La policía marroquí mete leña
José
A. Infante Burgos *
No hay derecho a que
ese pueblo exiliado o casi asfixiado, pero nunca olvidado, siga viviendo en el
infierno terrestre y entre las brasas más ardientes
del planeta. Que nadie se confunda, aunque el susodicho clima forme parte de
sus ancestrales horizontes nómadas y aunque en el castigo recibido se hayan
organizado como maestros, asombrosamente con una fuerza de voluntad de hierro
fijos y clavados en donde en la nada pega con su peor viento, están sufriendo y
están gritando. Su dignidad les impide arrastrarse, pero usted y yo ya
estaríamos fritos como conguitos achicharrados ante tamaña injusticia moderna.
Tiene que haber una solución, hay que negarse a entender lo indefendible o a
dar la razón al culpable. Haríamos bien en exigir activamente que se respeten
los derechos humanos, tenemos que forzar a que se convoque el referéndum de
autodeterminación, a lo que se comprometió Marruecos en 1991, y como exigen las
resoluciones de Naciones Unidas y de la Unidad Africana. Como mínimo, con la
fórmula que sea, que vuelvan a casa los expulsados. Cuanto más tiempo pase,
peor, es una espoleta de acción retardada; Hassan se equivocó y Mohamed más.
Cuando llegaron a la
región, donde la temperatura en verano supera los 50 grados a la sombra y en
invierno el frío llega a congelar, no encontraron más que arena. Únicamente,
gracias a una sólida estructura organizada y a los grandes sentimientos de
solidaridad, fueron capaces de construir una sociedad organizada en wilayas (distritos) y dairas
(pueblos) justo en el centro de semejante sartén.
No hay derecho a que
los niños (los treintañeros ya no conocen otra cosa)
tengan que resignarse a la maldita equivocación de quien haya sido el pellejo o
pendejo responsable, es igual, la política de los que están a la sombra tiene
que servir para algo y la ONU, que en este tema ha demostrado una
inoperatividad y una poca vergüenza digna de sus más crueles críticas, tiene
que dar alguna señal de vida. Esto no es un conflicto de baja intensidad, sino
una ruina para todos. Es mejor tener una parte, aunque sea una frontera, de
algo bien hecho que el 100% de un desastre que nunca levantará cabeza.
Hay que encontrar
alguna fórmula, que seguro que la hay, para que su muy meritoria población se
reagrupe en paz o para que su muy justo grito se oiga.
En el momento de la
invasión marroquí la tasa de analfabetismo era del 95%. Actualmente, después de
más de 20 años de exilio, los saharauis han progresado revirtiendo la cifra y
así el número de personas capaces de leer y escribir son ahora el 90%. En cada daira hay guarderías, y en cada wilaya
hay escuelas primarias. Para la educación secundaria han construido internados.
Los mayores que despuntan van a universidades argelinas, muchos estudian
enfermería y medicina; algunos afortunados son becados en Europa (España,
Francia?) o América.
Han evolucionado
gracias a un fuerte avance en la higiene, han sido capaces de evitar epidemias
y controlar las altas tasas anteriores de mortalidad infantil. Como resultado
de las políticas adoptadas en cuanto a la alimentación infantil, prácticamente
no ha habido casos de malnutrición. La mayor atención está enfocada en la
prevención por el Comité de Salud. En los campamentos las mujeres son la clave,
han sido preparadas para ser auxiliares de enfermeras y ayudar en los dispensarios.
Un hospital nacional funciona a tope.
Pero todavía, ¿qué
pasa si en El Aaiún se reúnen 300 saharahuis
para recibir a 11 compatriotas que regresaban de Tinduf?
Pues que la policía marroquí mete leña: "Nos tiraban piedras y allí había
ancianos, mujeres, bebés...", asegura Hamed Hmad, uno de los activistas saharauis presentes en el
momento de la brutal carga policial en el bien llamado barrio de Casa Piedra.
"Oíamos los golpes de los policías intentando echar la puerta abajo, menos
mal que era de hierro". Los agentes intentaron impedir en todo momento que
los saharauis recibieran a los activistas, pero cuando cientos de personas se
habían congregado, decidieron cargar. Durante toda la noche, las personas que
intentaban salir de la casa eran golpeadas con dureza, lo que provocó que una
treintena sufriera heridas de diversa consideración. Entre los dañados se
encontraban varios canarios y un activista saharaui, conocido como Manolo,
procedente de Villa Cisneros, a quien la policía alcanzó con una pedrada en
toda la boca.
* Publicado
en le periódico canario El Día, 03-08-2010