El Pino del Consuelo
Luis Ortega
En el mismo día que el juez Baltasar
Garzón declaró su competencia para investigar las muertes y las sepulturas
anónimas de la Guerra Civil,
Roberto Rodríguez (1931) sobresalta a su público con una acuarela de formato
mediano, intitulada El Pino del Consuelo que representa una conífera de
gran porte, en cuyas inmediaciones -según una tradición que refrendó luego la
arqueología- se asesinaron y enterraron un número indeterminado de palmeros,
con militancia o simpatía izquierdista.
Entre 1994 y 2006 se rescataron de su
injusto olvido los restos de trece varones, jóvenes en su mayoría, seis
identificados por las pruebas de ADN, tras unas excavaciones financiadas por el
Cabildo de La Palma;
ahora, la Asociación
para la Recuperación
de la Memoria
Histórica -entre las más tempranas y activas del Estado-
anuncia futuros trabajos, con fondos del Gobierno central, en los montes de
Fuencaliente y en el Barranco Hondo de Puntallana. El
topónimo vivía en la memoria sentimental de sus paisanos; era un secreto
general a punto de revelación, una corriente proclive al rescate y a la
reparación moral de las víctimas, siempre inocentes; pero cuando el artista
realizó su aguada, en 1992, vísperas de la Exposición de Sevilla y
las Olimpiadas de Barcelona, no habían aparecido los primeros cadáveres, entre
ellos el del socialista Francisco Rodríguez, alcalde en el aciago julio del 36,
que recibió el homenaje ciudadano y un digno funeral y entierro en Los Llanos
de Aridane. No quiso fechar su potente y profética
visión porque, con la madurez democrática, estaba convencido de los hallazgos
inminentes de los muertos sin sepultura; entonces sería el momento de fijar el
guarismo sobre el cartón, que consideró como una excepción en sus aguadas
dinámicas y coloristas, en sus encuadres equilibrados y amables, que algo deben
a sus años de dedicación cinematográfica, en su lenguaje técnico, mediano entre
la luminosidad de la escuela canaria y la soltura de la catalana, en la que
tuvo por cicerone a Siro Manuel.
En la Casa de Salazar y dentro de una muestra temática
y pictórica del Parlamento de Canarias, El Pino del Consuelo, grave en su vejez
y envergadura y de trágicas ramificaciones, se recorta sobre el ocaso rojo del
Sur, a su sombra cráneos y huesos blanqueados que reclaman sin ira un trato
justo, la identidad negada, los palmos justos de suelo sagrado o civil para el
verdadero descanso, la constancia de que existieron y amaron y fueron amados.