

 

   Ahora. La pregunta “del millón de Dragos”, la cual tiene una estudiada respuesta, ya meditada por muchos de nuestros compañeros de lucha y que solo pende del necesario consenso común. ¿CÓMO CONSEGUIRLO?

 

   Obama presumía en su eufórica disertación, el día 5 de noviembre del 2008, del triunfo del gobierno del pueblo. En el caso de Estados Unidos es difícil creer que lo expuesto se considere realidad. Ahora, en Las Islas Canarias sí que podríamos empezar a gestar y dar carácter a un fecundo gobierno del pueblo para el pueblo. Un gobierno que evite y desrazone el protagonismo de la oligarquía, dando identidad, voz y margen de actuación, cara a las instituciones internacionales, a nuestro pueblo isleño. Un gobierno democrático donde se sienta representado, igualmente, el trabajador y el empresario canario (consciente y dispuesto a la nacionalización de determinados sectores), en general, toda la sociedad. Un adecuado marco, en el cuál podamos moldear y fundar, conjuntamente, una necesaria constitución socializada, que actúe de verdadera garante y sustento para legislar en beneficio de nuestros ciudadanos. Un gobierno popular y representativo que trabaje, velando por la descolonización e independencia de Las Islas Canarias, como única formula para alcanzar el bienestar social de los autóctonos. Que recoja las riendas de los intereses nacionales canarios, evitando, de tal modo, ir a remolque de pretenciosas geoestrategias internacionales, ya vengan de España, EEUU, Marruecos, Argelia, o del mismo Vaticano -se trata de recurrir según nuestros intereses; nunca qué, meramente, se sirvan a costa de nosotros-.

 

   ¿Cómo poder alcanzar todo lo expuesto? ¿Tendremos el coraje, el valor y la inteligencia, de saber afrontar el reto?  ¿Los actuales intereses de partido sabrán estar a la altura de las circunstancias, apoyando y fortaleciendo intereses nacionales? ¿Podrá llegarse a ejecutar un “pacto nacional”, entre partidos, colectivos e individualidades, para lograr el estado de la nación canaria, paralelo al estado colonial, y con un gobierno “virtual” hasta la consecución de la descolonización e independencia de Las Islas Canarias?..