El
11-S, Irak y Afganistán sólo han servido para tapar el agotamiento del modelo turístico
español.
JOSEP-FRANCESC Valls
Catedrático de ESADE
Cada vez me interesa menos seguir día a día, hora a hora, la
evolución de la ocupación turística de nuestras costas cuando llegan los meses de
junio, julio y agosto. Es como si a cada minuto contara la calderilla que llevo en el
bolsillo. Los balances se realizan a fin de año y en turismo debería ser igual. Por eso,
lo que de verdad me preocupan son los malos resultados continuados de las empresas que se
dedican mayoritariamente al sol y playa.
Lejos de
encarar en los últimos años el futuro del sector cuando empezaban a percibirse síntomas
de agotamiento del modelo, los graves conflictos del 11-S, y de las guerras de Afganistán
e Irak no han servido más que para esconder el problema.
¿Tenía
la ecotasa la culpa de la caída del turismo de Baleares? No. La culpa de la caída de las
ocupaciones en la costa española, salvo contadas excepciones, ¿la tiene la coyuntura
internacional, la crisis económica de algunos de los principales países emisores o la
emergencia de ofertas más baratas? No sólo son exógenas las razones, sino que la
mayoría son de origen endógeno: El crecimiento desaforado de la oferta turística en el
litoral en los últimos años (sobre todo en Levante y en Andalucía).
El
círculo vicioso del ahogo financiero de los municipios turísticos, dejándoles como
única vía de ingresos fiable la concesión de licencias de construcción, lo cual coloca
importantes decisiones de planificación turística más cerca de los despachos de las
inmobiliarias que de los intereses generales.
La
facilidad de ganarse bien la vida en el sector desde hace años: declaraba el otro día el
consejero delegado de la cadena hotelera Riu: "El turismo tiene que conformarse con
ganar menos"). El recurso a lo público cuando las cosas van mal: (terciaba el
secretario general de Turismo, el catalán Raimon Martínez Fraile, en el Fòrum, a
los empresarios, la semana pasada: "No me pidan que les reestructure los destinos,
mientras están ustedes invirtiendo y ganando dinero en el exterior").
Se nos
llena a todos la boca de agua al hablar de sostenibilidad, de Agendas Locales 21 y, cuando
buscamos experiencias concretas para mostrarlas, nos vemos obligados a citar casos de
otros países, de otras latitudes. (Por cierto, los dos grandes esfuerzos de gestión
sostenible en España, Calvià y Lanzarote, se terminaron al cambiar de manos el equipo
municipal). La falta de renovación de una gran parte del parque inmobiliario y de la
oferta en general de la costa. La excesiva proporción de alojamiento de uso turístico,
un negocio poco transparente, frente al hotelero, que incluye cámping y casa rural, que
augura arriesgados trasvases de clientes entre uno y otro en los momentos de crisis. La
debilidad del posicionamiento de muchos destinos que se han convertido en commodities,
sin personalidad, sin autenticidad; la escalada de descuentos y ofertas no sólo en las
temporadas valle sino en las consideradas altas son prueba fehaciente. Muchos de nuestros
destinos de playa basan su éxito, como en los años históricos, en que crezca el número
de turistas, cuando lo que verdaderamente aprecian, y están dispuesto a pagar más por
ello, es el valor de la experiencia. Muchos empresarios turísticos no han percibido
todavía que los clientes tienen otro concepto de las vacaciones: fragmentadas, más
cortas, mezclando distintos productos, y siguen ofreciendo el mismo paquete que hace 30 o
40 años.
Las
encuestas son crueles cuando indican que los alemanes o los franceses (mercados
vacacionales que han caído fuertemente el último año) gastan prácticamente lo mismo en
viajes que antes de su crisis económica. En efecto, siguen consumiendo sol y playa, pero
en otros lugares más baratos, como Croacia, Bulgaria, Turquía...y adicionalmente,
mientras abandonan nuestras costas, los encontramos recorriendo el Camino de Santiago,
visitando la Salamanca cultural, la Ruta del Císter, comiendo el menú Dalí o viniendo a
Barcelona a los coloquios del Fòrum. Hay zonas como Catalunya donde se viene replanteando
el sector desde posiciones muy sensatas, por ejemplo, en el Debate Costa Brava de la
primavera, en el proceso hacia el Congreso de Turismo de otoño de las Cámaras de
Comercio o en los simposios de turismo de ESADE. Además, una de las primeras medidas del
tripartido consistió en reservar determinadas zonas del litoral para futuras
programaciones. Esa medida, que es una de las más brillantes en favor del turismo,
acabaría baldía, si no se tomaran otras más contundentes: de contención durante un
tiempo definido del crecimiento de la planta de alojamiento, adaptando cada territorio a
su capacidad de carga; de fomento del desarrollo de los destinos desde las aspiraciones
locales implicando a todos los agentes privados y públicos; de estructuración de los
productos desde la óptica de la satisfacción de los clientes, en base a combinaciones
creativas, y de integración del territorio litoral con las zonas de interior fomentando
las sinergias.