África: la herencia colonial

RAMÓN MORENO

"África es el resultado del tiralíneas colonial de la vieja Europa". La frase, no por manida, deja de tener una trascendental importancia en la historia reciente del vecino continente, y corresponde a la realidad actual de la mayoría de estados africanos que accedieron a la independencia como consecuencia del efecto dominó que produjo el proceso de descolonización del mundo en los años veinte.

En la década de los años sesenta y setenta África se convirtió en un continente de enorme importancia para las superpotencias enfrascadas en la guerra fría. Los dos bloques se esforzaban por hacerse con el control de los nuevos países africanos que habían hecho su irrupción en la comunidad internacional y que, por su parte, querían, a su vez, incorporarse a la división mundial del trabajo y con ese fin se abrían tanto a la acción del bloque soviético como del occidental.

Y ésa fue la actitud que también adoptaron líderes africanos auténticamente grandes como Nkrumah en Ghana y Nyerere en Tanzania. Las ilusiones de los africanos comprometidos con la descolonización se derrumbaron y hoy tenemos un continente negro que salta a las primeras páginas solamente cuando suceden tragedias como las tristes matanzas de Ruanda, las sangrientas guerras civiles, las recientes de Sierra Leona y Liberia o la desintegración de estados como Somalia.

Toda la descolonización de África se produjo de forma vertiginosa, sin experiencia alguna. Por un lado, los africanos deseaban su triunfo inmediato, pero pocos previeron los problemas que generaría. Por otro lado, los colonialistas ya no se aferraban a sus posesiones, porque habían dejado de ser grandes negocios. Los mecanismos del libre mercado ya funcionaban y permitían controlar las antiguas colonias sin necesidad de tener en ellas tropas y gobernadores. Por último, los colonialistas esperaban que, si los nuevos estados independientes carecían de cuadros propios preparados para gobernar, los antiguos administradores seguirían controlando la situación. Por todas esas razones los colonialistas, salvo algunas excepciones, no defendieron con las armas los territorios controlados y la descolonización se produjo a toda velocidad, sin preparación alguna, sin el menor período transitorio.

Estas circunstancias singulares propiciaron la llegada al poder de verdaderos bárbaros, auténticos señores de la guerra, que fueron muy bien aprovechados por Estados Unidos y Occidente para demostrar que los africanos no estaban preparados para gobernarse, que la descolonización era un proceso negativo y nocivo.

Desde el punto de vista anecdótico, cuando se ha planteado la descolonización del Archipiélago canario, el argumento ha sido otro: "¿De qué vamos a vivir?". Pero esto es otra cuestión. Lo cierto es que el Dossier Canarias continúa en el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas.

Uno de estos siniestros personajes, fallecido el pasado julio en Freetown, fue Foday Sankoh, fundador del Frente Revolucionario Unido (FRU) de Sierra Leona, la guerrilla más poderosa y sanguinaria del África subsahariana en los noventa, que destruyó este país rico en yacimientos de diamantes. Amigo de Gadafi y Charles Taylor, a quien ayudara en la guerra civil de Liberia a instancias del mediador de Bill Clinton, Jesse Jackson, firmó la paz con el presidente Kabbah en Lomé (Togo). Como estadista, recibió a la secretaria de Estado, Madaleine Albright, pero jamás desarmó a sus guerrilleros ni respetó los acuerdos de paz.

Cuando en la primavera de 2000 una nueva fuerza de paz internacional intentó desarmarlos, sus soldados secuestraron a 500 cascos azules. Este fue su último desafío. Gran Bretaña envió un contingente militar y, en pocos meses, puso fin a la guerra. Sankoh fue detenido y entregado al Tribuna Internacional de Justicia para ser juzgado por crímenes de guerra.

Pero uno de los más sanguinarios dictadores del siglo XX, al que se le atribuyen 500.000 muertos, lo que le valió el calificativo de el carnicero de Kampala, Idi Amín Dada, fallecía en un hospital de Arabia Saudí -donde se hallaba exiliado- en la madrugada del pasado domingo.

Así terminaba con sus días el ex dictador de Uganda, que dirigió su país de forma despótica y sanguinaria desde 1971, tras derrocar al régimen de Milton Obote, despojado del poder en 1979 refugiándose inicialmente en Libia. Idi Amín desempeñaba a la perfección el papel del ejemplo negativo, del político no preparado, ignorante y brutal, incapacitado para gobernar bien a sus compatriotas.

La propaganda occidental se valía de él, como de otro personaje indeseable, Bokassa (ex presidente de la República Centroafricana), para desprestigiar las ansias de los africanos de independencia y libertad.

Muchos de estos dictadores africanos venían de haber servido en un ejército colonial. La táctica de los colonialistas era tener soldados africanos, pero oficiales blancos. Nunca formaban oficiales africanos, porque se reservaban los cargos militares superiores para sus propios profesionales. En el ejército congolés, por ejemplo, hasta el momento en que el Congo consiguió la independencia no había ni un solo oficial nativo.

Idéntica situación reinaba en casi todos los ejércitos coloniales africanos. Cuando surgieron los nuevos estados poscoloniales se hizo indispensable la nacionalización de los ejércitos. Y aunque los colonialistas pensaban que los nuevos gobiernos aceptarían cuerpos de oficiales integrados exclusivamente por militares blancos, resultó que los nuevos gobiernos preferían tener ejércitos auténticamente nacionales antes que de buena calidad profesional. Fue así como sonó la hora del sargento Amín. Se había alistado en el ejército ugandés como ayudante de cocinero en 1946.