El tonicazo
en la cabeza del godo
Jorge Bethencourt
Excusatio non petita accusatio manifesta, dice una sentencia latina. Una traducción
aproximada es que quien excusa sin que se lo pidan es que se siente culpable.
Bien, pues me lo paso por el refajo. Porque esto es tanto una excusa como una
explicación. Miren ustedes, yo ya no tengo ideología. Yo, como Unamuno, me he
vuelto un fulanista; es decir, que me siento más
inclinado a creer en las personas que en las banderas. Debajo de las ideas más
elevadas y más bonitas del mundo se pueden esconder los mayores hijos de mala
madre. Es el capital humano el que hace grande los proyectos, es la carne y la
sangre la que marca los límites del universo intelectual. Es la gente, una a
una, la que tiene rostro y voz, de la que nos sentimos más cerca o más lejos.
Esa deriva emocional me ha situado en una incómoda tierra de nadie en la que me
aferro sólo a una verdad esencial; de las cosas más seguras que existen, la más
segura es la duda.
La cultura del insulto
Con ese equipaje me puse a leer las palabras que soltó, por ese pedazo de boca
que tiene, don Hilario Rodríguez, a la sazón concejal del Ayuntamiento de Santa
Cruz (una de las personas con mayor capacidad de trabajo que he conocido en mi
vida, dicho sea de paso). ¿Qué dijo? Resumidamente, que oyendo a un ciudadano
al que denominaba godo o español, creo recordar-- había sentido ganas de
soltarle un tonicazo (una pedrada) en la totorota. Ni que decir tiene que a
partir de esas palabras se produjo una manifestación de repulsa en diferentes
ámbitos, especialmente los medios de comunicación bajo la premisa de que un
cargo público electo no puede decir ese tipo de barbaridades (que no insultos).
Si les parece hagamos un brevísimo repaso por algunas declaraciones de
munícipes. El alcalde de Salobreña (Granada), del PP,
Jesús Avelino Menéndez afirmó en un acto de su ayuntamiento que a los que
vienen de fuera, en épocas de crisis, hay que tratarles mal para que se manden
a mudar. El alcalde de Coomonte de la Vega (Zamora),
Mateo José Otero, PP, se dirigió al portavoz del PSOE
llamándole "mequetrefe, canijo y payaso". El alcalde de Izquierda
Unida en Jódar (Jaén), José Luis Angulo, insultó al
portavoz de la oposición llamándolo "Cobarde, falso, embustero y
bajo" y afirmando que otras personas "son más honrados que tú y
tienen más cojones que tú, porque eres un maricón". El presidente del PP en Orense, José Luis Baltar,
se dirigió al consejero de Medio Ambiente del Partido Socialista Gallego,
Manuel Vázquez, considerándolo un "maricón, sinvergüenza y
miserable". El alcalde de Getafe, Pedro Castro, consideraba que los
votantes del PP son "tontos de los cojones"
por votar a los conservadores. Y si uno da un vistazo a los calificativos que
los concejales como Hilario Rodríguez merecen para algunos ciudadanos que
escriben en internet u opinan en la prensa tinerfeña
se puede encontrar, entre una pléyade de ellos, con los siguientes adjetivos:
"fantoches", "vividores", "sinvergüenzas",
"animal", "mediocre", "garrapata",
"sabandija", "golfos", "chorizos",
"sinvergüenzas" y, entre otros, "malnacidos".
Basta con echar un somero vistazo a estos y otros cientos de ejemplos--para
constatar que nos hemos instalado en la cultura del insulto como argumento. Eso
es lo que se transmite de forma cotidiana en un prime time televisivo donde la
gente aplaude a rabiar a una ciudadana cuyo argumento discursivo es
"porque me sale del coño" o donde los protagonistas de los programas
de telerealidad (el nombre ya lo dice casi todo) se
insultan en vivo y en directo mientras les graba una cámara oculta (que no es
oculta porque todos saben que está oculta). Las tertulias donde no se grita, no
se exhibe la supuesta ex amante de un torero o el hijo de una famosa, son carne
de minoría; asténicas demostraciones de rigor en este camarote de los hermanos
Marx en que hemos convertido la libertad sobrevenida por una defunción
Un mal general
En esta galaxia de la vulgaridad, las palabras de Hilario Rodríguez, que
tampoco es Castelar, me parecen como mucho inoportunas y desde luego
irrelevantes. Los godos existen y casi todo el mundo ha tenido que soportar a
alguno a lo largo de su vida. Para los venezolanos, a comienzos del siglo XIX, el "godo" era el antagonista del criollo, el
español, el comerciante, el cacique de buena posición que se ponía de parte de
la metrópoli. Para los canarios, que probablemente importaron el término, el
godo es un ser insoportable, prepotente, altanero, que considerando su tierra
(la que fuera o fuese) la mejor del mundo y a estas Islas un auténtico
desastre, no obstante vive aquí para prodigarse en consejos sobre cómo deben
hacerse bien las cosas y cómo debería cambiar el carácter aplatanado de los
isleños. Para muchos canarios existen una diferencia notable entre un
peninsular y un godo. Para otros, los únicos peninsulares son los portugueses.
