COTIDIANIDAD KAFKIANA
Camilo Estrada Luviano
El mundo en el que vivimos está regido por las relaciones capitalistas de producción y son éstas las que marcan lo que debe ser y lo que no tiene lugar en esta sociedad. Decimos que son relaciones capitalistas de producción, porque, en primer lugar, la sociedad debe su existencia al hecho de que todos los humanos, de una u otra manera tienen que participar en la producción para poder sobrevivir y, en segundo lugar, porque la producción aparentemente la realiza el capital. Aparentemente, porque el capital es en sí un mero concepto, una abstracción, el capital es, podemos decir, una determinada cantidad de maquinaria, herramientas y dinero con el que se compra mano de obra y materias primas que los obreros transforman en un o más objetos capaces de satisfacer de las necesidades humanas. Esto significa que son los obreros quienes producen, pero parece que sí es el capital el que lo hace, porque si no hubiera dinero el capitalista no podría comprar nada para poder producir. Puede hacerlo porque la sociedad está dividida entre los que tienen dinero y quienes no poseen nada, salvo su capacidad para trabajar. A esta capacidad de trabajar unos economistas le llaman fuerza de trabajo y otros, mano de obra, pero sea como sea, solamente las leyes le dan el derecho a los capitalistas de comprarla y a los trabajadores de vendérsela a ellos.
Así que el capital en sí no es el dinero, sino una relación social que permite que quien tenga dinero en cantidades mayores que las que le permitan vivir –y vivir bien-, pueda comprar todo lo necesario para producir algo que, obviamente, será de su propiedad, aunque él no elabore lo producido, lo que, además, por ser de su propiedad puede vender, operación en la que recuperará todo lo invertido, -el costo-, más una ganancia. Estas ganancias, aparentemente salida de la venta de "su" mercancía, son las le permitirá no sólo seguir produciendo, sino también incrementar su capital. Este ciclo es constante y todo capitalista debe seguir en ese juego demoníaco, si no lo hace, saldrá de él.
Muchos capitalistas por diversas razones no pueden seguir en el juego y al ser expulsado de él, no les queda otro camino que volver a empezar o seguir cayendo hasta llegar a convertirse en asalariados, si bien les va, si no, llegan hasta el desempleo y siguen cayendo. Sin embargo los que siguen en la danza van incrementando tanto su producción, como el volumen de capital en su poder, y esto le permite, a su vez, controlar, cada vez, más esferas de la producción lo que los lleva, incluso, a controlar el gobierno directamente, porque tienen el poder, y éste es el que dispone lo que le convenga para que las relaciones de producción capitalistas tengan los menos tropiezos posibles.
El capital, es decir los capitalistas como clase social, al dominar la producción material también dominan el ámbito espiritual y en éste está la ideología, -la interpretación que de la realidad se haga-, y es simple comprender que los patrones imponen su visión del mundo a toda la sociedad. Y no sólo eso, sino que se vale de todo con tal de que los trabajadores no lleguen a ser una clase social no sólo en sí, sino también para sí. Desde hace ya rato, los medios de comunicación masiva son los más eficaces para lograr tanto uno como el otro objetivo. Por eso entre mayores y mejores posibilidades de intercomunicarnos tenemos, más aislados estamos. Ya no es necesaria la censura, ahora la saturación de información, válida o basura, cumple la función de distorsionar la realidad o de negarnos la verdad franca.
Esta cotidianidad kafkiana la sufrimos todos. No hay forma de saber algo a ciencia cierta. Sabemos lo que nos dicen por la radio, la televisión, la Internet, etc. y no hay forma de llegar a saber algo a ciencia cierta a menos que tengamos el tiempo y los recursos necesarios, porque los que no se apegan a los intereses del gran capital son ahogados dentro de los medios, sin necesidad de reprimirlos, cosa que sí hace el imperialismo, la fase superior del capitalismo, si no le queda otra.
Lo señalado, repetimos, todos lo sufrimos diariamente, sin embargo mencionaremos un solo ejemplo, porque es indignante el grado de individualismo a que se puede llegar en el mundo capitalista. Todos los que vivimos en los países pobres tenemos un clima que va, generalmente de lo templado a lo cálido, llegando a sobrepasar en mucho los 40 grados centígrados, -lo que es ya casi insoportable-, en las zonas desérticas. Pero en esta recién pasada ola de calor, solamente en Francia se habla de por lo menos diez mil defunciones, la mayoría de las cuales fueron ancianos que se deshidrataron y no pudieron superar el desequilibrio electrolítico ni en los hospitales. Si esto pasa en uno de nuestros países se puede comprender que suceda dado el grado de ignorancia en que está inmersa la mayoría de la población pobre, pero en Francia, uno de los "países ricos" eso es poco menos que inconcebible. Los medios de comunicación nos pintan muy patéticamente la gran ola de calor que llegó a los 40 grados, pero no dicen que si los ancianos fallecidos llegaron a la deshidratación, en muchos casos, quizá la mayoría, debe haber sido por el abandono en que los tienen la propia familia y el descuido de las instituciones de salud pública. Pero de esto nada o casi nada se dice.
A esta cotidianidad kafkiana es a la que los del poder, el gran capital, pretende que la identifiquemos con la democracia y no ceja ni cejará en sus afanes.
25 de agosto de 2003