Pesca y turismo en Catharum
JUAN-MANUEL GARCÍA RAMOS
Esta semana hemos presentado, en la sede del Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, en el Puerto de la Cruz, en ese norte de Tenerife tan querido por los ilustrados de la Tertulia de Nava de Viera y Clavijo y del Marqués de Villanueva del Prado, un proyecto como Catharum.
Nicolás González Lemus, el director de esta nueva revista, y Nicolás Rodríguez Münsenmaier, el presidente de la entidad responsable de su edición, el citado Instituto de Estudios Hispánicos, han tenido la delicadeza de esperar a que apareciera el número 4 de esta publicación literaria, científica, histórica y artística, para darla a conocer a sus asociados y a los lectores en general, quizá previendo con sabiduría que las cosas han de madurar antes de ser puestas verdaderamente en circulación.
Catharum, como se explica en la declaración de intenciones del número 1, es un topónimo romano que designaba en su tiempo a lo que hoy se conoce como cabo Juby, en la región de Tarfaya, un promontorio desde donde se orientaban los pasos de las voraces embarcaciones imperiales hacia las costas canarias.
Ese punto continental africano parece convertirse en un símbolo para el trabajo investigador de los que hoy dirigen esta nueva publicación. Un símbolo, acaso, de la doble preocupación por lo local y lo universal que persiguen atrapar en sus cuidadas páginas.
Una preocupación que se apreciaba en los tres primeros números de la revista, con la inclusión de firmas foráneas de tanto aval como las de Raymond Carr, Fernando Chueca Goitia, Manuel Alvar, o la del novelista y político nicaragüense Sergio Ramírez, al lado de las de nuestros investigadores más respetados, que van desde el decanato de don Telesforo Bravo y los ya firmes prestigios de Manuel Lobo Cabrera y María Isabel Navarro, hasta las nuevas generaciones que representan Rodríguez Münsenmaier y González Lemus, por tan sólo citar a los más altos responsables de este entusiasta programa de trabajo.
A algunos les gusta usar el concepto de autoconocimiento cuando se trata de referirnos a lo que nos ofrecen trabajos como los recogidos en este número último de Catharum, pero yo prefiero hablar de ordenación de nuestro pasado a secas. Los caminos para esa labor son los de la ciencia y el arte, como ya fueron utilizados por los compañeros ilustrados de Viera y Clavijo y por los miembros de la generación de 1880 en Tenerife, como designa a Elías Zerolo, a los Estévanez y a sus coetáneos, la doctora María Rosa Alonso, o por lo que significó en Gran Canaria la fundación del Museo Canario y la figura del doctor Chil y Naranjo.
Del seleccionado material recogido en esta reciente entrega de la revista del Instituto de Estudios Hispánicos, destaco dos de los temas abarcados que, a pesar de la indagación histórica que se hace de ellos, presentan un interés de máxima actualidad.
El Atlántico, en su versión africana vecina, es el motivo del estudio concienzudo y amenísimo del doctor en Historia y trabajador del Centro Meteorológico de Izaña, Fernando de Ory Ajamil, sobre el hoy secuestrado por Marruecos, en contra de todos los dictámenes de los órganos jurisdiccionales internacionales, banco pesquero canario-sahariano.
Tal y como nos ha relatado el geólogo y paleontólogo, y conocedor como nadie de los asuntos macaronésicos, Francisco García-Talavera, nuestros derechos sobre esos caladeros se basaron, en un momento determinado de nuestros contenciosos con el reino alauí, en la construcción en torno a 1474, en Puerto Cansado, del emplazamiento de Santa Cruz de la Mar Pequeña por parte de Diego de Herrera, Señor de La Gomera, aunque esas reclamaciones, tras la chapucera descolonización española del Sahara Occidental, sean hoy pura nostalgia diplomática.
En cualquiera de los casos, el relato que nos hace de Ory Ajamil, de las circunstancias y vicisitudes históricas que ha vivido el banco pesquero canario-sahariano desde su descubrimiento por las potencias europeas en el siglo XV, cien años antes del hallazgo de los bancos bacaladeros de Terranova e Islandia, hasta el siglo XIX, es una demostración de los pocos reflejos políticos y económicos que estas islas nuestras han desplegado en sus relaciones con los países vecinos africanos.
Unos reflejos que sí supieron activar en su momento las vocaciones colonizadoras de ingleses y de franceses, primero en su versión científica -siempre la ciencia se anticipó a las apetencias políticas y económicas posteriores, como un signo de cínica hermandad internacional-, y luego en su versión invasora y depredadora sin más, como hoy sucede, en versión postcolonial, con los rusos tras el acuerdo firmado con el Marruecos de nuestros días.
Sin embargo, lo más atractivo del trabajo de Fernando de Ory Ajamil es su recorrido por los diferentes estudios oceanográficos sobre el banco pesquero canario-sahariano no tenidos en cuenta hasta ahora por la historiografía local y que ofrecen nuevos puntos de vista históricos y nuevos resultados bibliográficos sobre las pesquerías canario-saharianas.
Especial curiosidad ha despertado en mí también otro de los trabajos contenidos en el número 4 de Catharum, y es el del profesor de la Universidad de Lovaina, Rafael Matos, sobre el origen del turismo en Tenerife durante el siglo XIX. Y me atrajo esa colaboración del profesor Matos por la debilidad que tengo, y que tiene mucho más el director de nuestra revista, Nicolás González Lemus, por todo lo relacionado con el tímido turismo terapéutico del siglo XIX que más tarde nos abriría las puertas de los mercados europeos y desembocaría en la macroindustria del ocio que hoy cuenta en Canarias con doce millones de clientes.
Rafael Matos nos da noticia de cómo publicaciones europeas prestigiosas de ese siglo XIX airean con énfasis nuestras ventajas como destino sanitario, como el libro editado en la capital británica en 1883 sobre el particular, The principal Southern and Swiss Health Resort, del médico ginebrino radicado en Londres, William Marcet, que cita a Canarias entre las principales estaciones climatoterapéuticas, o los trabajos del francés Edmond Cotteau, quien calificó en 1889 el Valle de la Orotava como la mejor estación de invierno del mundo para los enfermos del mal romántico.
La hermosa y constante temperatura, los parajes vírgenes de los alrededores, con el Teide como atractivo central, y los alimentos sanos de producción interna, son los factores principales para recuperar los pulmones delicados de visitantes de tantas nacionalidades europeas de entonces. Son los primeros tiempos de una industria que hoy ha hegemonizado, directa o indirectamente; buena parte de nuestro producto interior bruto y cuyos orígenes tantas veces hemos pasado por alto, cuando no simplemente hemos despreciado.
Una comunidad no debe nunca perder de vista su memoria si desea el perfeccionamiento de sus estructuras mentales y de sus hábitos sociales, políticos, económicos y culturales.
Hemos sido injustos con nuestra historia y todavía estamos muy lejos de dotar a nuestro patrimonio documental del cuidado que reclama como lección para futuras generaciones.
Las revistas humanísticas y científicas reparan algunas de esas desleales desatenciones y penetran secretos que nos alertarán a su vez de nuevos secretos.
Este es el papel que ha venido a cumplir, una vez más, una publicación como Catharum
. Bienvenida sea.