La cumbre de Marrakech y Canarias

RAMON MORENO

Después de la tan esperada cumbre hispano-marroquí, celebrada en la turística ciudad de Marrakech, y cuyos resultados no están muy claros -sobre todo lo de las patrullas conjuntas para atajar la inmigración subsahariana-, no parece que nada haya cambiado, sustancialmente, en las relaciones entre el Reino de España y el Reino de Marruecos, pese al cierto grado de distensión observado en la diplomacia de ambos Países.

Porque, si bien es cierto que en la relaciones bilaterales predominan los intereses económicos, por ambas partes, y donde a Canarias se la mantiene al margen, no es menos cierto que España y Marruecos tienen graves problemas larvados que gravitan sobre las relaciones entre los dos Estados, y planean en las relaciones entre Canarias y Marruecos.

Y sería bueno, aunque se haya perdido la memoria histórica, no perder de vista el trasfondo de esta cuestión que no es otro que los contenciosos históricos que subyacen en las relaciones hispanomarroquies, que tantas consecuencias negativas estamos padeciendo los canarios. Difícilmente se puede confiar en un País -vecino y que dice ser amigo-, cuyo esquema defensivo parte del supuesto táctico de que el enemigo viene del Sur, como se contempla en el famoso Eje estratégico Baleares-Estrecho-Canarias, que no ha contribuido, precisamente, a crear un clima de confianza mutua, sino todo lo contrario.

Por otro lado, hay que tener presente las constantes reivindicaciones de Marruecos, a las que no renuncia, referente a las llamadas Plazas de soberanía de Ceuta, Melilla e Islotes adyacentes (enclaves situados, no lo olvidemos, en territorio marroquí) y que suponen un serio obstáculo, dado el empecinamiento del Estado español en mantener una situación colonial que no reconoce, pero que si argumenta en el caso de Gibraltar, a la hora de delimitar los espacios marítimos del Estrecho, parapetándose en el Artículo 10 del Tratado de Útrech, de 13 de julio de 1713, suscrito por las Coronas de España y Gran Bretaña. ¿Pretende acaso España, controlar ambas orillas del Estrecho?.

Esta ceguera política española -una constante histórica en sus relaciones exteriores, ¡y así le va!-, ha propiciado situaciones anacrónicas de territorios nacionales en el continente africano, como el caso de Canarias, toda una entelequia jurídica en pleno siglo XXI que la legalidad internacional no ampara; y donde el concepto de soberanía política, entra en clara contradicción con el criterio de localización geográfica consagrado en el Derecho Contemporáneo, al que son inherentes la población -no la foránea- y el territorio como principios incuestionables de independencia política.

España, sobre todo desde que gobierna el Partido Popular, está anclada en el pasado, presa del síndrome del 98, una rémora que no logra sacudirse de encima, y con un nacionalismo español como en los mejores tiempos del Imperio.

En este sentido me parece muy acertada la cita a Jorge Luis Borges que hace un conspicuo articulista de otros periódicos, en sus escritos atlánticos. Entre España y Portugal, que en 1493 se repartieron el mar océano más allá del Estrecho de Gibraltar, existe, según Borges, una gran diferencia. "Mientras que Portugal es un País lleno de melancolía porque sabe que ha perdido un imperio, España, a estas alturas de la historia, no sabe que ha perdido el suyo y sigue tan campante"...

Por eso existe aún el caso de Olivenza que, según Máximo Cajal, "no se puede rehacer una historia de 200 años, pero habría que reconocer la lusitanidad de Olivenza que es patente en la parte vieja de la ciudad".

Este diplomático español ha publicado un libro: "Ceuta, Melilla, Olivenza y Gibraltar. Dónde acaba España?" (Siglo XXI) donde deja claro que Ceuta y Melilla pertenecen a Marruecos como Gibraltar pertenece a España. Cajal considera necesario un debate sobre estos asuntos y no se mire para otro lado, "porque nunca tendremos unas relaciones normales con Marruecos mientras eso no se resuelva".

El autor del libro deja claro que no propone una devolución inmediata de esas dos ciudades (y los peñones de Alhucemas y Vélez), sino iniciar un proceso -en la línea de lo que propuso hace unos años el rey Hassan II, una célula de reflexión-. "Algo negociado, sensato, sin prisas, y que no olvide a la población española". Porque el tema de la población es, sin duda alguna, un gran obstáculo y, desde luego, el asunto más difícil, pero sería bueno saber exactamente cuanta población está realmente arraigada y no es población flotante, Administrativa, de Cuerpos de Seguridad o militar.

Aspecto que habría que plantearse, lógicamente, en Canarias cuando se proceda a la descolonización y que es un argumento que emplea España cuando se trata de Ceuta y Melilla que, "casualmente", es el mismo que utilizan gibraltareños y británicos con respecto al Peñón. El Estado español no puede echar mano de la población cuando le interesa y hacer oídos sordos cuando no.

Las reflexiones de Máximo Cajal van más allá. "Esos enclaves (Gibraltar, Ceuta, Melilla) perjudican gravemente la economía del entorno, siendo caldo de cultivo de contrabando o paraísos fiscales, aparte del riesgo nuclear en el caso de Gibraltar".

Esas situaciones extrapoladas a nuestro Archipiélago, serían el continuo flujo de chalanas y el peligro potencial de la proyectada central nuclear de Tan Tan.

En este contexto, se va ha producir el viaje del presidente del Gobierno Adán Martín Menis al vecino País -previsto para febrero del próximo año-, en una visita "tutelada" por el Ministerio de A.A.E.E. español, con el "seguimiento" del embajador español en Rabat, Arias Salgado, y bajo la "atenta mirada" del anterior embajador, actual responsable del CNI, Jorge Dezcallar.

Entre los temas más importantes a tratar, aparte de abordar asuntos comerciales y de cooperación, el Presidente canario "planea explotar conjuntamente los yacimientos petrolíferos y la delimitación de la mediana entre Canarias y Marruecos". ¿El día de los inocentes no es el 28 de diciembre?.

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