La
Iglesia Católica y la represión fascista del Nacional Catolicismo
Fidel Campo Sánchez
La tragedia de
las víctimas de la Guerra
incivil y de la dictadura de Franco es en estos momentos el elemento principal que
centra el debate político y social. Con ese recuerdo, se ha revivido de nuevo
el pasado más vergonzoso, oculto y reprimido. Algunos se enteran ahora con
estupor, haciéndose los ignorantes, de acontecimientos que los ciudadanos, por
transmisión oral y familiar fuimos conociendo al haberlo vivido en sus propias
carnes. Otros, casi siempre los que más
incomodidad les produce esos relatos, dicen estar cansados de tanta historia y
memoria de guerra y dictadura. Es un pasado que vuelve con diferentes significados
y matices, lo actualizan los herederos de las víctimas y de sus verdugos. Y
como opinar es libre, muchos han acudido a las deformaciones para hacer frente
a la barbarie que se despliega ante sus ojos. La jerarquía
eclesiástica católica loa a sus mártires, trata de impedir y exige que se
olvide a los que fueron asesinados con su bendición y en muchos casos con su
participación directa, pues a muchos curas se les llegó ver con pistoleras por
encima de las sotanas. Pero escandalosamente ellos tributaron honores y
santificaron a los suyos. Los otros, los que aún son denominados como los
rojos, son tratados como animales irracionales. ¡Qué pena de clérigos!
El conflicto y
los olvidos no vienen de los violentos años treinta, sino de la trivialización
que se hace de la dictadura de Franco, uno de los regímenes más criminales y
genocidas, a la vez más bendecidos por la Iglesia católica que ha conocido la historia del
siglo XX. Y si no repasemos las influencias del Obispo Albino y sus mesnadas en
Tenerife y en las famosas reuniones del Hotel Aguere, donde se ordenaba a las
Brigadas del Amanecer detenciones ilegales contra los que únicamente habían
hecho defender sus ideologías y libertad democrática para después producirse
baños de sangre, en una población que para nada llevó a cabo actos represivos
contra los llamados azules en estas ínsulas que sin embargo los otros, los que
no eran fascistas, si fueron perseguidos, masacrados dejando viudas e hijos en
la mayor de las tristezas y de la hambrunas.
Lo que hizo la Iglesia católica en ese
pasado y lo que se dice sobre ella en el presente refleja perfectamente esa
tensión entre la historia y el falseamiento de los hechos. "La sangre de
los mártires es el mejor antídoto contra la anemia de la fe", declaró hace
apenas un mes Juan Antonio Martínez Camino, portavoz de la Fascista Conferencia
Episcopal, acerca de la represión franquista. "A veces es necesario saber
olvidar", afirma ahora Antonio María Rouco, otro facha. Es decir, a la Iglesia católica le gusta
recordar lo mucho que perdió y sufrió durante la República y sobre la Guerra incivil, la otra
violencia, aquella que el clero no dudó en bendecir y legitimar, entonces,
según tienen el atrevimiento de manifestar impúdicamente, se están abriendo
"viejas heridas" y ya se sabe quiénes son los responsables, ese clero
conchabado con los criminales del franquismo, tan criminales, fascistas y
asesinos, unos como los otros.
Franco y la Iglesia produjeron un
levantamiento militar contra un Gobierno legítimo salido de la voluntad y
soberanía popular, y una guerra que ganaron los sublevados, juntos, y juntos
gestionaron la paz, una paz a su gusto, con las fuerzas represivas del Estado
dando fuerte a los cautivos y desarmados rojos, mientras los obispos y
clérigos supervisaban los valores morales y educaban a las masas en los
principios del dogma católico, que no cristiano. Hubo en esos años de partido
único y religión, y además la tragedia de miles de ciudadanos fusilados,
presos, humillados. Y ese clero farisaico paseando a Franco bajo palio y de
loas y adhesiones incondicionales a su dictadura y matanzas.
La Iglesia
no quiso ni, al parecer, saber nada de las palizas, torturas y muerte en las
cárceles franquistas. Los capellanes de prisiones impusieron la moral católica,
obediencia y sumisión a los condenados a muerte. Fueron poderosos dentro y
fuera de las cárceles. El poder que les daba “su” ley, la sotana y la capacidad
de decidir, con criterios religiosos para quienes debían purgar sus pecados y
vivir de rodillas.
Todas esas
historias, las de los asesinados y desaparecidos, las de las mujeres presas,
las de sus niños arrebatados antes de ser fusiladas, robados o ingresados bajo
tutela en centros de asistencia, escuelas religiosas y adopción, reaparecen
ahora, después de haber sido descubiertas e investigadas desde hace años por
historiadores y periodistas. Quienes las sufrieron merecen una reparación y la
sociedad democrática debe enfrentarse a ese pasado, como han hecho en otros
países. La Iglesia
debía ponerse al frente de esa exigencia de reparación y de justicia. Así será
como podrán evitar que las voces del pasado siempre le recuerden su papel de
colaboración con el verdugo y le exijan pida perdón. Aunque ella sólo quiera
recordar a sus mártires, en contraposición a lo que dice el Evangelio de
Cristo, y no la religión de Estado del emperador romano Constantino y,
posteriormente, el nacional catolicismo franquista, en el que siguen inmersos
para su condena espiritual y ante la sociedad, a la que ya están tardando en
pedirle perdón y aprender a respetar las leyes del país y a dejar de hacer
apología del terrorismo religioso.