La jaula
Juan Manuel
García Ramos
Canarias es una jaula donde -¿cómo no?-
están encerrados los canarios. ¿Alguien los encerró para siempre? Alguien lo pretende,
aunque cada vez le cuesta más esfuerzos cumplir esa misión de confinamiento.
Pero hasta ahora no le ha ido mal, maneja todos los poderes posibles para
llevar adelante su tarea.
Lo hizo bien desde el principio, cuando impuso leyes, instituciones, repartos
de tierras, y condiciones de ciudadanía y de esclavitud o semiesclavitud. Cogió
in fraganti a los primeros pobladores. Ingenuos, inocentes pobladores
venidos de donde Dios sabe dónde y organizados de modo rudimentario pero digno.
¿Por qué pensar ahora en esos aborígenes, por qué pensar ahora, en pleno siglo XXI, en esos aborígenes? Parece algo ridículo desde
cualquier óptica intelectual plantear esas cosas en la era de internet, de la imparable globalización; todos somos
vecinos de todos, ¿para qué venir ahora con asuntos prehistóricos?
Después de los aborígenes en cuestión, vinieron a Canarias los normandos, los
andaluces, los vascos, los mallorquines, los portugueses, los genoveses, los
flamencos, los ingleses, los holandeses, los malteses, los esclavos negros y
berberiscos, y se produjo la hibridez, el mestizaje.
Somos el resultado de todo eso.
¿Para qué recordar ahora que esos normandos, primero, y otros colonizadores
peninsulares, después, vendieron a los aborígenes canarios como esclavos en los
mercados de Europa y de América?
¿Para qué recordar ahora que, consumada la conquista de la isla de Tenerife en
1496, siete menceyes fueron llevados ante la corte de
los Reyes Católicos en Almazán y exhibidos como exóticos animales apresados en
un territorio de ultramar? Esos siete menceyes salen
de Tenerife en mayo de 1496 y se adentran en
Tanto el Senado como el Consejo de Tierra Firme de la república véneta hablan
de la llegada a la ciudad del Adriático del rey de Canarias apresado en
"Las Indias", y ambas instituciones políticas, tras deliberar al
respecto, deciden trasladarlo el 18 de junio de
Ésa es una de las historias más hermosas de los seres que primero habitaron
nuestro Archipiélago, una historia de esclavitud, pero también de
reconocimiento exterior, de proyección exterior.
El rey de Canarias que llega a Venecia es respetado por esa república
renacentista, floreciente en lo cultural y en lo comercial, ciudad fronteriza y
de tránsito entre el Oriente semidesconocido y prometedor de entonces y el
Occidente dispuesto a imponer su orden al mundo entero.
Dejando crónicas hermosas a un lado y razzias de esclavos entre los aborígenes
canarios por parte de los pueblos europeos que colonizan las Islas, esa primera
población insular es explotada a su antojo por los advenedizos que transitan el
Atlántico.
Dice Octavio Paz, en uno de los libros más críticos con su país de origen, que
una cosa es el pasado y otra cosa es "lo que pasó". El verdadero
pasado de un pueblo contiene elementos invariantes o variaciones que de tan lentas
parecen imperceptibles, pero que gravitan sobre la psicología de esa comunidad
y en cierta forma determinan su manera de ser y de enfrentar el mundo. "Lo
que pasó" son las fechas, los personajes relevantes, las batallas y las
paces, todo eso que llamamos historia, sin demasiada mayúscula.
El verdadero pasado de Canarias ha permanecido muchas veces invisible,
intocable para los investigadores; sólo mirado desde la perspectiva del que
vino de fuera y creó el canon académico de lo que conviene y de lo que no
conviene pensar, decir, escribir. Un pasado amordazado para los especialistas
remisos, un pasado tan amordazado que los amateurs de la historia, más afectos
a sus alegres convicciones ideológicas que al rigor, lo han carnavalizado
en no pocas ocasiones, poniendo a lo que tendríamos que saber de buena fuente a
los puros pies de los caballos del trapisondismo y
del intrusismo profesional.
Semanas atrás intenté en un artículo acercarme a la historia invisible del
nacionalismo canario y arremetí quizá con demasiado énfasis contra ese otro
nacionalismo españolista que controla buena parte de los poderes de estas islas
nuestras[1]. Sabía que se me estaba yendo la mano y
que esos poderes no me lo perdonarían. Ese artículo en cuestión y unas
declaraciones a un periódico tinerfeño mal leídas por alguien bastaron para que
esos poderes -directa o indirectamente, lo mismo da- cayeran sobre mí y me
silenciaran en una de las tribunas públicas que llevaba usando por invitación
de sus responsables -no por iniciativa mía- desde hacía algunos lustros.
Canarias es una jaula donde estamos todos encerrados, y las llaves de esa jaula
no la tienen los canarios, por mucha retórica autonómica al uso y al abuso.
Han sido muchos los momentos en los que los canarios hemos querido saltar por
encima de atropellos ajenos y de poderes que no se inmiscuyeran en nuestra
maduración como pueblo y sociedad autosuficiente. Pero a los canarios que lo
intentaron, le cortaron con prontitud sus alas. Aunque sólo se defendieran con
sus palabras, con su canto, al margen de cualquier violencia verbal.
Estamos en el tercer milenio, en el siglo XXI, y ya
uno piensa que nuestras sociedades occidentales están curadas de sustos
censores. Pero no es así, y cuesta aceptar que las ideas, las simples ideas tecleadas
en un ordenador, sean motivo suficiente a la hora de quitar de en medio una
firma en la cabecera de una columna. Nunca terminamos de aprender que esta
tierra no es nuestra. Y ya estamos algo mayores. En fin, sólo se trata de
seguir adelante con nuestras ideas. Siempre en son de paz.
[1]Contra
el nacionalismo canario