¡Obama, presidente!

 

Ramón Moreno Castilla

 

Sí, porque aunque las presidenciales norteamericanas se celebran el próximo martes, día 4 de noviembre, y nunca se sabe, todo parece indicar el triunfo -¿arrollador?- del candidato demócrata; lo que supondrá un cambio profundo en la Casa Blanca que, como siempre, afectará a todos los países de la tierra. Fundamentalmente, en lo que respecta a su política exterior, que no variará sustancialmente. Pero ese es otro tema; lo que interesa resaltar ahora, en mi opinión, es la personalidad del virtual presidente de Estados Unidos. ¿Quién es realmente Barack Obama, el previsible mandatario del nuevo imperio que domina el mundo? Veamos:

 

Más allá del halo mediático, el análisis de los discursos del senador por Illinois revela una personalidad que seduce sobre todo por su retórica universalista, que lo sitúa a la izquierda del Partido Demócrata. Sin embargo, durante la campaña de Obama se echó de menos propuestas que redujeran el abismo existente entre ricos y pobres -una rémora de la sociedad estadounidense-, máxime si tenemos presente la gran crisis económica que golpea EEUU, una "herencia" que tendrá que gestionar con esmero, así como ejecutar los cambios prometidos, lo que no será tarea fácil. De ahí que todos esperen que el nuevo presidente, tan distinto, impulse una especie de "perestroika" "made in USA" y transforme, como una revolución copernicana, la naturaleza profunda de Norteamérica.

 

Si bien es cierto que Barack Obama más que un arquitecto del Partido Demócrata moderno es un mensajero. Novedades aparte, su candidatura retoma una serie de lemas del partido convertidas en tradicionales. Desde finales del siglo XIX hasta finales del siglo XX, el Partido Demócrata se caracterizó por su oposición a la concentración de poder y la riqueza en la sociedad norteamericana. Los candidatos demócratas a la Presidencia -entre los que podemos citar a William Jennings Bryan (candidato en 1896, 1900 y 1908), Woodrow Wilson (1912-1916), Franklin Roosevelt (1932 a 1944) y Harry Truman (1948)- hicieron campaña a favor del "pueblo" y contra los "intereses". Su visión plebiscitaria del poder público esperaba que la "gente común" se gobernara directamente y consideraba a los grupos de intereses como codiciosos y corruptos. Esos candidatos eran inmisericordes con la concentración de poder por los capitalistas, representados en los "trusts" y grandes empresas. Oponiéndose a los privilegios de las élites, los demócratas pretendían ser los abanderados del "hombre de la calle", al que se suponía blanco y de origen europeo. Era el auge de la era populista (ver la obra de John Guerring, "Party Ideologies in America, 1828-1996", Cambridge University Press, Cambridge, 1998).

 

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial se atenuó el populismo demócrata, puesto de manifiesto en las campañas de Adlai Stevenson (1952-1956) y luego en las de John F. Kennedy (1960), Lyndon B. Jonson (1964) y Huber Humphrey (1968). El antagonismo entre las clases sociales pasaba a un segundo plano. Tal es así, que los demócratas de la posguerra defendieron las reformas sociales de la época del desmantelamiento de los carteles ("Progressive era") y los del New Deal (medidas económicas tomadas en Estados Unidos entre 1933 y 1939, bajo la presidencia de F.D. Roosevelt), después, y con frecuencia, trataron de ampliar su campo de aplicación (especialmente en materia de jubilaciones). No obstante, desapareció del discurso público toda referencia a la "lucha de clases"; sustituyéndola por un llamamiento a la unión universal entre el conjunto de razas, creencias y clases.

 

En esa marcha hacia la unidad fraternal, masculina y femenina, que comenzara en 1948 con la adopción de las primeras disposiciones que garantizaban los derechos cívicos de las mujeres, quedaba un gran paso por franquear que no se sorteó hasta Jesse Jackson en 1984 y Patricia Schroeder en 1988. Después de haber sostenido durante medio siglo un discurso a favor de la inclusión, el mismo tomaba carta de naturaleza con la nominación de Hillary Clinton como candidata a la Presidencia; enfrentada en las primarias al otro candidato, Barack Obama, que terminaría imponiéndose a la ex primera dama, quien apoyó a éste decididamente durante toda la campaña electoral.

 

Y es que Barack Obama encarnaba de maravilla la nueva ideología demócrata. En esta era post-industrial, el favor de su partido no lo ha conquistado únicamente con la edificante historia de su vida, y con su graduación en Harvard, sino también por su enorme carisma. Presentado por primera vez ante el público norteamericano en julio de 2004, cuando pronunció un discurso en la convención demócrata, el que en ese momento era candidato a senador por Illinois cautivó a los delegados (y a los medios de comunicación) instando, lejos de toda ideología precisa, a creer en la comunidad y en la ciudadanía. He aquí un pasaje de su discurso que se hizo célebre: "No hay una América progresista y una América conservadora, hay los Estados Unidos de América. No hay una América blanca y una América negra, una América latina, una América asiática, hay los Estados Unidos de América"?

 

En sus mítines -que algunos observadores han comparado con sermones religiosos-, Obama señalaba sistemáticamente a sus partidarios que todos los estadounidenses, independientemente de su raza, color y sexo, pueden conocer la prosperidad. Su propio nombre Barack (que significa "bendito") y su origen keniata -explicaba- "no eran un obstáculo para el éxito". En su mensaje, la convergencia entre la forma y el contenido nunca fue tan manifiesta como su "slogan" "Sí podemos" (Yes we can), en el que subyacen los temas universalistas de la inclusión y de la tolerancia, en un estilo pregunta y respuesta evocador de la tradición participativa de la iglesia afro-americana. En resumen, el candidato Obama representaba la apoteosis del universalismo demócrata que el partido afirma desde hace medio siglo.

 

Durante su campaña, en la que recibió duros ataques, fue acusado de ser "únicamente retórico" y "elocuente, pero vacío", con falta de sustancia y de peso. Se le reprocha también sólo un conocimiento elemental del funcionamiento del aparato del Estado y la ausencia de un programa claro; críticas que, por otra parte, expresaban una lógica inquietud. Pero la política es también un asunto de lenguaje fuerte, evocador, "poético" (epíteto que pretendía ser descalificante cuando se refería a Obama). Las palabras, y la capacidad para pronunciarlas, representan el arte de la profesión, porque la política es un arte retórico. Los norteamericanos, por ejemplo, escuchaban embelezados a Ronald Reagan, y les gustaba lo que oían. No puede decirse lo mismo de Bush señor y de Bush junior, de tan triste e infausta memoria.

 

Si por fin pasado mañana los electores eligen a Obama (a pesar del voto racista oculto en las encuestas), su alardeado progresismo tiene más oportunidad de estar sujeto a controversia que su raza. En este sentido, la modernidad de Barack Obama no tiene absolutamente nada que ver con la de Bill Clinton cuando fue elegido en 1992, con un programa de centro-derecha; y tal vez sea clasificado por los historiadores como el demócrata más inclinado a la izquierda desde George McGovern en 1972. Barack Obama ha demostrado tener ambición. ¿Hasta dónde lo conducirá esa ambición -legítima, por cierto- si al final gana las elecciones?

 

rmorenocastilla@hotmail.com