Democracia sí, pero...

RAMON MORENO

Partiendo de la base de que yo considero asuntos internos el contencioso vasco y la cuestión catalana, sí quiero, no obstante, hacer algunas consideraciones al respecto, no sólo por lo que ambas situaciones pudieran incidir en un futuro próximo en la escena política de Canarias, sino dado el revuelo que se ha montado en la metrópoli por estos temas, sobre todo después de los resultados de las elecciones autonómicas de Cataluña de todos conocidos.

Es evidente que primero el Plan Ibarretxe -cuyo rechazo pedirá el PSOE a la UE-, y ahora el ascenso imparable de ERC, doblando su número de escaños, han marcado un punto de inflexión en la política nacionalista del PP, que pone una vez más de manifiesto la auténtica escalada en la confrontación entre nacionalismo español y nacionalismo periférico, y que hace que los constitucionalistas de toda la vida hayan entrado en un periodo de reafirmación nacional ante lo que ellos llaman vulneración de la Constitución -que conmemora en diciembre su 25 aniversario- y el posible desmantelamiento progresivo del Estado.

Y es curioso que los que tanto preconizan la democracia sean los primeros que cuestionan los resultados de una consulta electoral cuando el veredicto de las urnas no les es favorable; porque, en el caso catalán, el Partido Popular, que ostenta la mayoría absoluta en el Parlamento español, ha quedado como una fuerza política residual y mero convidado de piedra.

En la historia contemporánea ya existen precedentes en este sentido. Recuérdese, por ejemplo y salvando todas las distancias, el caso argelino. Cuando a comienzos de 1992 las elecciones legislativas en Argelia amenazaban con llevar al poder al FIS (Frente Islámico de Salvación), indudable vencedor por mayoría absoluta de los comicios, se produjo una intervención del Ejército argelino, apoyada por Francia -la antigua potencia colonial- y con el apoyo económico de EEUU. Ello contribuyó, en gran medida, al radicalismo de los movimientos islamistas, que se ha dado en llamar fundamentalismo islámico, en la línea eufemística que interesa a Occidente.

Pero ése es otro tema. Lo ciertos es que, sin que el caso citado sea extrapolable a España, ya se oyen voces que sugieren aplicar a Euskadi el artículo 155 de la Constitución española si el lehendakari sigue adelante con su proyecto y persiste la defensa numantina del Parlamento vasco y otras instancias.

Por cierto, ¿qué decir de las travesuras del Iturgaiz este, votando en ausencia de Mayor Oreja, y de las explicaciones posteriores de su correligionario? Es tal el cúmulo de despropósitos en la política autonómica del PP que ni los más rancios españolistas recuerdan tal grado de crispación en la vida política española, donde el partido gobernante se ha apropiado de los símbolos del Estado, ha patrimonializado la Constitución y gobierna en plan dictatorial en todo lo referente a los nacionalismos. ¿No es esto fundamentalismo?

En uno de los encuentros entre personalidades políticas de diversos países africanos, a los que tengo el privilegio de asistir, uno de los participantes en estos eventos, con el que he mantenido largas conversaciones, me predijo algo que no olvido: "En el próximo siglo XXI la Humanidad se enfrenta a varios retos importantes, que son el auge de los nacionalismos, las reivindicaciones territoriales -como consecuencia de lo anterior- y la posesión de un recurso vital, el oro blanco, el agua".

Tiene razón esta personalidad africana, experto analista político y profundo conocedor de las relaciones internacionales. El despertar de los nacionalismos, sobre todo en la vieja Europa y particularmente en España, es un hecho incuestionable, por mucho que se quiera minimizar este fenómeno que, de seguir la arrogancia y la prepotencia del PP, puede tener imprevisibles consecuencias, inclusive en Canarias, pese al entreguismo de CC.

Este sentimiento nacionalista, que para muchos es una religión, viene dado, desde mi punto de vista -algo que ya apuntara mi interlocutor-, por la forma artificiosa de la cohesión territorial de los Estados (y ahí están los ejemplos de la antigua URSS y la ex Yugoslavia); las Constituciones monolíticas y encorsetadas que dejan poco margen a las minorías étnicas y a sus territorios históricos, y las políticas centralistas de los gobiernos de turno, contrarios a la presencia de las regiones en las cuestiones llamadas de Estado, así como poco proclives a la presencia de las minorías en las vida pública, algo agravado en el caso español por la nefasta política del PP.

Pues eso exactamente es lo que está pasando en España, donde, después de los diferentes periodos históricos -que sería prolijo analizar ahora-, se llegó al Estado de las Autonomías, donde ni los llamados territorios históricos están a gusto con sus respectivos estatutos de autonomía. Todo ello, después de que los ponentes constitucionales hicieran auténticos malabarismos para acomodar la Constitución a esa llamada España plural, introduciendo el término nacionalidades, que -ya lo he dicho en otras ocasiones- es, en mi opinión, una perversión jurídica del concepto de nacionalismo y constituye, en sí misma, una aberración política que cercena de cuajo las legítimas aspiraciones de todos los pueblos que hoy conforman el Estado español.

Una Constitución inamovible e intocable, como si estuviéramos ante las Tablas de la Ley, cuya reforma despierta suspicacias y temores según quien la pida.

El resultado de las elecciones catalanas es un ejemplo palpable del ascenso del nacionalismo de CIU y ERC que, a expensas de cómo quede configurado el Gobierno de la Generalitat, señala, de forma inequívoca, el deseo de los pueblos de ser protagonistas de su futuro.

Y es que la Historia tiene periodos cíclicos que el hombre no puede controlar; al contrario, contribuye a ello.

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