Sin discurso político

 

Juan Manuel García Ramos

 

Con un riguroso artículo de opinión, el catedrático de Sociología en excedencia de la Universidad Libre de Berlín, Ignacio Sotelo, reconoce que tras la crisis económica última la clase política se ha quedado sin discurso. Si acaso se ha atrevido a desenterrar teorías como las del británico John Maynard Keynes: los gobiernos han de aumentar el gasto público como forma para combatir los declives económicos. Una receta que resultó eficaz para la Gran Depresión de 1929 y que fundó los principios de la macroeconomía moderna, hoy desbordada por la globalización y sus caprichosas leyes de funcionamiento.


¿Pero dónde poner los huevos? ¿En qué cesta? ¿En las entidades financieras temerarias, en las familias que pagan sus hipotecas, en las pequeñas y medianas empresas necesitadas de préstamos para no seguir destruyendo empleo?


Sigue diciendo Ignacio Sotelo que la crisis actual se manifiesta en que no sabemos lo que pasa de verdad. Frase simple pero de una contundencia que nos deja helados a los que no somos expertos en economía.


Porque es desconcertante contemplar las comparecencias de los catedráticos del ramo convertidos en arúspices despreciados por la plebe, transmutados en meteorólogos sólo capaces de hablar de la tormenta cuando ésta ya ha pasado y asolado los lugares menos previsibles. Hasta hace apenas unos meses, José Luis Rodríguez Zapatero y su noqueado ministro de Economía y Hacienda hablaban de la fortaleza de la banca española y del funcionamiento de nuestras cuentas públicas. Más tardaron en largar la mentira que en encontrarse con los tres millones y pico de parados que no cesan de crecer.


¿Sirven las teorías sociales, económicas y políticas de antaño para responder al mundo cambiante de nuestros días?


Resulta también esperpéntico ver a los socialdemócratas del mundo arrimar el ascua a su sardina proteccionista, sin aludir para nada a lo que algunas de esas teorías puestas de verdad en práctica ocasionaron en la antigua Unión Soviética, y cómo antes de la caída del muro de Berlín los libros escolares de la gran república de repúblicas defendían con prosa desfalleciente la idoneidad del partido único y la estatalización económica como remedios contra la enfermedad occidental del liberalismo. Luego vimos el desastre que se escondía detrás del escenario.


Ni siquiera el gurú de moda de la economía planetaria, el nobelizado Paul Krugman, atina a darnos una salida razonable a la situación que padece el hemisferio occidental, por ahora. Sus arengas mediáticas se parecen demasiado a las de sus colegas, aunque Krugman pueda presumir de algo más de inspiración y de esgrima sintáctica a la hora de redactar sus artículos de divulgación. Hasta ahí aceptamos.


Recupero la frase: la crisis se manifiesta en que no sabemos lo que pasa de verdad. Detrás de cada hombre y de cada mujer desocupados se forja un drama, y hay familias que suman varios miembros en ese estado de incertidumbre (Canarias es en estos momentos la comunidad con mayor número de hogares con todos o la mitad de sus miembros en paro). Ahí radica el más extremo de los males de esta guerra de cifras que ahora padecemos. Si el euro tiene el precio más bajo desde que se inventó, si el petróleo está por los suelos, ¿por qué no se mueve la economía en el sentido esperado? La economía no es ni por asomo una ciencia exacta; en ella intervienen factores difíciles de conjugar, entre ellos la psicología colectiva, la idea extendida y corrosiva de que todo va mal e irá a peor. Y en medio de todo este desaguisado de cuentas públicas y privadas, la política se queda sin discurso.


Bueno, no toda la política. Ahí están las palabras de Joan Tardà ante sus cachorros de ERC pidiendo "muerte al Borbón", además de lanzar sus vivas legítimos a la república. Usar la palabra "muerte" en una España tan amenazada por las pistolas etarras no es sólo una temeridad, es una provocación inaceptable. Para decirlo remedando un título de Pablo Neruda, es una "incitación al borbonicidio", se mire por donde se mire.


Pero uno se queda asombrado al contemplar cómo desde el presidente del Congreso de los Diputados a las portadas de los diarios madrileños afines al poder, cómo desde las filas socialistas en general, todo ha sido paños calientes para los desafueros del señor Tardà, cuando una semana antes se crucificó a un alcalde tinerfeño por decir que de seguir así las cosas un día el moro Mizzian se presentaría en las Canarias y se las llevaría por delante.


Invito a todos los que se han ocupado y preocupado por el asunto a que oigan las palabras exactas del alcalde de La Orotava: no habló del moro a secas, habló del moro Mizzian.


¿Saben los que han atacado a Valencia con tanta saña quién fue el moro Mizzian? ¿Saben los periodistas leales al régimen y los actuales dirigentes del PSOE quién fue el moro Mizzian?


Todos los pueblos tienen sus demonios históricos y el moro Mizzian es para los canarios uno de ellos. No sólo para los canarios, pregúntenle a los toledanos cómo las fuerzas del entonces coronel Mohamed Mizzian, de las filas franquistas, entraron en el Alcázar el 29 de septiembre de 1936, persiguiendo, matando y despedazando a militares y civiles con las puntas de sus machetes, y lanzando granadas a las camas de los doscientos heridos que residían en el hospital de San Juan Bautista. Entérense de algunos datos de la biografía del personaje aludido por el señor Valencia, como la escena recogida por el periodista e historiador norteamericano John Whitaker en la revista Foreign Affairs. Paso a relatarla: "Me encontraba con este militar moro en el cruce de carreteras cerca de Navalcarnero en el otoño de 1936, cuando dos muchachas españolas, que parecían aún no haber cumplido los veinte años, fueron conducidas ante él. A una se le encontró un carné sindical; la otra, de Valencia, afirmó no tener convicciones políticas. Mizzian las llevó a un pequeño edificio que había sido la escuela del pueblo donde descansaban unos cuarenta moros. Se escuchó un ululante grito salido de las gargantas de la tropa. Asistí a la escena horrorizado e inútilmente indignado. Mizzian sonrió afectadamente cuando le protesté, diciéndome: ¡Oh, no vivirán más de cuatro horas!".


Este es el angelito al que se refirió Isaac Valencia para hablar de un futuro no deseado por nadie. Pero el ejemplo lo sacó de la historia y si tienen más curiosidad al respecto vayan a Yahoo; en Google no hay tanta documentación.


Por si no lo saben, en 1956 el ya general Mizzian era capitán general de Canarias (¡no nos quería Franco ni nada a los canarios!) y ese mismo año fue llamado por Hassan II para ponerse al frente del ejército marroquí. Según sabemos, no sólo organizó las nuevas Fuerzas Armadas del Marruecos recién independizado, sino que roció con napalm a los rifeños que se sublevaron contra Hassan en 1958. Ese es el moro Mizzian. Esa es la historia. Esta vez sí hay discurso político.