Los partidos independentistas salvarán a Canarias

 

Son incontables las ocasiones en las que hemos hablado de las aguas canarias en nuestros comentarios y editoriales, aunque mejor sería decir de las aguas "no-canarias", ya que nuestras Islas se encuentran en la Zona Económica Exclusiva de Marruecos. En consecuencia, el Gobierno marroquí puede reclamar la anexión de Canarias cuando le apetezca. Si no lo ha hecho hasta ahora es por consideraciones diplomáticas y comerciales. Los productos agrícolas marroquíes deben transitar por la Península ibérica camino de los mercados europeos. A la hora de sopesar ventajas e inconvenientes en sus relaciones con las autoridades españolas, las autoridades marroquíes han optado por un silencio discreto. Sin embargo, eso no significa que hayan renunciado a que estas Islas se conviertan en una provincia más de su territorio. Es decir, en los planes futuros de la monarquía alauita, el destino de los canarios sería el mismo que el de los saharauis, que pasaron de ser súbditos coloniales españoles a marroquíes a la fuerza una vez que España salió corriendo, y echada a patadas, de aquel territorio. ¿Ocurrirá lo mismo con Canarias?

Que nadie lo dude. España, lo hemos dicho muchas veces y lo recordamos ahora, no está en condiciones de mantener su posesión canaria por diversas razones. En primer lugar, porque cada vez es mayor el clamor isleño pidiendo la independencia. La gente no tardará en echarse a la calle -esperamos y deseamos que de forma pacífica- para pedir que nuestro Archipiélago deje de ser una falsa comunidad autónoma española y se convierta en un país soberano. En segundo lugar, debemos considerar que estamos en 2010: el año establecido por la ONU para que desaparezcan definitivamente todas las colonias que quedan en el mundo. Las otras razones, que también hemos enumerado muchas veces, son cuestiones de mera justicia y lógica. Justicia porque resulta inadmisible en pleno siglo XXI que unos seres humanos, en este caso los canarios, sigan esclavizados por los españoles aunque sea administrativamente. Resulta injusto que una ocupación de un territorio habitado por personas libres y pacíficas, como lo eran nuestros antepasados, siga vigente casi seiscientos años después, sobre todo considerando que esa ocupación se realizó mediante un genocidio. Por lo demás, es ilógico que sigamos dependiendo de unas autoridades situadas a 2.000 kilómetros de distancia.

Este es uno de los puntos sobre los que más conviene incidir y reincidir. Los canarios no somos dueños de nuestra tierra. La autonomía, el autogobierno del que hablan algunos políticos que se dicen nacionalistas, es una mentira. Existen innumerables ejemplos de cuanto decimos. Basta ver lo que está ocurriendo con la anunciada huelga de controladores que, en el caso de que llegue a producirse, afectará a Canarias mal que nos pese. ¿Tenemos alguna capacidad de influir en la solución de un conflicto que tanto nos afecta? Rotundamente, no. Ni siquiera somos los administradores de nuestros propios aeropuertos. Lo hace José Blanco y toda la camarilla de políticos socialistas que, con su jefe Zapatero a la cabeza, están hundiendo a España y más aun a Canarias, pues los territorios colonizados siempre se llevan la peor parte.

