¡SE FUE EL CAIMÁN!

 

Francisco Javier González

Tardé en enterarme del porqué, cuando mis tíos se reunían en mi casa de belingo y fogalera, terminaban siempre cantando, entusiastas, el “se va el caimán, se va el caimán....” . Tardé tanto como en saber que el feroz caimán era un minigeneral gallego, de voz imprecisamente aflautada, que salía en los NODOS –el “telediario” de entonces-  inaugurando pantanos o saludando, brazo en alto, a enfervorecidas manadas de manifestantes de cercanías, de los de guagua paga y bocadillo pal camino, que llenaban una plaza ignota bajo un balcón, dando gritos de ¡Franco! ¡Franco! y ¡arriba España! que nos resultaban ajenos a estas asirocadas ínsulas africanas.

Aunque no tantos como los que se sumaron a posteriori, éramos muchos los que intentábamos que el caimán traspusiera y que, aunque no llegara tan lejos como hasta Barranquilla, se nos quedara al menos en cualquier dorado exilio cercano donde, mascullando un soñado regreso, pudiera lamentar a gusto la ingratitud de los supervivientes de su incivil guerra y su inicua dictadura. Que si quieres. El caimán tenía las garras largas y bien afirmadas en una amplia caterva de interesados sostenedores. Se aferraba al poder incluso después de la brusca y anticipada subida a los cielos, con coche incluido, de su segundo de a bordo y marinerito preferido, pero todo tiene su fin y no hay mal que cien años dure y, ni siquiera protagonizando una cruzada y entrando en las catedrales bajo palio, consiguió el microsaurio la inmortalidad. Se fue un 20N, acompañado de toda la parafernalia de banderas, himnos y camisas azules de acangrejados bordados. Lo despidieron las televisivas lágrimas de una especie de mico comemanises y  los alegres brindis de los que habíamos enronquecido de años cantando que ya se iba el caimán.

Los empujones, más o menos fuertes, dados al que nunca llegó a cocodrilo, venían de muchas direcciones y tenían distintos nortes, pero todos con un común anhelo de libertad y dignidad. Pensamos todos que una etapa sin retroceso había llegado a su fin cuando el último caudillo de opereta de un Imperio de Cartón-piedra quedó sepultado bajo el granito del Valle de Cuelgamuertos, labrado por manos a las que había antes arrancado libertad y esperanza.

Para los nacionalistas no mistificadores, que luchábamos y luchamos por la soberanía para nuestra Nación Canaria, el avance político producto de ese requiéscat fue, casi exclusivamente, el ganarnos el derecho a exponer y expandir nuestras ideas. Sabíamos perfectamente que los partidos españoles, sean del color que sean, intentan siempre continuar la relación de dependencia entre Canarias y España, pero pensábamos que se abría una etapa de posible confrontación democrática dentro de unos cauces de respeto y dignidad..

Vanas ilusiones. Llevamos años dándonos cuenta de que, al partir, el cocodrilo dejó el nidal a cargo de algunos viejos camaradas de camada, hoy refugiados, para desgracia de los gallegos, en aquellas lejanas tierras hispanas de brumas, emigración y piche. Las crías, lagartos aprendices de caimán, trasladaron el cubil del Pardo a la Moncloa, aposentándose allí otro dictadorzuelo en ciernes, con ínfulas de Carlos V redivivo, fiel lacayo del verdadero cocodrilo de allende de los mares que se traga a bocados países de exóticos nombres aunque se le atoren en el gaznate. Mientras tanto, sus cachorros isleños, bajo la experta dirección de un pequeño clon de apellido de castellana ciudad, pura y fría, se reparten poder y prebendas con unos aliados coalicioneros que presumen justamente de aquello de que carecen: nacionalismo canario.

No ha hecho falta cantarle que se vaya al neoaprendiz de caimán. El sicofante se ha ido, ahogado en la baba de su propia mentira y reducida su estatura moral al mismo nivel que la física que soporta el hitleriano bigotito. Su último bramido lo ha dado hoy, en el muy ibérico ambiente de una Plaza de Toros que, para los que la vimos desde fuera lleva el sugestivo nombre de “Vista Alegre” y, en vez del viejo NODO nos trajo las noticia su sucesora RTVE. El caimancito, vestido de suéter color militar y descorbatado –su canon de progresía-  se despidió, arropado por sus fieles, con tremolar de banderas y, brazo en alto al más puro estilo del viejo fascio, gritó con toda la fuerza de su pequeña talla un ¡Viva España! que arrancó estentóreos gritos de entusiasta respuesta en la organizada claque. Yo, por lo bajito, me puse a cantar “se fue el caimán, se fue el caimán....”

Desde luego que no lloro por él, pero tampoco me entusiasmo con el que viene. Seguiré luchando para incorporar a mi patria, Canarias, al conjunto de naciones de la tierra donde un día no se ponía el sol pero en los que ya amanece cotidianamente.

Canarias 27 de marzo de 2004