Etapas críticas en la emigración "isleña" a Cuba
Miguel Leal Cruz
En estas Islas Canarias resulta inconcebible hablar de su historia pasada ni no se la une a la de Cuba, tanto en sus relaciones humanas como, en consecuencia, socioeconómicas que tienen lugar desde el mismo momento de la conquista de las islas por los castellanos a partir del siglo XV, para continuar de forma constante.
Pero aquel pretérito acercamiento es más intenso en los primeros treinta años del pasado siglo XX a través del continuo intercambio que sus gentes mantuvieron en permanente flujo migratorio a la Gran Antilla. Aquellos que fueron a trabajar y ganar los centenes, los que retornaban con el premio del laborioso esfuerzo y los más que llegaban sin éxito, sin pesos y a veces repatriados con la salud perdida después de años de soportar el riguroso clima tropical de difícil adaptación para el "isleño".
Naturales de estas islas, tinerfeños, palmeros, grancanarios, gomeros; en menor medida herreños, majoreros y conejeros, guardan en sus baúles y cajas de tea, los recuerdos que sus antepasados indianos depositaron producto de la incesante odisea migratoria, en especial, a Cuba. Aquellos que hablaban de los campos y gentes cubanas con naturalidad como si de otra isla más del Archipiélago se tratara. Son éstos, además, los canarios isleños que, allí, para diferenciarlos de los emigrantes de otras regiones españolas, gallegos y asturianos principalmente, se les denominaba genérica y cariñosamente "isleños o guajiros" por su específica dedicación a las tareas del laboreo del campo en general y específicamente del tabaco. Eran, en su mayoría, apreciados por su seriedad y constituían la mayor proporción poblacional en cuanto a la emigración blanca existente en la Gran Antilla por países o regiones españolas. Esta aseveración queda constatada desde el siglo XIX a través de investigaciones llevadas a cabo por historiadores cubanos, Jesús Guanche Pérez entre otros, en los archivos parroquiales sitos en los mismos lugares de asentamiento poblacional, a su vez contrastada con otras indagaciones llevadas a cabo en estas mismas Islas.
Como bien apunta el estudioso canario Francisco Ossorio en el prólogo al libro escrito por otro canario afincado en Cuba, Ramiro García, "La Emigración canaria en Cuba", cuando dice que las relaciones canario-cubanas se basan en vínculos indisolubles de sangre que unen a dos pueblos y no existe acción, hecho o significación histórica de importancia en Cuba donde no figure la presencia de nativos canarios o sus descendientes directos.
Es una teoría con cada vez mayor número de adeptos que dan luz en rigurosos estudios la correspondencia mutua y sólida de ambos pueblos situados a ambos lados del Atlántico. Igualmente es significativa la aseveración que expresa tan alto grado de relación y que en boca de isleños así se comenta cuando aseguran que "ninguna familia canaria puede negar que no cuente en su genealogía, próxima o remota, con emigrados a Cuba, aspecto que se confirma en las costumbres y peculiar forma de hablar que, con misma cadencia, une por su afinidad a cubanos y a canarios en la aportación de giros lingüísticos y palabras nuevas a sumar al acervo de la cotidiana habla canaria, diferenciada, como la del resto de Hispanoamérica, del castellano originario.
Los numerosos actos de hermanamiento entre ciudades de ambos archipiélagos atlánticos, es otro elemento más de identidad y origen común, y por la razón expuesta, es difícil encontrar una población cubana "donde no se encuentre o se haya encontrado un isleño canario" así nominados, como queda dicho, para diferenciarlos de los emigrantes originarios de otras comunidades de España o de otras nacionalidades.
Este fenómeno migratorio tiene lugar desde largo tiempo, pues el trasiego migratorio de los habitantes de Canarias hacia América, especialmente a Cuba y otras islas del Caribe, ha sido constante y fundamentalmente a través de dos principales aspectos: la forzada u obligatoria desde el mismo siglo XVI, impuesta por la necesidad de colonizar las extensas tierras americanas faltas de población, para lo que se utilizó todo tipo de disposiciones legales incluido el famoso "tributo de sangre"; y la emigración voluntaria por la que los canarios abandonan el Archipiélago para mejorar su crítica situación económica y social o huyendo de los abusos laborales y de uso del caciquismo imperante en sus islas de origen. Fueron los canarios isleños y sus descendientes, grandes y excelentes agricultores cuya actividad era desechada por otros colectivos migratorios españoles, y fueron los isleños los que más sufrieron el fuerte sol antillano durante el laboreo de las campiñas o en tareas de desbroce de los montes para crear nuevos terrenos aptos para el cultivo de la caña de azúcar o el tabaco, actividades en la que eran especialistas, desde sus lugares de origen. Esta actividad la llevaron a cabo en condiciones infrahumanas la mayoría de las veces, pero ganándose por ello el prestigio de hombres excelentes labriegos y laboriosos trabajadores cordiales, fieles en el trato hasta el punto de que decir "isleño" era sinónimo de honradez y de excelente trabajador. Si bien a veces pecaba de excesiva modestia y honestidad.
