¿Es rígida la Constitución española?
JUAN JESUS AYALA
Hay quien sostiene que no, que la Constitución española vigente de 1978 no es rígida y que está bien elaborada y ensamblada ante cualquier vicisitud, no sólo del momento en que se aprueba, en la transición, donde aun se oían ruidos de sables y revoloteos de sotanas, sino que se adelanta a los tiempos de tal manera que las cuestiones que surjan se contemplan en su articulado, de ahí que arropándonos en los diversos Títulos se daría solución a cualquier contingencia que se plantee.
Sin embargo, hay constitucionalistas neutrales que no se cansan de manifestar que la Constitución de 11978 es rígida. Aunque, eso sí, no dejan de señalar que este tipo de constituciones no cierra el paso a las reformas que verdaderamente sean necesarias, pero sí que da pábulo a que los timoratos y gobiernos centralistas inmovilistas no den un paso hacia delante.
Por supuesto que no es la rigidez del Estatuto de Bayona de 1808, ni la Constitución de Cádiz de 1812 o la non nata de 1856, la de 1869 y la republicana de 1931, pero tampoco llega a la flexibilidad del Estatuto Real de 1834, la Constitución de 1837, la de 1845 o la de 1876.
Como se ve, en todas estas fechas han habido constituciones que se han modificado, unas bien porque desde la rigidez el cambio se operó de manera contundente o porque las realidades socio-políticas se quedaban en disonancia con los textos vigentes.
Lo que sí parece claro es que hay un empeño por parte del gobierno, y me refiero al español, en que existe una indisposición a verificar cualquier tipo de reforma constitucional; y tan es así que ante cuestiones que tienen delante cual es el caso vasco y para más adelante, seguro, el catalán, lo que se les ocurre no es ya solo demonizar, sino penalizar con cárcel la libertad de opinión. Y no hay más que mirar alrededor para darnos cuenta la cantidad de veces que han sido reformadas las constituciones. Por ejemplo, la belga, desde 1970, ha sido reformada 7 veces; la norteamericana, paradigma del constitucionalismo escrito, 27 veces y ninguna por referéndum; y por señalar otro ejemplo, la italiana ha sido reformada por leyes constitucionales 44 veces.
¿Qué pretendo decir con esto? Que el empecinamiento del Gobierno, así como determinados grupos políticos que continúan refugiados como si lo de 1978 fuera la verdad absoluta y la revelada, están a contrapié de la realidad. Y ello acrecienta los problemas y hace que los desajustes no lleguen a la perfección de un semiequilibrio. Porque hay que comprender de una vez que sociológicamente el estado español es plurinacional y que algunos pueblos que lo integran intentan buscar nuevos encajes de convivencia, y si no se reforma lo que hay que reformar se hará un flaco favor al progreso y a la razón. Se continuará por el camino del mito y cambiando el lenguaje cada dos por tres en aras de estimular la confusión.
Si se logró el consenso para elaborar la constitución de 1978 habrá que darle a esta un impulso para que desde la atalaya política contemplar la nueva realidad y no seguir con el empecinamiento de lo dado y tomarlo como concluido. Las constituciones son textos abiertos.
La historia, como hemos reseñado, nos facilita ejemplos. Las rigideces de los textos comprometen el desarrollo de los pueblos. Y uno se pregunta ¿por qué este afán de seguir en lo mismo? ¿Será, tal vez, porque todavía pensamos que la unidad de España se logró con los Reyes Católicos? ¿Será que España es la del reinado del italiano Amadeo de Saboya o la que hubo que habilitar para que entrara por los Pirineos el nieto del Rey Sol, con el nombre de Felipe V? No se sabe.
Con la Constitución de 1978 lo que sí está claro es que desapareció, y tenemos que alegrarnos de ello, el partido único, el Movimiento Nacional, así como las Cortes Orgánicas, el Sindicato Vertical y el sistema jurídico franquista. Y en su lugar llegaron las libertades democráticas, los partidos políticos, los sindicatos, el sistema parlamentario y los estatutos de autonomía.
Pero tenemos que situar la razón en el lugar del mito y descifrar desde la reflexión que aquellas reformas que dieron al traste con el Antiguo Régimen deben sufrir una adaptación a los nuevos tiempos, porque en caso contrario puede volvamos a mecernos en la desidia de épocas pasadas que no deseamos sean revividas en la memoria colectiva de los pueblos.