CUBA: IGLESIA Y REVOLUCION
.La postura de la Iglesia vasca nos ha de hacer pensar en hechos acontecidos, relativamente recientes en cronología histórica, que nos deberían hacer reflexionar a todos. Me refiero a la postura de apoyo revolucionario en defensa de los más débiles, también adoptada por el clero cubano en su mayoría, que contribuyó eficazmente al triunfo de Fidel Castro en aquellos primeros momentos de su proyecto.
La Iglesia Cubana siempre mantuvo un especial protagonismo ante los diferentes Gobiernos cubanos en defensa de las clases menos favorecidas. En julio de 1956, cinco meses antes del histórico desembarco de Fidel Castro y sus hombres, procedentes del exilio en Méjico, la revista socio religiosa editada por las franciscanos españoles de Cuba ,"La Quincena", dedicó uno de sus más substanciosos editoriales a enjuiciar la situación política ofrecida por el presidente Batista a la oposición, que consistía esencialmente en la celebración de elecciones parciales a las que seguiría una convocatoria general. Las elecciones de 1954, aunque lograron cubrir el expediente formal, sólo beneficiaban a los Estados Unidos y a sus intereses en Cuba, quienes valoraron positivamente el afán democratizador del general Batista. La organización de los franciscanos, una de mas más progresistas e implicadas en la dinámica social y política de la Isla, no dispensó críticas al sistema observando, con acierto, que Cuba se encontraba ante el dilema político más importante de su historia: elecciones o dar paso a la incipiente revolución castrista en aquellos momentos. El continuismo podría conducir a una guerra civil, que habría que evitar de todas formas, por que los llantos, la sangre y los odios que conlleva no tendrían sino una ridícula compensación, un menguado provecho en el caso de que la revolución triunfara, según leemos en la publicación aludida de fecha 22 de julio de 1956, editada en La Habana.
Si exeptuamos algunas voces determinadas en los inicios de la revolución, en especial el Obispo de Pinar de Río, el clero y demás componentes de la Iglesia Católica cubana, apenas disentían de la política revolucionaria que pronto puso en marcha Fidel Castro y sus principales allegados, modificando muchos de los postulados iniciales.
Siguiendo al Dr. Manuel de Paz, cuando nos dice "que la Juventud de Acción Católica justificaba y elogiaba a los jóvenes heróicos, que denominan como nuevos mártires de un ideal patriótico, la rebelión contra un sistema que, sin duda alguna, bajo la apariencia de un nuevo orden colculcaba principios sagrados para la conciencia cristiana".
El embajador de España en Cuba durante aquellos momentos revolucionarios, Juan Pablo de Lojendio e Irure, mantuvo informado en todo momento al Ministerio español de Asuntos Exteriores sobre cualquier asunto relacionado con la labor eclesial e institucional de la Iglesia en Cuba. Las especiales relaciones del régimen español con la institución eclesiástica, la presencia en Cuba de numerosos sacerdotes españoles o de orígen español, justificaban sobradamente la especial preocupación del Gobierno del General Franco por este asunto, según recogemos de la publicación de Manuel de Paz," Zona rebelde, la Diplomacia española ante la Revolucion Cubana (1957-1960)" del CCPC Santa Cruz de Tenerife 1997, como así se constataría en todo el proceso revolucionario castrista
Pero había más, por que en muchos sectores, sinceramente opuestos al régimen de Batista, existía la firme convicción de que la única salida a la situación pasaba por que el antiguo sargento taquígrafo abandonase el poder y que, en definitiva, cualquier solución electoral planteada por el usurpador, estaba constitucionalmente pervertida desde el origen. Sobre todo porque, como apuntaban los franciscanos de La Quincena, existían obvias razones para dudar de la sinceridad del presidente, que consideraba punto neurálgico de la solución la pronta convocatoria electoral, según concluía la aún condescendiente revista religiosa.
Pero como recordaba el corresponsal del periódico limeño "La Prensa", Enrique Chirinos Soto, el pueblo cubano, en su inmensa mayoría desconfiaba de la política y de los políticos profesionales. Había dejado de creer en el sistema político imperante, cimentado en la corrupción y en la vulneración persistente del considerado pacto insitucional que precisaba un fuerte revulsivo para salir del estado de postración en que se hallaba. En este estado de cosas se justificaba las conspiraciones y las proyectadas intentonas revolucionarias de Fidel Castro y sus seguidores, desde Méjico, o a través de los actos de terrorismo en el propio suelo cubano.
El régimen de Batista, en efecto, no tardó en dar muestras de actitud represiva en la práctica cotidiana, a través de numerosas detenciones en todo el país, pero que además acababa de conocerse la "ejecución de veintiuna personas pertenecientes a partidos antigibernamentales en la ciudad de Holguín, sin que el Gobierno haya dado explicación alguna sobre ello". Según destacaba el analista político cubano Eduardo Groizard, el descalabro revolucionario en estos primeros momentos se debía al hecho, entre otros factores, de "contar el Gobierno con el apoyo fiel del Ejército", el aval norteamericano y al beneficioso estado económico del momento debido a las magníficas ventas del azucar cubano al poderoso vecino del norte.
La revista La Quincena tampoco guardaba silencio sobre estos hechos y, desde principios de enero de 1957, aplaudió los rumores sobre una "nueva mediación" que, como en tantas otras ocasiones anteriores, tendría que ser a iniciativa de los Estados Unidos. Una mediación que garantizase, de una vez por todas, "una solución genuina y permanente de la crisis política". También la citada revista eclesial se preguntaba sobre las causas de aquellos males que aquejaban a Cuba que no dudaba en atribuirlos al propio sistema administrativo batistiano como los únicos gestores de la crisis que se iniciaba con el golpe de Estado. Ellos tiene la fuerza y el poder, y " con dos o tres decisiones viriles e inteligentes pueden encaminar al país hacia la normalidad institucional y política". Añadía el editorial de La Quincena que la gestión de concordia, en este sentido, debería depender de un organismo adecuado como el propio Bloque de Prensa, cuya actuación inmediata podría poner fín a las "trágicas consecuencias de estallidos de violencia, crueldad, terrorismo y represión" que tanto sacudían la sensibilidad popular.
En una carta a sus diocesanos, casi dos millones de fieles católicos distribuidos en 34 parroquias, el prelado oriental, arzobispo de Santiago de Cuba, Monseñor Pérez Serantes, exhortaba a la paz, al tiempo que deploraba el "estado de terror y violencia que venimos contemplando, en una rápida carrera de disgustos, de incomprensión y de represalia, provocados por el hecho de todos conocidos": el enfrentamiento institucional-revolucionario. Acto seguido, tras justificar su evidente prudencia a la hora de hacer público un pronunciamiento eclesial, conminaba a los responsables de la caótica situación del país a una rápida terminación de la contienda, "pero no a sangre y fuego, por no ser estos los elementos que pueden propiciar la paz verdadera y estable que necesitamos urgentemente", sino que, "siendo el sacrificio la medida del amor", se debería estar dispuestos a "abrazarnos con sacrificio, el que sea, el más costoso, en aras de la paz, por la cual debe interesarse todo el que en verdad ame a Cuba".
MIGUEL LEAL CRUZ*
*LICENCIADO EN HISTORIA Y EN PERIODISMO