Déjennos morir tranquilos

 

 

Juan Manuel García Ramos

 

La muerte en nuestros días ya no es el descanso eterno. Puede ser el principio del fin más inesperado. Ya no dejamos morir en paz a nuestros semejantes, la legalidad vigente, la ciencia médica y el periodismo amarillo y no tan amarillo son capaces de darle la vuelta a cualquier personalidad a la hora de ausentarse de este mundo.


El último ejemplo de lo que digo sería la desaparición de Jörg Haider, gobernador de Carintia, uno de los estados federados de Austria, líder de la organización ultraderechista Partido de la Libertad de Austria y depositario de todos los valores y de todas las morales del conservadurismo centroeuropeo.


Una prueba de alcoholemia post mortem, unas fotografías filtradas y unas ambiguas declaraciones a la prensa de un compañero de bandería política, han convertido al líder carismático en un borracho, en un cabaretero y en un homosexual consumado, dicho esto último con todos los respetos. En casi todo lo contrario de lo que representó en vida; no sólo él sino la fuerza política que presidía con mano de hierro.


La mujer y las hijas de Haider intentan estos días desmentir esa imagen postrera de su esposo y padre, al parecer casi modélico en esas dos responsabilidades, pero la historia urgente que es el periodismo de nuestro tiempo se ha abalanzado sobre su víctima con una morbosidad desmedida e imparable.


Carne de titulares y de cotilleos sin fin, a pesar de los funerales de Estado que treinta mil personas le dedicaron en la ciudad de Klagenfurt, capital de Carintia, con una misa de cuatro horas, la presencia del presidente de Austria, Heinz Fischer, y honores del ejército federal.


Conociendo uno las ideas filonazis de Haider y su consiguiente antisemitismo, no cuesta imaginar -por imaginar que no sea- que su desacreditada muerte haya sido urdida por los tan traídos y llevados Sabios de Sión, los de los míticos Protocolos. La historia de Europa es una oscilación permanente entre semitas y antisemitas. Un sino.


Dicen algunos que el verdadero sentido de nuestra vida se adquiere después de la muerte. Esa última página de nuestra biografía es la que determina nuestro papel en esta tragicomedia planetaria.


Fui siempre un entusiasta devorador de hagiografías, de vidas de santos. Me gustaba saborear cómo existencias mediocres alcanzaban en un acto último de martirio o beatitud una dimensión inesperada, feliz y trascendental. La muerte heroica anulaba la vida rutinaria y anónima. Todo lo contrario de lo sucedido al citado Haider.


Dicen esos mismos algunos que la locura de la vida de Don Quijote desemboca en la cordura de su muerte: "Señores -dijo don Quijote-, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño [ya se acabaron las ilusiones, han cambiado las circunstancias]. Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano".


Son las palabras del hidalgo en el último capítulo de su obra inolvidable. Toda su vida ha sido una aventura sin sentido, el desengaño todo lo invade.


"¿La estimación que de mí se tenía?". En sus letales suspiros, Quijano se aferra al prestigio perdido ante sus allegados y no tan allegados. Quiere darle a su paso por este mundo una coherencia. Se aleja del loco que interpretó durante mucho tiempo y vuelve a ser un hombre de bien al estilo de la época.


Así nos comportamos todos al fin y al cabo, y nunca tan apropiado esto de al fin y al cabo. Queremos redondear nuestro paso por el mundo con una muerte digna y de acuerdo a lo que de verdad deseamos de nosotros y representamos ante los demás. La muerte es el remate de una faena que siempre anhelamos redonda.


En estos tiempos de velocidades físicas y psicológicas, la muerte es una palabra unida a la actualidad que apenas merece respeto de nuestra parte.


La muerte ha perdido consideración metafísica y se ha transformado en algo consuetudinario, manido, en un apunte glacial de nuestra agenda de preocupaciones.


La recién celebrada y santificada muerte de los cementerios es una muerte de voluntades ajenas, melancólica; un pacto con el silencio y la fe. Un ritual para desconsolados herederos que poco tiene ya que ver con el ser que perdimos. Un asunto de jardinería. Pese a todo ese dinamismo del tercer milenio, la muerte nos espera a cada uno de nosotros para encararnos con su protocolo de rigor. Mal de muchos pero flaco consuelo. Ese trance es personal e intransferible y debemos prepararnos para él. ¿O no?


Yo ya ordené que no me hagan autopsias, pruebas de alcoholemia, análisis exhaustivos ni otras perrerías forenses en mi cuerpo presente, que respeten mis papeles íntimos y mis últimos momentos. Uno se muere cuando se muere y como se muere; no cuando y como la ciencia y la sociedad y sus guardianes lo crea conveniente y de acuerdo a sus cuarteleros códigos morales. Un poco de respeto. Aunque sea al final.


Por regla general, el Estado todopoderoso, con sus tupidas selvas de legalidad, no nos deja vivir en paz. Pero ya no se queda ahí: ahora trata de no dejarnos siquiera morir en paz. Los muertos se han convertido en sospechosos. Si hay un accidente de tráfico y muere un peatón. Pruebas al conductor y pruebas al atropellado: uno de los dos habrá consumido alcohol, drogas o fármacos inconvenientes que perturbaban su conducta. Los muertos se han vuelto más sospechosos que los ciclistas del Tour, que ya es decir.


Ahora que recuerdo, el primer entierro al que yo asistí siendo muy niño partió del viejo Hospital Civil de Santa Cruz de Tenerife y desembocó por un barrio de mala vida cercano al mercado de Nuestra Señora de África, por donde hoy se asienta el flamante TEA, Tenerife Espacio de las Artes. Siempre hay que acabar con las casas y las calles de putas para dejarle paso al arte. El occiso era un amigo de mi familia que había sido atropellado por una vespa mientras salía del antiguo cine Numancia. Un accidente imbécil. La muerte como estupidez, puro azar. Ésa fue mi primera impresión de la muerte. Y he seguido teniendo la misma después de tantos años transcurridos.


En un viaje a Moscú que ya he contado aquí en varias ocasiones, durante una sobremesa en la dacha del poeta Evgueni Evtuchenko, éste nos invitó a visitar la tumba cercana de Boris Pasternak, el excelente poeta y el autor de la cinematografiada Doctor Zhivago. Antes de dirigirnos al coqueto cementerio donde se hallaban los restos de Pasternak, el casi gigante y desenvuelto Evtuchenko entró a su casa de campo y se armó de una botella de vino tinto, de un pedazo considerable de queso amarillo y de unos trozos de pan. La costumbre es rendir culto a los muertos bebiendo y comiendo a su salud, y así lo hicimos. Igual que con la vida nunca se sabe, con la muerte, tampoco.