¿Por qué esta forma tan peculiar de ser y comportarse del canario en Cuba?
La explicación resulta fácil puesto que, normalmente, partía de las comarcas o pueblos de nacimiento en sus respectivas islas donde malvivía en condiciones lamentables a la sombra del cacique de turno, en consecuencia era inculto y desconfiado, viendo en la lejana Cuba la solución a esta forma casi esclava de vida.
Según deducimos en páginas del periódico de la Isla de La Palma, El Time, investigado por el antropólogo ya desaparecido Pérez Vidal quien profundiza las motivaciones que impulsan al canario, en general, a emigrar, cuando leemos "Existen en estas islas y como constante histórica, un sentimiento de postración y olvido, el pueblo era analfabeto y desconfiado, ya que el voto censitario, era sólo para propietarios de alta renta y terratenientes, por lo que el pueblo trabajador le resultaba indiferente la política. Sacrificado y sin ambición, nada podía hacer, sólo emigrar especialmente a Cuba".
En "El libro sobre Canarias", periódico Germinal, Año I, número 20, Santa Cruz de la Palma, 15 de mayo de 1904, del que entresacamos, por gentileza del Profesor de Historia de América, Manuel de Paz Sánchez, del tomo 2 de su obra Wangüemert y Cuba, en su página 9, la confirmación de esta problemática social cuando leemos que "la mayor parte de los capitales de esta Isla de La Palma, proceden de América y, si recorremos los pueblos y caseríos del interior, nada tiene de extraño que nos cuenten que muchas fincas rústicas se han adquirido y trabajado con dinero de ultramar y que la mayor parte de las casas, típicas con artesonados de tea y teja, se han hecho con centenes de La Habana".
Pero todo ello está precedido por el sacrificio y a veces el fracaso de muchos y sirven de argumento para introducirnos en el largo debate del problema migratorio isleño, diatriba que ocupó a lo largo de las dos primeras décadas del siglo XX a destacados observadores de la realidad canaria. Detractores unos, defensores otros de este lacerante problema llamado "llaga social". "No saben nuestros paisanos lo que hacen al abandonar la tierra canaria guiados por el espíritu de aventura, que ha fijado tantos jalones gloriosos en la Historia", dice Ruiz Benítez de Lugo en "Estudio sociológico y Económico de las Islas Canarias", a lo que responden los republicanos palmeros "algo saben. Saben que aquí viven muriendo siendo esclavos por obra y gracia de una política criminal que con su labor funesta hace que huyan a miles de su patria los hijos de las Islas Afortunadas, del Jardín de Las Hespérides con suelo del privilegiado clima, de la tierra que a España envidian no pocas naciones, del país donde hay flores todo el año y crecen vigorosas y lozanas las plantas de todas la zonas. Y saben aún más. Tienen conocimiento que en Cuba hay preferencia por el labrador canario, modelo de laboriosidad y honradez, y han visto regresar a no pocos que se vieron empujados por la miseria, trayendo con qué fabricar una casita y adquirir un pedazo de terreno que le produzca gofio. Trayendo así, un poco de dinero que aquí no hubieran tenido nunca y pensando más libremente, menos dispuestos a ir a las urnas conducidos como piaras de ganado".
Para finalizar este artículo, que forma parte de una ponencia expuesta y publicada en la Casa de Colón de Las Palmas de Gran Canaria en 1994, hago una reflexión para preguntar: ¿Qué cámbios se han producido realmente desde aquellas fechas de penuria y supeditación a un sistema económico injusto y sumamente cruel?
De verdad hoy, salvas exepciones de rigor, ¿la mayoría del pueblo canario no sigue siendo paciente y acomplejado, con apenas variación social desde aquellas épocas? Espero equivocarme, sinceramente.
(*) LICENCIADO EN HISTORIA Y EN PERIODISMO.-LA LAGUNA