EL PADRE

Elisa Rodríguez Court

Se trata del derecho irrenunciable de los niños a tener un padre para no perjudicar el desarrollo de su personalidad, aducen juristas, obispos, psicólogos. Censuran la sentencia que concede a una pareja de lesbianas la patria potestad compartida de dos gemelas, hijas biológicas de una de ellas. Una coartada espléndida para la homofobia, una manera de seguir condenando a la hoguera opciones sexuales distintas a la heterosexual, elecciones de vida compartida que escapan al modelo de familia tradicional. Un ataque furibundo no sólo al lesbianismo, en este caso. Un atentado a la coexistencia de múltiples formas de relación establecida entre adultos bajo las que crecen los niños. Una falta de respeto absoluto a los miles de hogares monoparentales en que los hijos viven dichosos al cuidado exclusivo de sus madres. Un golpe duro a todas las mujeres en general, a su derecho inalienable de ser madres prescindiendo de la figura paterna si lo desean.

Se trata, dicen, del bienestar de los menores que requiere del referente imprescindible del padre. Por lo que si éste no existe, hay que inventarlo. El Registro Civil obliga a poner un nombre falso en la casilla del padre al inscribir a los hijos de mujeres que deciden tenerlos en soledad. El artículo 191 exige en el certificado de inscripción de nacimiento un nombre masculino simulado. Da igual si Pepito o Juan. Un fantasma en la vida de los niños, porque parece ser más apreciada una mentira que la realidad; de mayor valor, el sometimiento de las mujeres a los varones que su voluntad.

Los niños necesitan cariño y dedicación. ¿Quién puede negar que lo encuentren en el amor de un hogar homosexual, de una familia monoparental, de una relación heterosexual? No es, entonces, el derecho irrenunciable de los hijos a tener un padre. Es, tal vez, su derecho a crecer bajo un techo que los prepare felizmente para alzar las alas y emprender en el futuro su propio vuelo.