Al margen de todas estas razones muchas veces expuestas, como decimos, hay una de carácter fundamental en la que deseamos centrar nuestro editorial de este domingo: Marruecos. Algo para lo que nos da pie el magnífico artículo publicado en EL DÍA el jueves de esta semana por nuestro colaborador Ramón Moreno Castilla, con el título "Canarias tiene crudo". ¿A quién pertenecen los hidrocarburos existentes en aguas canarias?, se pregunta Moreno Castilla y nos preguntamos también nosotros. ¿A los canarios, a los marroquíes, a los españoles? Con el Derecho Internacional en la mano, y según detalla punto por punto Ramón Moreno, a los canarios desde luego que no; y a los españoles tampoco, por mucho que el Ministerio de Industria español vuelva a concederle permisos de prospección a Repsol. Quedan los terceros en disputa: los marroquíes tienen todas las de ganar. Aquí no valen tonterías como las medianas asimétricas, geométricas o de cualquier tipo que postula el señor Ríos -cómo le toman el pelo al pueblo algunos que se autoproclaman nacionalistas, sin que les dé vergüenza hacerlo-; aquí lo único que nos vale es la independencia, y cuanto antes mejor porque cada día que pasa juega en contra nuestra y nos acerca al desastre. Un desastre sería, en efecto, que dejemos de ser una colonia de España para convertirnos en una provincia marroquí. No porque Marruecos sea peor como país que España. En muchos aspectos lo consideramos más digno, entre otros motivos porque no tiene a sus espaldas un pasado de genocidios -como el perpetrado en Canarias; lo decimos una vez más para que se terminen de enterar los amantes de la españolidad de estas Islas- y porque su Gobierno defiende los intereses de sus súbditos, cosa que no hacen los políticos españoles, más pendientes siempre de sus bolsillos. Si afirmamos que sería una desgracia convertirnos en provincia marroquí es porque esa eventualidad cercenaría, posiblemente para siempre, el que seamos un país libre y soberano, con representación en los foros internacionales. No podemos olvidar que Marruecos es el gran aliado de Estados Unidos, de Occidente en general, en el noroeste africano. Consumada la anexión de Canarias a Marruecos, difícilmente habría vuelta atrás.

La situación sería muy distinta si antes de que se produjese esa anexión Canarias adquiriese su estatus de nación soberana. Entonces seríamos un país libre, debidamente representado en la ONU y otros organismos, que Marruecos no podría ocupar sin enfrentarse a las leyes internacionales. Es decir, con independencia desaparecía para nosotros, de la noche a la mañana, el problema marroquí. Por añadidura, Canarias podría explotar en beneficio propio los hidrocarburos que se encuentran en sus aguas. Qué distinta situación.

Una posibilidad a la que, de la forma más vulgarmente egoísta, se opone España. Canarias no va a seguir siendo la finca de los españoles porque, o se constituye en un país independiente, como exige el clamor de miles y miles de canarios, o pasa a ser una provincia marroquí. Basta, para esto último, que las prospecciones petrolíferas arrojen resultados positivos. Entonces el Gobierno de Rabat pondrá en un platillo de la balanza los beneficios del petróleo, y en el otro los que le aportan sus relaciones con España. Si la balanza se inclina del lado de la primera opción, a los canarios nos visten con chilaba de la noche a la mañana.

Una actitud generosa por parte de España supondría que el Gobierno de Madrid acelerase los trámites necesarios para la independencia. De esa forma resarciría a los canarios, al menos en parte, por esos seis siglos de colonialismo y saqueo a los que ha sometido a este pueblo. Sin embargo, no creemos que España actúe de esa forma generosa. Lo más probable es que intente mantener su finca canaria -su teta canaria- aun a riesgo de que pasemos a depender de Marruecos, pues desde el mismo momento en que Rabat nos reclame, España tendrá que salir de aquí como salió, insistimos, del Sahara en 1975.

Si de España no podemos esperar nada, ¿qué podemos decir de nuestros políticos, especialmente de los representantes del nacionalismo canario en Madrid? De ellos tampoco podemos esperar nada. Doña Ana Oramas y don José Luis Perestelo siguen jugando a la política pura. Es decir, siguen engañando al pueblo que tantas ilusiones depositó en ambos. Lo mismo cabe decir de los que se empeñan en reformar el odioso Estatuto de Autonomía de Canarias para perpetuarlo y, de esa forma, facilitar el que sigamos siendo una colonia. Nos queda una última esperanza en la actuación presente y futura de los partidos independentistas. Ellos serán la salvación de Canarias.

 

Editorial del periódico El Día, del domingo, 8-08-2010