Al Qaeda: la globalización del terror
RAMON MORENO
El mundo asiste, entre sobrecogido y temeroso, a la amenaza global del terrorismo de Al Qaeda; máxime, después de que la organización de Ben Laden (que ha dicho que el "11M es la respuesta a España por su apoyo a EEUU en Irak, Afganistán y Palestina', se haya posicionado en suelo iraquí, donde antes no le estaba permitida la entrada, teniendo en cuenta, que Sadam Hussein nunca fue islamista.
Aunque algunos intelectuales del mundo árabe-musulmán, como el escritor argelino, Lamín Benallou, autor de L'Oranie espagnole. Aproche sociale et linguistidue (Dar al Gharb, 2002), dudan de la existencia de Al Qaeda, como organización operativa, estructural y piramidal, lo cierto es que la "corriente" influenciada por Ben Laden tiene mucho de red o conexión salafista. Unos grupúsculos aislados de radicales que no parece tener conexiones directas entre ellos, sino que comparten esta corriente ideológica que se fundamenta en un odio visceral hacia Occidente.
Al Qaeda es un término árabe que podríamos traducir como "infraestructura, base, asentamiento o regla, conducta moral". En la génesis y desarrollo de Al Qaeda vemos que, según su carta fundacional, obra del palestino jordano Abdulá Azam en 1988, Al Qaeda debía desempeñar el papel de vanguardia pionera de los movimientos islámicos. Todos sus atentados, incluyendo los del 11S en Nueva York, deberían inspifar é-instigar a sus grupos asociados a que la lucha debe dirigirse tanto contra los enemigos próximos (regímenes y dirigentes apóstatas) como contra los enemigos lejanos (infieles) del islam. Al Qaeda ha logrado su propósito contagiando ideológicamente a los grupos islamistas locales y regionales, convenciéndolos de que deben luchar no solamente contra los regímenes musulmanes corruptos y sus dirigentes, sino también contra los que los patrocinan: Estados Unidos y sus aliados.
En opinión de Rohan Gunaratna, autor de "Al Qaeda, viaje al interior del te
rrorismo islámico", hasta el 11M había tres factores que protegían a Occidente de un atentado terrorista: el incremento de la vigilancia pública, una cooperación sin precedentes en seguridad e inteligencia y la voluntad de los gobiernos en centrarse específicamente entornar medidas preventivas contra las células terroristas operativas.
Como Europa no sufrió tras el 11S ningún atentado terrorista de Al Qaeda durante dos años y medio, los dirigentes y altos cargos europeos, confiados, empezaron a mostrar ciertos signos de autocomplacencia. Pero la masacre del 11M demuestra que Occidente sigue siendo el objetivo primordial de Al Qaeda y sus grupos asociados. Y en este sentido, hay que señalar los tres acontecimientos generales que marcan la trayectoria de la red terrorista y sus adláteres después del 115. Primero, el grupo Al Qaeda dirigido por Osama Ben Laden ha evolucionado hasta convertirse en un movimiento de varias docenas de grupos asociados como: Al Zarkawi, Al Ansar al Islami, Al Ansar Muyahidin, Salafi Jehadiya, Jemmah Islamiyah, Abu Sayyaf, Takfir Wal Hijra etcétera, y que han sido los autores materiales del grueso de los atentados terroristas desde el 11S hasta la fecha.
Segundo, la amenaza terrorista se ha multiplicado varias veces desde el 115; y durante los últimos dos años y medio se han detectado y abortado más de 100 atentados terroristas en fase de planificación, preparación o ejecución. Y pese a que la capacidad de los terroristas de organizar ataques, especialmente contra objetivos duros (instalaciones bien protegidas), haya sufrido, la intención de atacar de los terroristas permanece intacta, desplazando la amenaza de los objetivos duros a los blandos (lugares de gran aglomeración de gente), haciendo inevitables los atentados en masa con gran número de muertos y heridos como el desgraciado 11M.
Tercero, la red de Al Qaeda ha adaptado su organización de forma significativa; y aunque el entorno de seguridad ha
obligado a algunas células terroristas a abortar operaciones, otras, simplemente, han pospuestos sus planes. El propio autor intelectual del 115, el jeque Jalid Mohamed, alias Moktar, ya advirtió cuando le interrogaban que, incluso después del 11 S, Al Qaeda estaba planeando una operación para atentar contra el aeropuerto de Heathrow. Y ya hemos visto que esta misma semana, la policía ha desarticulado una célula islámica que presuntamente pretendía causar otra auténtica masacre en un partido de fútbol de la liga inglesa.
Toda esta globalización del terror por parte de Al Qaeda y sus grupos asociados, tiene un punto de referencia en una nación donde impera la pobreza, pero a la vez es potencia atómica, aliada de Estados Unidos y centro de incubación de la violencia islámica: Pakistán, un país de contrastes y un verdadero peligro para el resto del mundo. Washington apuesta por el dirigente militar Musharraf, que trata con mimo a los mulás radicales, pero al mismo tiempo permite que las unidades especiales de la CIA persigan a Ben Laden. Ello no ha impedido a los miembros de la comisión de investigación del terrorismo contra EEUU acusar al antiguo jefe de los servicios secretos de este país, Hamid Gul de connivencias con Ben Laden y de haber prometido a los talibanes en julio de 1999 "avisarles tres o cuatro horas antes" en caso de que los estadounidenses decidieran atacar con misiles.
Un -asunto de lo más -embarazoso, precisamente ahora que tanto se habla del eje Islamabad-Washington, de Pakistán como el principal aliado norteamericano en la lucha contra el terrorismo y el entreguismo de Pervez Musharraf convertido en un auténtico lacayo de Bush. Si a todo ello unimos la capacidad nuclear de Pakistán (posee hasta 50 cabezas nucleares) y el histórico contencioso con la India por la región de Cachemira, hace que Pakistán sea el país más peligroso del mundo y una amenaza no sólo para Estados Unidos, sino para toda la humanidad.
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