Obama en la blanca
Alexandro
Saco
Obama en
Muchos no verán en Obama posibilidad de que las cosas en EEUU
o en el mundo puedan variar. Pero el hecho es que ya variaron, generando un
ánimo global. Más allá del cambio radical de las situaciones que hoy el mundo
enfrenta, por lo menos tenemos un lenguaje distinto: las palabras construyen el
mundo. ¿Pero cómo traducir ese ánimo en acciones? Luego de la debacle
republicana y de la inconsistencia del sistema económico, con medidas puntuales
y gestos, el sentido puede variar.
Los dos planes de asesinar a Obama de los que se tiene noticia no serán los únicos ni
los últimos. Ni los EEUU ni el mundo merecen una bala
en el cráneo de Barack. Su presidencia, de darse, significará
por un lado agitación, supremacía blanca recargada. Pero también el rescate de
eso que ha hecho a EEUU importante. Porque así como
su imperialismo pone la bota para aniquilar enemigos imaginarios o reales, su
organización política posee aspectos en los que la participación social en las
decisiones y la libertad individual son mucho más relevantes que por ejemplo en
Suramérica.
Las violencias al interior de
los EEUU, a pesar de no ser un tema de discusión en
la campaña, son rampantes. No hay mes en que no se produzca una masacre. Los
extremistas religiosos potencian su alcance. El muro que los separa de México
es manifestación de una política migratoria violenta y fracasada. Y de seguro
un triunfo de Obama recargaría el prejuicio racial.
Mientras que fuera de sus fronteras las violencias persisten: lo de Irak es
insostenible, en Afganistán la eliminación de civiles es cosa de todos los días
y la alianza incondicional con Israel no hace más que expeler cualquier avance
para desarticular la ocupación de Palestina.
El denominado fenómeno Obama expresado en el merchandising, es aglutinación de un estado de ánimo local y
global; acaso más global que local. De hecho, cada cierto tiempo un ser humano
encarna el ánimo social y lleva a las tribus a desenfundar sus pipas o sus
tambores. Muchas tribus han despertado en los EEUU y
contagiado a otras en los confines del mundo. Hasta en Lima tenemos afiches de Obama pegados en la vía expresa o pinks
morados que se vendieron el la procesión del Señor de los Milagros, aunque Barack se parezca más a San Martín de Porres que a Cristo.
Como que el planeta merece un
mulato al frente del Estado aún más poderoso del mundo. Así, ciertas
situaciones impermeables, puede que fluyan distinto por el efecto de su
elección. Obama en el salón oval serviría, esperemos,
para que algunos estancamientos geopolíticos se superen, y se desarmen
definitivamente sentidos comunes económicos que en las últimas décadas
reinaron. Claro, las cosas no son sencillas ni el cinco de noviembre el mundo
será distinto. Pero entre Mc Cain
y Obama, para los que estamos fuera de los EEUU, habría que vivir en una cúpula para preferir al
republicano.
La legitimidad del discurso
del cambio es la principal fuerza que tiene el candidato demócrata. Si gana,
esa legitimidad será menoscabada desde muchos frentes y por los errores que él
mismo cometa en el aprendizaje. Pero al menos, y eso es mucho, nos permitirá en
la noche del cuatro de noviembre a cientos de millones de humanos, emocionarnos
por la derrota de la ideología que ha hecho del mundo un lugar peor de lo que
era antes del fraude con el que Bush llegó al poder.
29 10 2008