El Periódico, 8-8-04

A VUELTAS CON GIBRALTAR

JUAN-JOSÉ López Burniol - Notario -

La primera vez que visité Londres, me sorprendió la abundancia de monumentos conmemorativos de las victorias militares británicas, así como de las hazañas de sus soldados. No era consciente de que Gran Bretaña, además de constituir una democracia ejemplar, ha sido un imperio eficaz hasta el momento de su desguace. Y, como no hay imperio sin soldados, de ahí la gran tradición militar británica, puesta una vez más de manifiesto durante la guerra de las Malvinas. Dos imágenes guardo de entonces. Una, el desfile de un regimiento al son de No llores por mí Argentina interpretado a ritmo de marcha. Otra, unas jóvenes inglesas despidiendo a los marineros de un buque que zarpaba, con la pieza superior del bikini en la mano y mostrando una parte de sus encantos.

En esta tradición se inserta la reciente conmemoración de los 300 años de presencia británica en el Peñón. Sólo ha faltado, según creo, un saludo similar al referido a cargo de algunas gibraltareñas, lo que no hubiese sido tan difícil, pues entre 30.000 habitantes bien habrá algunas decenas que hubieran podido repetirlo sin desdoro. De ahí que sobren los lamentos españoles. Perdimos Gibraltar hace tres siglos y no supimos recuperarlo, por lo que no cabe pretender hoy que un imperio ya desvanecido nos regale la última joya de su corona. Visto con ojos marroquís, tampoco es tan distinto el caso de Ceuta y Melilla.

España no debe lamentarse. Sólo debe proteger sus intereses y evitar que el Peñón opere como un paraíso fiscal y financiero. Seguro que hay en leyes y reglamentos algún artículo que, debidamente interpretado, amainaría el tono de Peter Caruana, este gestor impostado y relamido al que cierta política catalana se refirió una vez como "el fill de l'amo".