Para un amigo de Madrid, los canarios son los peninsulares que llegaron antes.
Y así.
En las palabras de Hilario Rodríguez y las reacciones que han causado hay dos
ámbitos para una mínima reflexión. La primera es si se desmarcan del discurso
general de esta sociedad que nos ha tocado la mala suerte de vivir. Yo creo que
no. Que sin ser insultos son insultantes, pero en un contexto en el que
desgraciadamente se insulta de una forma genérica y gratuita, se descalifica y
se desprecia irrazonablemente a las personas y donde se ha convertido la
discrepancia en el telón de fondo para la satanización del discrepante. Y
quienes más acusan a Hilario Rodríguez son, precisamente, los que más insultan.
Una fina ironía. La segunda derivada es el trasfondo político porque ahí
detrás, aunque no tanto, está el uso despectivo de la palabra
"español".
A mí las ideologías me resbalan, que es como decir que los nacionalismos me la refanfinflan. Empezando por el español y acabando por el de
Cartagena. El mundo ha sido dividido por fronteras, creadas por los estados y
las naciones, para dotarnos de una identidad oficial. Somos ciudadanos de
derechos y obligaciones no porque queramos, sino porque ya nacemos con un
número de serie. Los estados y los gobiernos nos cuidan y nos ordeñan para
engordar eso que se llama "bien común" y la "hacienda
pública" de la que se cobran los administradores. El individuo, el ser
humano único e irrepetible, se extinguió como los dinosaurios cuando cayó el
meteorito del "interés general". La plutocracia, la burocracia y la partitocracia han secuestrado la libertad con la excusa de
gestionarla y han convertido a la Administración en la gran responsable de
nuestro bien común, de ahí que tengamos que pagarla y admitir que ese monstruo
de mil cabezas nos aplique reglas, plazos y sanciones que no se aplica a sí
misma.
El reino de la confusión
Hay personas que creen en una patria canaria y en una nación isleña sobre la
que se puede construir un Estado soberano. Otros piensan que esa es una idea
trasnochada en un escenario en el que caminamos hacia los Estados Unidos de
Europa, hacia la Europa de las regiones o los pueblos. Los Socialistas
Catalanes son más independentistas que los nacionalistas de Coalición Canaria.
Los militantes del PP de Galicia son más soberanistas
que Esperanza Aguirre. El PSC, CiU y ERC en el
municipio de Vic, en Cataluña, no están porque sigan instalándose en el
municipio inmigrantes sin papeles, mientras el PP y
el PSOE consideran que deben aceptarlos y cumplir la ley. Los progresistas
financian a los banqueros y los banqueros subvencionan conferencias de los
jueces y perdonan las deudas de los partidos políticos mientras nos exigen el
pago de nuestras hipotecas. Cayo Lara quiere instaurar la tercera república y
se lo explica al Rey Juan Carlos (¡uy, perdón! Don Juan Carlos) y en el país
más avanzado del mundo mundial en la igualdad de derechos para las mujeres con
Ministerio ad hoc- la hija del Rey no puede
reinar por su condición de mujer (la Ley Sálica es precisamente eso y no un
régimen para los hipertensos).
No sé si ustedes se aclaran. Yo no puedo. Les juro que lo intento, pero no
puedo. El desorden, la confusión, el oportunismo y la división se ha instalado
en la actualidad, de la misma forma que el insulto ha echado raíces en el
razonamiento. Así que me conformo con digerir diariamente las pequeñas dosis de
crispación de esta sociedad suicida. Pero, eso sí, debo hacer una confesión.
Yo también. Yo, que no creo en más fronteras que en las del horizonte, que no
creo en las banderas ni en los estados, que sólo tengo sentimiento por la
patria más chica, que tengo amigos del alma en Madrid, en Barcelona, en
Salamanca, en Cádiz y en Bilbao yo, lo
confieso, alguna vez he sentido ganas de meterle una trompada a un godo. Y por
si constituyera un agravante, añado, a algún canario también. Que dios me
perdone. O no.
Publicado en el Diario de Avisos, 24-01-2010