LO
PEOR ESTÁ POR VENIR
Jorge
Altamira *
Ni con lupa es posible encontrar a algún economista convencional que no diga
abiertamente que "lo peor lo tenemos por delante" (Nouriel Roubini). Una batería de
datos y de pronósticos confirma que el proceso de derrumbe económico sigue su
marcha y que las principales catástrofes económicas y sociales están
inscriptas, no en el pasado sino en el futuro próximo.
La previsión de pérdidas por créditos irrecuperables se estima ya en varios
billones; la industria automotriz y la siderúrgica están en franco derrumbe;
los precios de las materias primas, en especial los minerales, han caído más de
un cincuenta por ciento en diez semanas; la fuga de capitales no sólo se ha
ensañado con los llamados ‘países emergentes' sino muy especialmente con Gran
Bretaña, cuya divisa -la libra esterlina-, se ha desvalorizado un 25%; Willem Buiter -columnista del Financial
Times- dice que puede ser una nueva Islandia;
Estado y capital
La descripción dantesca del derrumbe capitalista (el vicepresidente del Banco
de Inglaterra la calificó como "el peor de la historia de la
humanidad") no es, sin embargo, el punto fundamental de la situación. Lo
que importa es que tiene lugar luego de un gigantesco rescate estatal, que ha
provisto billones de dólares a los bancos, sea bajo la forma de inyección de
dinero fiscal, de líneas de créditos contra activos invendibles e incluso
mediante pseudo-nacionalizaciones de bancos, a través de la compra de acciones
preferidas (con derecho a dividendo pero no a voto). Los apologistas del
capitalismo dicen que, de no haberse tomado estas medidas, el sistema ya habría
quebrado, pero se trata simplemente de un sofisma porque no dicen contra qué
otras alternativas hacen la comparación. Lo único cierto es que el rescate
capitalista por parte del Estado no solamente no ha parado la marcha del
desplome; además, es su principal responsable. Un balance somero de las
consecuencias de las medidas tomadas demuestra que ha acentuado el derrumbe de
las bolsas, porque los accionistas de los bancos intervenidos o
pseudo-nacionalizados han salido a rematar sus acciones; porque gran parte del
dinero del rescate fue destinado al pago de dividendos y a la absorción de
grupos financieros rivales, o porque simplemente ese dinero quedó atrapado en
el sistema bancario, agudizando el desplome del crédito comercial. Los
adoradores izquierdistas del intervencionismo estatal, si es que se han dado
cuenta siquiera de lo que está ocurriendo, deben estar azorados, porque el
derroche de billones de dólares de origen fiscal ha servido, no para contener
la crisis sino para ofrecer el combustible de su propagación. Lo mismo puede
decirse del intervencionismo estatal en los países emergentes, por ejemplo
Brasil, que ha inyectado miles de millones de dólares para mantener la
circulación del crédito sólo para recibir como respuesta una salida de capitales
por 50.000 millones de dólares, nada menos que el 25% de sus reservas brutas de divisas. Un caso especial lo ofrece el grupo
financiero Fannie Mae, con activos hipotecarios por
más de tres billones de dólares, que luego de haber sido intervenido por el
gobierno y de recibir fondos por 250.000 millones de dólares, ha visto un
continuo deterioro de su ya deteriorado capital, lo que obligará al gobierno a
inyectar fondos mayores para evitar la declaración de quiebra. El caso más
explosivo en lo inmediato lo representa el Citibank, cuyas acciones valen menos
de 10 dólares, un derrumbe del 80% de su precio, equivalente a una quiebra
virtual. El banco está valuado en 50.000 millones de dólares, de los cuales la
mitad fue aportada por el Estado en el reciente rescate, o sea que su valuación
tiende a cero. Sin embargo, el derrumbe del Citibank deberá arrastrar la caída
bursátil de Goldman Sachs (que cayó el 11% el martes), y Morgan Stanley, que
cayó un 14%; de nuevo el Citigroup, otro 22% y el Wachovia, un 13%. Pero el
caso más sintomático es el de la aseguradora AIG, que
rescatada una vez con 87.000 millones de dólares, tuvo que recibir 150.000
millones más y la cuenta no está cerrada. Las Bolsas han caído tan bajo que ya
no sirven de registro de ninguna realidad económica, y se limitan a funcionar
como escenario de operaciones especulativas intra-diarias.
No es casual que varios economistas y funcionarios hayan pedido que se las
cierre, para evitar mayores descalabros financieros.
