¡Obama, presidente!
Ramón
Moreno Castilla
Sí, porque aunque las
presidenciales norteamericanas se celebran el próximo martes, día 4 de
noviembre, y nunca se sabe, todo parece indicar el triunfo -¿arrollador?- del
candidato demócrata; lo que supondrá un cambio profundo en
Más allá del halo
mediático, el análisis de los discursos del senador por Illinois revela una
personalidad que seduce sobre todo por su retórica universalista, que lo sitúa
a la izquierda del Partido Demócrata. Sin embargo, durante la campaña de Obama se echó de menos propuestas que redujeran el abismo
existente entre ricos y pobres -una rémora de la sociedad estadounidense-,
máxime si tenemos presente la gran crisis económica que golpea EEUU, una "herencia" que tendrá que gestionar con
esmero, así como ejecutar los cambios prometidos, lo que no será tarea fácil.
De ahí que todos esperen que el nuevo presidente, tan distinto, impulse una
especie de "perestroika" "made in
USA" y transforme, como una revolución copernicana, la naturaleza profunda
de Norteamérica.
Si bien es cierto que Barack Obama más que un
arquitecto del Partido Demócrata moderno es un mensajero. Novedades aparte, su
candidatura retoma una serie de lemas del partido convertidas en tradicionales.
Desde finales del siglo XIX hasta finales del siglo XX, el Partido Demócrata se caracterizó por su oposición a
la concentración de poder y la riqueza en la sociedad norteamericana. Los
candidatos demócratas a
Al finalizar
En esa marcha hacia la
unidad fraternal, masculina y femenina, que comenzara en 1948 con la adopción
de las primeras disposiciones que garantizaban los derechos cívicos de las
mujeres, quedaba un gran paso por franquear que no se sorteó hasta Jesse
Jackson en 1984 y Patricia Schroeder en 1988. Después de haber sostenido
durante medio siglo un discurso a favor de la inclusión, el mismo tomaba carta
de naturaleza con la nominación de Hillary Clinton como candidata a
Y es que Barack Obama encarnaba de
maravilla la nueva ideología demócrata. En esta era post-industrial, el favor
de su partido no lo ha conquistado únicamente con la edificante historia de su
vida, y con su graduación en Harvard, sino también por su enorme carisma.
Presentado por primera vez ante el público norteamericano en julio de 2004,
cuando pronunció un discurso en la convención demócrata, el que en ese momento
era candidato a senador por Illinois cautivó a los delegados (y a los medios de
comunicación) instando, lejos de toda ideología precisa, a creer en la
comunidad y en la ciudadanía. He aquí un pasaje de su discurso que se hizo
célebre: "No hay una América progresista y una América conservadora, hay
los Estados Unidos de América. No hay una América blanca y una América negra,
una América latina, una América asiática, hay los Estados Unidos de
América"?
En sus mítines -que
algunos observadores han comparado con sermones religiosos-, Obama señalaba sistemáticamente a sus partidarios que todos
los estadounidenses, independientemente de su raza, color y sexo, pueden
conocer la prosperidad. Su propio nombre Barack (que
significa "bendito") y su origen keniata -explicaba- "no eran un
obstáculo para el éxito". En su mensaje, la convergencia entre la forma y
el contenido nunca fue tan manifiesta como su "slogan" "Sí
podemos" (Yes we can),
en el que subyacen los temas universalistas de la inclusión y de la tolerancia,
en un estilo pregunta y respuesta evocador de la tradición participativa de la
iglesia afro-americana. En resumen, el candidato Obama
representaba la apoteosis del universalismo demócrata que el partido afirma
desde hace medio siglo.
Durante su campaña, en
la que recibió duros ataques, fue acusado de ser "únicamente
retórico" y "elocuente, pero vacío", con falta de sustancia y de
peso. Se le reprocha también sólo un conocimiento elemental del funcionamiento
del aparato del Estado y la ausencia de un programa claro; críticas que, por
otra parte, expresaban una lógica inquietud. Pero la política es también un
asunto de lenguaje fuerte, evocador, "poético" (epíteto que pretendía
ser descalificante cuando se refería a Obama). Las palabras, y la capacidad para pronunciarlas,
representan el arte de la profesión, porque la política es un arte retórico.
Los norteamericanos, por ejemplo, escuchaban embelezados a Ronald Reagan, y les
gustaba lo que oían. No puede decirse lo mismo de Bush señor y de Bush junior,
de tan triste e infausta memoria.
Si por fin pasado
mañana los electores eligen a Obama (a pesar del voto
racista oculto en las encuestas), su alardeado progresismo tiene más
oportunidad de estar sujeto a controversia que su raza. En este sentido, la
modernidad de Barack Obama
no tiene absolutamente nada que ver con la de Bill Clinton cuando fue elegido
en 1992, con un programa de centro-derecha; y tal vez sea clasificado por los
historiadores como el demócrata más inclinado a la izquierda desde George McGovern en 1972. Barack Obama ha demostrado tener ambición. ¿Hasta dónde lo
conducirá esa ambición -legítima, por cierto- si al final gana las elecciones?