De Bolonia a Atocha...

José R. Moreno

No era la primera vez que se intentaba en España un atentado de esas características en una estación ferroviaria. En los últimos tiempos lo habían intentado un par de veces. Hace dos meses y medio, por Nochebuena, quisieron probar algo parecido en el tren Intercity que va de Madrid a Irún. También en esa ocasión la policía consiguió descubrirlo a tiempo y, abortada, "la masacre de Nochebuena" no ocupará ni una línea en los libros de historia. Pero esta vez ha sido diferente. Desde ayer, en el capítulo de los asesinatos políticos, el nombre de Atocha ya no estará ligado sólo al de aquellos abogados laboralistas de Comisiones Obreras que, en 1977, murieron ametrallados por la extrema derecha. Porque, veintiséis años después, justo el penúltimo día de campaña electoral, han estallado diez bombas en Madrid, con la macroestacion de Atocha como epicentro. Un escenario que, más que la matanza en el Hipercor barcelonés, recuerda la de la estación de trenes de Bolonia en agosto de 1980; la llevó a cavo la organización de extrema derecha Glaudio, vinculada a los servicios secretos con el objetivo de aterrorizar a la población he impedir que el partido comunista ganara las elecciones... Que el paisaje de los asesinatos coincida con el de aquellos grupos fascistas italianos muestra hasta qué punto, por mucho que digan que quieren parecerse a alguien, no acaban pareciéndose más que a aquello que realmente son.

Así que el atentado; la masacre de Madrid perece tener el mismo cuño, el mismo modus operandi... Esa masacre no ha sido dirigida para hacerle daño al gobierno, (pues aquí se ha masacrado a gente pobre, a trabajadores; ¡¡¡ eso no era ningún objetivo estratégico, ni militar!!!) ...sino para aterrorizar a la opinión publica y que sigan votando PP, sin cuestionar nada.

Ayer, 11 de Marzo, se cumplían dos años y seis meses justos del atentado del 11 de septiembre del 2001 contra el World Trade Center de Nueva York. A media mañana, un amigo me dijo que eso no podía ser, de ninguna forma, fruto de la casualidad. Que dos años y medio justos eran demasiada coincidencia. Yo no le creía. Pensaba que esa idea nacía del hecho de que las imágenes que se veían por televisión (ciudadanos corriendo por las calles, desorientados, con miedo y el móvil en la oreja) guardaban cierta semejanza con las que vimos aquel día, y por eso proyectaban la sombra de Al Qaeda. Yo pensaba: ¿qué le importan a Al Qaeda las elecciones españolas?, quien ha decidido el día y la hora de la masacre de Madrid tiene un gran interés en las elecciones de este domingo y –aparte de que España pueda caerles más o menos mal por su participación en la guerra de Iraq– Al Qaeda no tiene ningún interés especial en estas elecciones, ni en que en este rincón específico de Europa manden unos u otros, o en que todo vaya fatal para, así, hacer realidad una vez más esa frase que –sintomáticamente– estos días previos al atentado se ha repetido hasta el hartazgo: "Cuanto peor, mejor". De hecho, tanto da. A pocos días de la jornada electoral, el vendaval de instrumentalización parece servido. Ayer por la mañana, una amiga me decía: "¿Cómo conseguir el punto de equilibrio entre una reacción que te permita, al menos, no sentirte del todo impotente y que, al mismo tiempo, no te haga sentir un borrego manipulado por un hatajo de idiotas de uno y otro lado?". A continuación planteaba diversas posibilidades: ¿ir a dar sangre?, ¿ir a la manifestación?, ¿poner la bandera catalana en el balcón con un lazo negro? ¿Sirve de algo, alguna de esas cosas? ¿Qué se puede hacer, si no?


Esas mismas preguntas se las hacían en Nueva York hace dos años y medio. Las posibilidades eran también las mismas. Los días posteriores al 11 de septiembre las banderas estaban por todas partes, con crespones negros o sin. Las manifestaciones se sucedían y los hospitales quedaron colapsados de donantes. Recuerdo que, los primeros días, las fachadas de muchos edificios de la ciudad lucían letreros pidiendo que se diese sangre. El más impresionante era uno, enorme y fluorescente, en Times Square. Los taxistas también llevaban el letrero en el cristal del coche y, si ibas al hospital con ese objetivo, no te cobraban la carrera. Era tanta la gente que donaba que, días después, había sangre más que de sobras y empezaron a quitar los carteles y apagaron el de Times Square. También, entre las primeras imágenes de la matanza de ayer, la donación de sangre tuvo un papel protagonista. Las bolsas, las declaraciones de la consellera Geli, las colas de donantes... Hace dos años y medio, en aquel lado del Atlántico la vida quedó parcialmente colapsada: zonas de la ciudad prohibidas al tránsito, líneas de metro alteradas, estaciones clausuradas... Los amigos y los familiares de los muertos en el World Trade Center concentraban su dolor a las puertas de los cuartelillos de bomberos, en los murales frente a los hospitales o en las plazas tradicionalmente más significativas: Union Square, Washington Square... Un amigo que trabaja en una emisora de radio madrileña me dice que en Madrid no tardarán en aparecer homenajes similares. Igual que no han tardado los intentos de congelar las competiciones deportivas. Ayer, el FC Barcelona, el Real Mallorca, el Villarreal y el Valencia propusieron no jugar sus partidos contra el Celtic de Glasgow, el Newcastle, el Roma y el Gençlerbirligi, pero la UEFA dijo que no, que el deporte debe continuar. En Nueva York, en cambio, la vida deportiva se detuvo durante una semana y pico, o dos, y cuando las competiciones se reiniciaron, lo hicieron con himnos y desfiles de policías y bomberos: todo el instrumental de exaltación de sentimientos. Ese amigo de una radio madrileña es el mismo que, a primera hora de la mañana, me explicaba que nunca la llegada al trabajo le había resultado tan angustiosa: "Lo estamos pasando mal, esperando que lleguen todos, porque unos cuantos viven en pueblos de por aquí cerca, y eso ha pasado en cercanías; imagínate. Una compañera ha pasado por la estación y ha visto cómo ha quedado todo..."

Una de las ideas más repetidas ayer por los políticos era esa de que los terroristas deben saber que jamás conseguirán sus objetivos. Pero ¿cuáles son esos objetivos? Como en todo grupo de estructura mafiosa, sólo uno: perpetuar la estructura de terror que les permite alimentarse. Y eso lo van consiguiendo.