El grito de la civilización
Juan
Jesús Ayala
Se nos ha dicho por
parte de los antropólogos sociales que el inicio de todo contacto humano se
basa en el grito. El hombre primitivo, cuando caza, cuando ama o cuando muere,
está acompañado por el grito. Sin ese alarido humanoide no se puede entender
siquiera el progreso de la civilización, y donde hoy precisamente ese grito no
ha disminuido, sino todo lo contrario.
Grito en los puertos,
aeropuertos, en las ciudades, estridencias en cualquier esquina, sólo el
silencio impera cuando el grito se enronquece y llega extinguida su carga
ancestral, tal vez a las faldas del Teide o en el
inicio del horizonte americano al que da luz el viejo faro de Orchilla, en la
isla de El Hierro.
La vida vieja, la que
conocemos por relatos también viejos, nos dicen que se inició alrededor del
grito hasta que más tarde aparece el "gesto" adornando y prestigiando
este. A partir del grito comienza también el origen de la música ya que en
muchas tribus primitivas la danza se inicia con la irrupción estentórea del
grito en el que contribuyen todos los cantadores hasta que en el transcurso de
la misma aparece el solista, que es el que encierra el ritmo y dispone a los
demás para que, tras ese grito ahora elaborado, lo agranden apareciendo la
musicalidad traduciéndose en eso, en un nuevo componente de comunicación que
hace que el hombre asuma un nuevo rol y se convierta en un espécimen acorde con
los tiempos y a expensas de lo que traducen las letras de esas canciones, lejos
ya de aquellos primitivos gritos incontrolados.
Sin embargo, no todo
es así ya que se siguen manteniendo por los directores de la orquesta mundial
unas letras ajenas a nosotros y que no comprendemos simplemente porque
carecemos de la traducción adecuada. Y es que a los que mangonean los destinos
de millones de seres como nosotros, generalmente ese grito se hace tenue pero
no con menos fuerza destructiva que la de aquel guerrero que en la batalla no
dejaba de mirar a la luna para, si perdía la vida, morir cara a ella.
Ahora el grito de la
civilización sigue siendo altisonante, pero sucede que, cuando se intenta
percibirlo, se esfuma, se nos aleja, desapareciendo lo que pueda mover el
interés por atenazarlo con las sinopsis de un simple enrejado neuronal.
El grito de la
civilización no se ha dejado oír nunca jamás, no sólo es la bomba que aquel
terrorista inmolado ha depositado a su alrededor provocando magnicidios y
masacres a gran escala, como tampoco es la declaración de guerra con una nueva
modalidad de imputación al que se pretende considerar como enemigo. El grito de
la civilización es más intenso que nunca y, a pesar de que está ahí, en los
puertos, aeropuertos y en cualquier rincón del planeta, sigue depositado en la
conciencia de los que obedecen ciegamente las consignas y de los que la
propician. Y lo hacen desde el grito proyectando el tremendismo y la
destrucción.
A veces la sociedad,
la nuestra, es tan simplona que se despoja de cualquier rol establecido para
dárselo a ese, al que más grita, al que se considera el líder del cambio climático,
al que está en la inconsciencia de sentirse el salvador del planeta, al
hipócrita que con discursos infantiloides y levantado
el tono por encima de los demás, su grito los ha convencido para regalarle el
titulo de ¿Nóbel de
Debe gritarse, pero
aquello de lo que hacen oídos sordos los que disponen de los mecanismos de
supervivencia y hacerlo para, al menos, que contemplen lo artificial y
perecedero de su altivez y saber que las martingalas que circulan a su
alrededor desde el grito pueden ser motivo de escándalo, de reprimenda o al
menos de chanza. Romper su sonrisa hipócrita con la fuerza del grito quizás sea
uno de los ejercicios que más se deben prodigar si es que aún queda fuerza
dentro del ser humano para no sentirse ajenos a aquel que inicio el camino de
la civilización.
El grito humano debe
escaparse, debe continuar, pero ser canalizado, directo e intelectualizado, si
cabe, para que no se quede en un simple quejido lastimero de destemplanza y
frustración. Que sea un grito individual, ajeno a la multitud; que retumbe
primero en la conciencia de cada cual y luego en la de todos para que llegue a
esos oídos que se pretenden ensordecer y que no quieren escucharnos.