Cuba, SIGLO XIX: ¿Fiel colonia del Caribe?

¿Qué ocurrió para que la bella isla caribeña, durante el siglo decimonónico, la colonia más mimada por España en América, llegara a una grave situación de descontrol que causó su independencia ?.

Una breve reseña de los acontecimientos que en la misma tuvieron lugar a lo largo del siglo, nos aportarán suficientes causas y consecuencias para entender este desenlace no deseado por la metrópoli y que fue motivo de fuerte convulsión espiritual para España, que vería agotada "su grandeza" en los albores del siglo XX.

Partimos del hecho, aceptado por la mayoría de cubanos, por el que la isla queda al margen de la emancipación americana desde los comienzos del siglo XIX.

¿Por qué todas las tentativas de revueltas en búsqueda de la independencia, siguiendo a sus hermanas americanas, fracasaron?.

La propiedad económica de las clases altas, las propiamente españolas, las cubanas y criollas, era motivación suficiente para no desear cambios violentos. Las revueltas  en Haití despertaban en los propietarios cubanos los peores temores por "el miedo al negro", que igualmente alcanzaba a los criollos y, por que no, a los mulatos acomodados, conocedores que cualquier independencia en la isla en aquellos momentos, desembocaba en la creación de una república negra. Añadiéndose a ésto que la "siempre fiel Cuba", como era llamada por su afecto hacia "la madre patria", en su enorme prosperidad, permanecería leal a España.

Sin embargo, comienzan los errores y los abusos de la administración, provocando el descontento que más tarde significaría la ruína de la espléndida colonia que se engulliría a si misma con sus prodigiosas riquezas.

El nombramiento del general Velázquez como gobernador militar provisto de amplios poderes y facultades indispuso, con su actuación, a los disconformes y menos pudientes en especial a la vigoroza población mestiza muy abundante en la isla como consecuencia de la esclavitud institucionalizada.

Viéndose exluídos de todos los cargos, maltratados y olvidados, el descontento creció rápidamente tranformándose en sublevación para separarse de España y constituirse en república como la vecina Haití tras la insurrección impensable para el status en la época de poderío blanco.

Jean Lamore, autor francés de la Sorbona, apunta al respecto: "los cubanos pudientes trataron de obtener un acuerdo con España a modo de `espíritu reformista´, cuyo portavoz fue el agrónomo Francisco Arango, encargado de presentar a los españoles las reivindicaciones de los colonos cubanos `que nunca desearon la ruptura´, al menos en el primer tercio del siglo, salvo las revueltas de J. Antonio Aponte en 18l2, cruelmente reprimidas". Sin embargo, también tuvieron lugar conspiraciones masónicas de encomiable valor filantrópico e igualmente fracasadas como fueron las llevadas a cabo por Román de la Luz y Joaquín Infante en 1809.

Tres años más tarde se aprueba la Constitución de Cádiz, votada también por los mismos cubanos a través de sus propios diputados, cuyo cuerpo legislativo, de los mas progresitas del mundo en aquel momento, sirvió de fuente para otras normas y constituciones.

Continúan los avatares de disconformidad entre las clases cubanas más desfavorecidas, si bien eran hábilmente sofocados por el poder administrativo colonial español en la isla.

Es a partir de 1836, al conocerse en Cuba el estallido de la revolución liberal en España en que su espíritu militarista se traslada a la colonia antillana, cuando el general Lorenzo se rebela contra el Gobernador general Tacón, sin éxito notable, debiendo abandonar la isla ante su fracaso.

