El proceso constituyente europeo

Juan Jesús Ayala

Los poderosos siempre han mandado y hoy siguen haciéndolo y es un ejemplo lo acontecido días pasados en que Alemania y Francia han forzado a la Unión Europea a congelar el Pacto de Estabilidad que se constituyó en 1997 con la finalidad de cumplir con todo rigor los criterios de convergencia económica. Cuestiones estas que no han cumplido los dos países que han sobrepasado sus déficits por encima del 3 por ciento del PIB. Esto que pudiera entenderse como un fracaso político de la UE no lo es tanto que pueda comprometer las reglas de juego que están en un proceso constituyente y que concluirá a finales de este año de 2003.

De ahí que sea necesario no solo poner en práctica las disposiciones económicas establecidas para lograr el equilibrio y su estricto cumplimiento sino que sea la política lo que aparezca de manera decidida e indique que es lo que se pretende con Europa para que en el concierto de las naciones comiencen a ponerse de acuerdo entre sus miembros y más tarde sentar su fortaleza para medirse en todos los ámbitos con otras naciones de la tierra que pretenden ser hegemónicas. Y me refiero concretamente a los EEUU de América.

Lo que si parece evidente es que Europa a pesar del desastre de lo de Irak y la apabullante presencia que en esta guerra- invasión tienen los EEUU, no está en crisis y si lo está es porque su crecimiento y madurez exige una cierta perplejidad y estupor ante acontecimientos no controlados desde dentro, desde el seno de los países que la integran. De momento se está jugando a estabilizar los desajustes que por parte de algunos se ejerce sobre países depauperados que en su día, no nos olvidemos, fueron carne de cañón para esta Europa ya no tan incivilizada y sanguinaria como en su mejor esplendor colonial.

Pero lo que si parece claro es que las reglas del juego aparecen dentro del tablero mágico de las diferentes piezas que hay que mover para que la partida se dirija hacia el establecimiento de un federalismo de buenas intenciones. Lo que sería de agradecer no sólo para la Europa de las naciones sino para la Europa de los ciudadanos que también tienen mucho que decir por el silencio de siglos que han mantenido. El comienzo de la idea federal de Europa fue cuando el ministro verde Fisher planteó la necesidad de llevar a cabo una profunda reflexión sobre la finalidad de Europa y que no podía ser de otra manera que desde una perspectiva federalista. Y si bien el debate se planteó desde otro frente intergubernalista, la idea de Fisher prosperó y así se contempla sin ambages una idea federalista para Europa.

Sin embargo, dentro de este modelo federalista que nos aguarda a la vuelta de la esquina aparecen unos nuevos actores que son no solo los representantes de los gobiernos de los estados miembros, los representantes de los parlamentos nacionales y europeos sino la instancia de los Observadores con sus Estatutos dando entrada a los representantes del Comité de las Regiones. Con esto ya no solo van a estar presente los estados dirigiendo el coro sino que habrán voces que desde la novedad aparecerán con otro tono, tal vez diferente, que pondrán los acentos en aquellas cuestiones que les dificulte sus vidas de relación social y política.

Con todo esto se logrará que el resto de los estados miembros que no se hayan adaptado a los tiempos y que sus constituciones no estén en consonancia con la europea estarán en una fase de contradicciones y con problemas de difícil resolución si no se adaptan sus constituciones y estatutos al nuevo modelo.

Ahora que se avecina conmemoraciones de constituciones y que desde que Napoleón nombró Rey de las Españas y de las Indias a su hermano con el nombre de José Bonaparte I por el Estatuto de Bayona el microcosmos español ha cambiado y no de debe estancarse en el texto de 1978. Hay que repensar Europa y España y desde una periferia no encontrada no digamos nada del archipiélago canario.

El proceso constituyente europeo está a término y con ello hay que dejar atrás inmovilismos y enquistamientos intelectuales y temores doctrinarios porque la constitución no encarna la verdad revelada sino un acuerdo entre hombres y aceptados por otros con más o menos fortuna.