Sangría financiera
En las vísperas de una catástrofe económica (y no en las postrimerías), los
Estados se han gastado una fortuna para financiar la salida de los capitalistas
de sus bancos y empresas, lo cual los ha dejado a ellos mismos en una situación
de impotencia financiera para seguir operando como rescatistas del capital.
Estados Unidos ha financiado el rescate de los capitalistas con una continua
emisión de deuda, lo mismo que los Estados europeos. De este modo, la deuda
pública ha crecido en un monto no precisado de alrededor del 80 al 90 por
ciento del PBI (alrededor de 10 billones de dólares),
y el déficit fiscal por el pago de intereses y, por supuesto, otros rubros de
crisis fiscal: de un billón a un billón y medio de dólares, o sea entre el 7 y
el 11% del PBI. Es cierto que la deuda pública de
Japón es del 150% del PBI, pero con la diferencia de
que el dólar es un patrón monetario internacional, a diferencia del yen, de
modo que una ‘desconfianza' en el dólar podría provocar una crisis monetaria
internacional. Como signo de advertencia observemos que el gobierno alemán no
logró suscribir por completo su última emisión de títulos públicos. Pero
incluso mucho más grave que la sangría fiscal es el vaciamiento que se ha
producido con los Bancos Centrales, que han inflado en pocos meses sus balances
en hasta tres veces, a fuerza de absorber títulos públicos y activos tóxicos de
empresas, lo cual no les deja para el futuro otra vía que la emisión de moneda
sin respaldo y, por lo tanto, el peligro del derrumbe de los sistemas financieros.
Es significativo para caracterizar la crisis de la intervención estatal lo
ocurrido en Argentina, donde debido a la carencia completa de recursos
financieros y ante la evidencia! de una situación de
cesación de pagos, el gobierno ni siquiera intentó producir acciones de rescate
sino que se vio obligado a nacionalizar las AFJP y a
intervenir con medidas policiales el mercado de cambios como único recurso, o
sea como recurso político, para evitar un colapso general (¡!).
Tesorería y bonapartismo
Es en este contexto que hay que poner la reunión del fin de semana pasado del
Grupo de los 20, que simplemente terminó en la nada porque tampoco se había
propuesto otra cosa. Han agotado un ciclo de intervención económica sin haber
obtenido ningún resultado pero, especialmente, habiendo lubricado el mecanismo
del derrumbe económico. Las declaraciones firmadas sobre regulaciones o sobre
las remuneraciones de los ejecutivos son para la tribuna: al otro día se caían
a pedazos todas las Bolsas. En lo esencial -o sea que los Estados puedan operar
como uno solo en el trabajo de rescate financiero y económico-, ni siquiera lo
han intentado, como un reconocimiento al antagonismo irrevocable de los
intereses capitalistas. Es cierto que se hizo alguna alharaca con la participación
en la reunión de los ‘países emergentes' y con la posibilidad de que China y
Brasil ingresen al FMI, como si el FMI pudiera tener la capacidad de conciliar
los intereses de las distintas potencias o de imponer su arbitraje a algunas de
ellas. Pero incluso si se considera a esto una ‘concesión', hay que decir que
es más bien una trampa, porque para que estos países puedan tallar en el FMI y
en la economía mundial, sería necesario que sus monedas fueran plenamente
convertibles, o sea que sus sistemas financieros se integren al internacional,
lo que equivaldría a autorizar la colonización financiera de Brasil y de China
por la banca internacional. Esto es precisamente lo que vienen reclamando sin
desmayos Estados Unidos y
El Estado ha alimentado el derrumbe capitalista simplemente porque la lógica de
la crisis consiste en eso: en una destrucción de capitales y de fuerzas
productivas. El balance de esta etapa deja planteada una intervención estatal
de otro tipo: la intervención coercitiva del Estado sobre el capital y los
trabajadores, y la tendencia a una economía dirigida. Para llegar a esto es
necesario aún que el derrumbe capitalista precipite a la acción a las distintas
clases sociales; o sea, una agudización de la lucha de clases, esto con
independencia del carácter que tengan las direcciones de esas clases y con
independencia de sus políticas. A partir de aquí se hará presente una declarada
tendencia a la crisis política y al bonapartismo, o sea al gobierno por encima
de las instituciones representativas. Es en este terreno que se va a jugar el
desenlace de la crisis mundial, que de todos modos tiene todavía un largo
recorrido. No en el terreno barato de la salida keynesiana y de las políticas
fiscales, cuyas limitaciones insalvables han quedado demostradas. El
proletariado se tiene que preparar para una lucha en principio defensiva, pero
de alcances políticos y revolucionarios.