En los años de ideas abolicionistas, propiciadas principalmente por los ingleses, la incidencia en Cuba fue notable sucediéndose revueltas de esclavos a partir del año 1843, en especial "La sublevación de la Escalera", con tal formidable insurrección que llevó la economía al desbarajuste total en el mismo año y siguiente, afectando a gran parte de la riqueza de los colonos exclavistas. La situación continúa tres años después con otra rebelión de mestizos conducidos por el general disidente español Narciso López, quien había penetrado en Cuba enarbolando, por primera vez, la bandera que más tarde sería la de Cuba Libre; más, en esta ocasión, derrotado huye de la isla para regresar con mayor empecinamiento, si cabe. Tres años después la insurrección volvió a estallar con fuerte violencia, tras el anuncio de la toma de Cárdenas por fuerzas del mismo general López, desembarcado inesperadamente por la costa de Matanzas acompañado de quinientos filibusteros, yanquis casi todos. Al igual que en la anterior intentona este conato insurreccional duró pocos meses debido al poco valor demostrado por los indisciplinados alzados, a excepción de su jefe el general valiento, obseso y resentido.

En 1851, en tercer intento, Narciso López reapareció en las costas de Cuba resuelto a expulsar a los españoles o a hacerse matar, como así ocurrió. Desembarca en Playitas con cuatrocientos hombres, ocultándose en la manigua para no ser descubierto por las tropas dependientes de la capitanía general que le esperan y con las que sostiene tres batallas indecisas contra un ejército diez veces más numeroso. Al final la fortuna le abandona y, éste heróico y empecinado guerrillero, a la usanza patria, cae prisionero de los españoles siendo fusilado, o agarrotado, en el Castillo del Morro de La Habana, el día primero de septiembre de dicho año, junto a los principales jefes que le acompañaron en la intentona.

Sin embargo, consecuencia de estas tentativas y otras que siguieron en Vuelta Abajo-Pinar del Río, se generalizó la idea de anexión a los EE.UU., a través de La Junta de La Habana, encabezada por Pinto, y más tarde por Bethencourt, éste oriundo "isleño", con el fín teórico de llevar a cabo dicha anexión que era considerada, en aquel momento, como la solución más ventajosa para la isla. José Antonio Saco, político y pensador cubano se opuso, proclamando en sus escritos que : "...la anexión, a fín de cuentas no sería tal, sino la absorción de Cuba por Norteamérica, como un estado más de la Unión...", en cuya premisa acertó a la vista de los acontecimientos posteriores.

En otro órden de cosas el reformismo propugnado por la política liberal española, tampoco surtió el efecto deseado en Cuba, si bien el Partido Reformista consiguió, en 1865, la creación de la llamada Junta de Información que debía reunirse en Madrid para estudiar los problemas de Cuba. Tan buena intención se frustró puesto que no superó el año 1868, coincidente con el triunfo de los nordistas en la guerra de Secesión yanqui-confederada, toda vez que la citada junta se alineaba con postura esclavista de la isla, aunque más tarde fue abolicionista permitiendo el salario para el trabajo del esclavo.

Los reformistas habían solicitado igualmente la libertad de comercio con los estados norteaméricanos, cada vez más pujantes, y que los impuestos fueran de carácter general, no claramente discriminatorios, que alcanzaran también a los españoles exentos y a sus intereses económicos en la colonia. El gobierno de La Habana, a indicación del de Madrid, lejos de asumir tal petición, impuso el decreto del 12 de febrero de 1867 que produjo profunda indignación y rebeldía en la burguesía criolla de orígen español, especialmente en las regiones orientales, por afectar negativamente a su economía cañera.

Este descontento motivó que los mulatos y negros libres e incluso exclavos, se unieran a los campesinos criollos. Las ciudades de oriente, las consideradas más progresistas como Bayamo, Manzanillo, Santiago, apoyadas por las sociedades masónicas, optaron porla movilización contra la política discriminatoria española.

