¿Moratoria o más especulación?

 

Justo Fernández Rodríguez

 

Si hace unos años Canarias podía considerarse un verdadero paraíso, por el clima y los paisajes naturales, diversos, insólitos y espectaculares, que dejaban huella en los millones de turistas, de una cierta calidad, que nos visitaban, la situación cambió, radicalmente, desde que, con la excusa de lograr un crecimiento turístico ordenado, se impuso una denominada moratoria, calificada de ilegal por el Tribunal Supremo, para evitar, en teoría, la presión sobre Gobierno, cabildos y ayuntamientos, de promotores y constructores, nativos y foráneos, cuyo único objetivo había sido el beneficio rápido, aceptado y propiciado por muchos de los que regían los destinos de los ciudadanos en las instituciones canarias.


Los distintos proyectos de moratoria provocaron la reacción airada de organizaciones empresariales y la protesta de algunos alcaldes, que no estaban dispuestos a cortar el grifo dinerario que les suponían las licencias de edificación o recalificación de terrenos. Es preciso reconocer que, en Coalición Canaria también hubo discrepancias. José Carlos Mauricio y Román Rodríguez pretendían una moratoria más inocua que la defendida por Adán Martín. También el líder del PP, José Manuel Soria, pretendía una liberalización de edificación más amplia y con menos obstáculos legales.


La oposición de las organizaciones ecologistas se consumó el día que se producía la votación. Unas 300 personas, militantes de organizaciones ecologistas y sindicales, recibieron con abucheos y pitos a los diputados de CC y PP, cuando entraban en el Parlamento, para consumar la sentencia contra el equilibrio, entre progreso económico y medio ambiente, aprobando la denominada Ley de Medidas Urgentes que, en teoría, pretendía regular el crecimiento desordenado y la especulación en la construcción turística, pero en cuyo contenido existían todo tipo de trucos para eludirla, como ha venido ocurriendo hasta hoy. La misma noche de su aprobación, en algunos municipios se aprovechó para conceder decenas de licencias de construcción antes de su entrada en vigor. El Partido Socialista Canario votó en contra de las Directrices, pero no hizo nada más.


Cualquiera que se dé una vuelta por las costas de Canarias o haya leído los informes sobre la invasión del cemento en las zonas costeras y la destrucción de distintos ecosistemas, en todas las islas, podrá llegar a la conclusión de que los responsables políticos de la moratoria sólo pretendían favorecer los intereses económicos de ayuntamientos, amigos, correligionarios, constructores e industriales de la hostelería.


Litoral, medianías, zonas rústicas, espacios naturales protegidos, mediante las más que sospechosas recalificaciones de terrenos rústicos en urbanizables, se han llenado de hoteles, apartamentos y urbanizaciones residenciales. Además, una auténtica plaga de edificaciones ilegales deteriora la costa y conduce a Canarias hacia un verdadero desastre ecológico, en el que desaparecen montañas y barrancos para la extracción de áridos o se sumergen bajo el cemento, mientras la basura y los residuos contaminan los acuíferos, el aire y el mar. Las necesidades creadas por este desarrollismo urbanístico, para un turismo masivo y barato, obliga a un crecimiento desorbitado de las infraestructuras y de las necesidades energéticas que están llenando espacios protegidos de carreteras, pistas y torres de conducción eléctrica que degradan, irremediablemente, uno de los principales atractivos turísticos de Canarias, con el clima y el paisaje.


Ahora, bajo la presión del PP y con la complicidad de Coalición Canaria, el Gobierno pretende aprobar una Ley de Medidas Urgentes en materia de ordenación territorial que, con la excusa de la instalación de equipamientos e infraestructuras, reduzca las competencias de la COTMAC y simplifique los trámites administrativos para la concesión de licencias y recalificación de terrenos por parte de los ayuntamientos, lo que permitirá la especulación del suelo rústico de aquellas localidades que carecen de planeamientos, así como el tráfico de influencias, el amiguismo y las comisiones, por convertir suelo rústico en urbanizable. En definitiva, se pretende legalizar la actual corrupción.


Sin embargo, en esta ocasión la contestación ha tenido una mayor repercusión. Importantes sectores económicos, sindicales, ecológicos y corporativos han manifestado sus críticas, disconformidad, contestación y rechazo.


El Consejo Económico y Social considera que la preservación del suelo rústico peligra, advirtiendo del riesgo de fragmentacion legal. El anteproyecto de Ley de Medidas Urgentes posibilita que las administraciones Públicas tomen decisiones urbanísticas arbitrarias"
, "ampliándose el margen para la intervención discrecional", "sin garantizar que las calificaciones del territorio se hagan únicamente atendiendo el interés público".


UGT y CC.OO. lamentaron que se presentase esa ley "sin negociación y consenso con los principales agentes económicos y sociales". Comisiones Obreras considera que el proyecto del Gobierno pretende "dejar sin contenido toda la legislación elaborada en la última década sobre ordenación del territorio y regulación del turismo"... "afirmar que el territorio y su ordenación no tienen efectos sobre el medioambiente, o que no es un asunto social ni económico es una clara muestra de la más absoluta ignorancia de cuáles son los criterios prioritarios de cualquier intervención política".


Ben Magec-Ecologistas en Acción denuncia que el Gobierno, de la mano de "intereses ligados al sector de la construccion", tiene prisa para aprobar esas medidas urgentes que sólo sirven para "fomentar la destrucción del litoral".


El Colegio de Arquitectos de Canarias censura el "escaso rigor" y la "renuncia a la planificación y a un modelo integrado de desarrollo"
, denunciando un "mayor consumo" del suelo protegido, que abrirá la puerta para más camas, y advierte a Paulino Rivero de "las graves deficiencias detectadas" y de "la ausencia de la imprescindible participación ante un tema de tanta trascendencia en sus consecuencias territoriales y derivaciones económicas".


El Partido Socialista Canario, por boca de Julio Cruz, exige "que diga claramente el Gobierno a quién quiere beneficiar con esta nueva moratoria y traiga al Parlamento los nombres de los empresarios a los que va a conceder licencia para construir hoteles". Cuatro organizaciones empresariales lanzaron un comunicado conjunto acusando al Gobierno de querer acabar con la moratoria, que ni mejora la competitividad turística de Canarias, ni facilita la renovación de la planta alojativa.


Pía Oramas, una política de honradez acrisolada, como demostró en su declaración en el ’caso de Las Teresitas’, hermana de Ana Orama, expresó su temor: "Es peligroso que urbanizar el suelo rústico dependa sólo del Gobierno". Hasta el propio José Manuel Bermúdez, consejero de Turismo del Cabildo de Tenerife, ha anunciado que "defenderá con firmeza" sus reparos a una ley, que "nos puede hacer llegar a un crecimiento desproporcionado". El mismísimo director de la Agencia de Desarrollo Sostenible del Gobierno, Faustino García Márquez, el denominado ’padre’ de la moratoria, decidió dimitir por su rechazo a unas medidas que pretenden "amnistiar el uso incontrolado del suelo".


¿Alguien puede creerse que los responsables directos e indirectos del desarrollo especulativo urbanístico; del aumento geométrico, desordenado y anárquico de las construcciones hoteleras y urbanizaciones pueden ser los que se encarguen de poner coto a sus propios desafueros? Volveremos sobre este asunto.