¡SE FUE EL CAIMÁN!
Tardé en enterarme del
porqué, cuando mis tíos se reunían en mi casa de belingo y fogalera, terminaban
siempre cantando, entusiastas, el “se va
el caimán, se va el caimán....” . Tardé tanto como en saber que el feroz
caimán era un minigeneral gallego, de voz imprecisamente aflautada, que salía
en los NODOS –el “telediario” de entonces-
inaugurando pantanos o saludando, brazo en alto, a enfervorecidas
manadas de manifestantes de cercanías, de los de guagua paga y bocadillo pal
camino, que llenaban una plaza ignota bajo un balcón, dando gritos de ¡Franco!
¡Franco! y ¡arriba España! que nos resultaban ajenos a estas asirocadas ínsulas
africanas.
Aunque no tantos como los
que se sumaron a posteriori, éramos muchos los que intentábamos que el caimán
traspusiera y que, aunque no llegara tan lejos como hasta Barranquilla, se nos
quedara al menos en cualquier dorado exilio cercano donde, mascullando un
soñado regreso, pudiera lamentar a gusto la ingratitud de los supervivientes de
su incivil guerra y su inicua dictadura. Que si quieres. El caimán tenía las
garras largas y bien afirmadas en una amplia caterva de interesados
sostenedores. Se aferraba al poder incluso después de la brusca y anticipada
subida a los cielos, con coche incluido, de su segundo de a bordo y marinerito
preferido, pero todo tiene su fin y no hay mal que cien años dure y, ni
siquiera protagonizando una cruzada y entrando en las catedrales bajo palio,
consiguió el microsaurio la inmortalidad. Se fue un 20N, acompañado de toda la
parafernalia de banderas, himnos y camisas azules de acangrejados bordados. Lo
despidieron las televisivas lágrimas de una especie de mico comemanises y los alegres brindis de los que habíamos
enronquecido de años cantando que ya se iba el caimán.
Los empujones, más o menos
fuertes, dados al que nunca llegó a cocodrilo, venían de muchas direcciones y
tenían distintos nortes, pero todos con un común anhelo de libertad y dignidad.
Pensamos todos que una etapa sin retroceso había llegado a su fin cuando el
último caudillo de opereta de un Imperio de Cartón-piedra quedó sepultado bajo
el granito del Valle de Cuelgamuertos, labrado por manos a las que había antes
arrancado libertad y esperanza.
Para los nacionalistas no
mistificadores, que luchábamos y luchamos por la soberanía para nuestra Nación
Canaria, el avance político producto de ese requiéscat fue, casi
exclusivamente, el ganarnos el derecho a exponer y expandir nuestras ideas.
Sabíamos perfectamente que los partidos españoles, sean del color que sean,
intentan siempre continuar la relación de dependencia entre Canarias y España,
pero pensábamos que se abría una etapa de posible confrontación democrática
dentro de unos cauces de respeto y dignidad..
Vanas ilusiones. Llevamos
años dándonos cuenta de que, al partir, el cocodrilo dejó el nidal a cargo de
algunos viejos camaradas de camada, hoy refugiados, para desgracia de los
gallegos, en aquellas lejanas tierras hispanas de brumas, emigración y piche.
Las crías, lagartos aprendices de caimán, trasladaron el cubil del Pardo a la
Moncloa, aposentándose allí otro dictadorzuelo en ciernes, con ínfulas de
Carlos V redivivo, fiel lacayo del verdadero cocodrilo de allende de los mares
que se traga a bocados países de exóticos nombres aunque se le atoren en el
gaznate. Mientras tanto, sus cachorros isleños, bajo la experta dirección de un
pequeño clon de apellido de castellana ciudad, pura y fría, se reparten poder y
prebendas con unos aliados coalicioneros que presumen justamente de aquello de
que carecen: nacionalismo canario.
No ha hecho falta cantarle
que se vaya al neoaprendiz de caimán. El sicofante se ha ido, ahogado en la
baba de su propia mentira y reducida su estatura moral al mismo nivel que la
física que soporta el hitleriano bigotito. Su último bramido lo ha dado hoy, en
el muy ibérico ambiente de una Plaza de Toros que, para los que la vimos desde
fuera lleva el sugestivo nombre de “Vista Alegre” y, en vez del viejo NODO nos
trajo las noticia su sucesora RTVE. El caimancito, vestido de suéter color
militar y descorbatado –su canon de progresía-
se despidió, arropado por sus fieles, con tremolar de banderas y, brazo
en alto al más puro estilo del viejo fascio, gritó con toda la fuerza de su
pequeña talla un ¡Viva España! que arrancó estentóreos gritos de entusiasta
respuesta en la organizada claque. Yo, por lo bajito, me puse a cantar “se
fue el caimán, se fue el caimán....”