El 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes, un afincado español y notable abogado, en unión de otro procer pro-independentista, Juan Aguilera, y desde la finca Demajagua, propiedad del primero, se ponen a la cabeza de 200 hombres para enfrentarse a las autoridades españolas de Yara, constituyendo este acto, según la bibliografía cubana, el inicio de 30 años de lucha hasta la definitiva independencia de la Isla. Con un variopinto ejército de unos 500 hombres asedian la ciudad de Santiago, durante tres meses, con base de operaciones en las colinas próximas, resistiendo con tenacidad todos los ataques que las defensas españolas de la ciudad dirigía contra ellos. Posteriormente y con la ayuda de bandas de huídos, los llamados cimarrones, a los que se promete la libertad si era lograda la independencia, y con la colaboración de numerosos cultivadores de la zona, asaltaron Bayamo que logran dominar con la ayuda de la población descontenta, ganándose la ciudad a pesar de la fuerte resistencia española.

Este acontecimieto anima a los rebeldes que extienden su acción con notable éxito por esta parte de la isla, ante el estupor de los cubanos afectos a España que reclamaban efectivos para que la insurreción fuera dominada. Por ambas partes se lucha con gran ferocidad y se cometen atrocidades de todo tipo, siendo frecuente el fusilamiento, sin apenas juicio, de prisioneros por ambas partes. Se incendian plantaciones y cualquiera propiedad de españoles o adictos, hasta la llegada de refuerzos solicitados a la Península.

Los generales Balmaseda y Loné, a los que se une la inestimable colaboración del entonces militar en segundo plano pero que su pretigio aumentaba, Valeriano Weyler, que ya puso en práctica desde este momento los métodos llamados "bárbaros" con demostración clara de lo que será su "metodología militar", por otra parte normal en los ejércitos de la época, logran recuperar la ciudad de Bayamo -por cuya acción Weyler es ascendido a coronel-, al tiempo que en la Habana, son igualmente sofocados aquellos actos claramente antiespañoles, consecuencia de posturas contradictorias. Un grupo de voluntarios españoles disparan sobre señoras reunidas en el Teatro de La Habana, durante una representación con una escarpela en que aparecían los colores de la bandera independentista. Un jefe rebelde, Thomás Jordan, destruye casi enteramente la ciudad de Holguín, al tiempo que otros insurrectos atacan Puerto Principe y Las Tunas. Desde España se toma conciencia del problema.

La Guerra de los Diez Años alcanza su punto culminante en 1870 ante la gran ventaja insurreccional que se hace general, a lo que se unen los estragos que produce la fiebre amarilla consecuencia del clima malsano de la isla, entre los regimientos españoles no adaptados a la climatología tropical.

Los insurrectos proclaman la república cubana con el presidente Céspedes que adopta una constitución similar a la de los EE.UU., cuando creía próximo el triunfo y que fue reconocida por los gobiernos de Chile, Bolivia, Méjico y Perú. Más las cosas se complican para los rebeldes, por los triunfos del ejército español renovado; Céspedes dimite por desacuerdos con Agramonte, otro jefe insurrecto, y bajo la presión de los españoles, que logran la captura y muerte del dirigente cubano, la causa decae, refugiándose en la manigua los restos del ejército "mambí".

No menos de otros siete años duró la terrible guerra, con reveses y victorias por ambas partes, daños económicos enormes para la desgraciada isla ocasionando la indiscriminada destrucción de bienes económicos de todo tipo. El marqués de Santa Lucía, nombrado presidente de la república cubana en armas, auxiliado por dos héroes que marcan la principal dirección militar para la independencia en esta guerra y en la definitiva más tarde, Máximo Gómez y Antonio Maceo, efectúan prodigios de valor para resistir los continuos ataques del ejército español al mando del general Blas Villate, conde de Balmaseda, que a veces logran. La llegada de nuevos refuerzos enviados desde España y los acuerdos de carácter político tomados por el General en Jefe, Arsenio Martínez Campos, llamado por ello "pacificador de Cuba", condujeron a la paz o pacto de Zanjón, que firmaron los rebeldes el 19 de febrero de 1878, al que se negó el jóven general negro Antonio Maceo que, al no poder continuar la lucha, se retiró a la espera de la próxima ocasión.

La oportunidad para él gloriosa llegó en la siguiente y definitiva guerra de independencia de Cuba a partir de 1895. Su enfrentamiento con el general español, entre los más afamados del mundo en aquellos momentos, Valeriano Weyler y Nicolau, marqués de Tenerife, marcan el principal argumento del tema que investigamos y exponemos en el centenario de aquella impresionante gesta, en la que murieron o quedaron en suelo cubano para siempre, numerosos españoles y "canarios" naturales de estas islas. Estos últimos, según recientes investigaciones efectuadas por el general cubano Carlos Roloj y confirmadas en reciente entrevista al licenciado de la Universidad de La Habana Don Alfredo Martín Fadragás, en última visita a estas islas, alcanzan la proporción del 45 % del total de fallecidos en el transcurso de ambas guerras, tesis que es corroborada por otros historiadores en especial el profesor de la Universidad de La Laguna Dr. De Paz Sánchez.

Fueron muchas las voces autorizadas que desde estas islas Canarias intentaron evitar o en todo caso aminorar el conflicto a la suma perjudicial para todos los contendientes.

Citaremos al grancanario Fernando León y Castillo muy directamente implicado en la política española en los años previos a la independencia de Cuba, quien ya presintió dicho desenlace que el mismo explica en sus memorias. Pone de relieve la intransigencia de España ante las solicitudes de los partidos cubanos, que sólo pretendían una verdadera autonomía administrativa y económica bajo la tutela española, y que como toda respuesta obtienen la incomprensión del gobierno dónde sólo el mismo y Maura -posiblemente por la condición de insulares de ambos, Maura era balear-, entendían lo que estaba aconteciendo, e intentaban armonizar los intereses de ambas partes con nuevas y efectivas reformas. Dejó escrito ..."era indispensable completarlas (las reformas) acabando con ciertos abusos todavía existentes en nuestras colonias. Habíase abolido, mediante una ley votada en Cortes, la exclavitud en Cuba, pero conservábase en los reglamentos y, sobre todo, era autorizado en la práctica el castigo del cepo y del grillete. No era posible tolerar esta mostruosidad, resabio bárbaro, bajo un régimen constitucional, por más que pedían su continuación los penínsulares explotadores de los negros antillanos..." Y añade que al llevar la cuestión al Consejo de Ministros, advirtió que Sagasta era contrario a sus propósitos, en aquel momento y no después, cuando las cosas ya no tenían remedio, sin duda, afirma, "por que aún quedaban en la política española restos de la antigua influencia del partido de Unión Constitucional", por lo que considerándose desautorizado -y por coherencia para salvar sus convicciones y conducta seguida- presentó la dimisión con carácter irrevocable. Sin embargo no se aclaran la verdadera causa de la crisis planteada a raíz de tal dimisión, evitando se le creara al Jefe del Gobierno una situación insostenible, exponiéndole a las justas censuras de la opinión y a la hostilidad de los elementos antillanos reformistas. Según D. Fernando León y Castillo "Mis tiempos", Cabildo de Las Palmas, 1978 pág. 246.

Nada dice el prócer grancanario de estas islas Canarias, que en aquellos momentos permanecían en el letargo de "la especial forma de ser y comportarse, propio de un pueblo marginado desde la misma conquista castellana -refugiado precisamente en la emigración a Cuba- y en lo que a asuntos de esta índole se refieren". Pero es seguro que Don Fernando en los tiempos actuales habría defendido igualmente una autonomía general, racional y consecuente para esta región, reconocida, constitucionalmente, como "nacionalidad", y así evitar la derivación hacia los errores de antaño, siempre considerando que las circunstancias son bien diferentes, aún reconociendo ciertos vicios subsistan, desde aquella época cuyo centenario celebramos recientemente.

España y su administración impondrán en Canarias las reformas que no quiso o no pudo llevar a cabo, a tiempo, en la siempre recordada hermana: "La Perla del Caribe".

MIGUEL LEAL CRUZ*

*LICENCIADO EN GEOGRAFÍA E HISTORIA Y PERIODISNO - LA LAGUNA DE TENERIFE (ISLAS CANARIAS)