TAGINASTE ENCENDIDO

ESTAMPAS CANARIAS (2)

Félix M. Arencibia

Después de bajar del cuatro por cuatro, Guayarmina y Manolo se pasean, cogidos de la mano, por las entrañas del pinar de Tamadaba. Lo hacen envueltos en un placentero falso silencio, intentando bañarse en el ambiente y aroma del bosque. Dicho silencio es acompañado por la folía del alisio, los tambores del pico picapinos y la voz melosa de nuestro pinzón azul. Agotados de andar, comen muy lentamente la frugal comida que han traído. Duermen una grata siesta. Los sentidos se han despertado y con ellos el deseo. Sobre las cuatro recogen y por donde se duerme Magec, ven de nuevo la pirámide de nuestro Teide. Salen lentamente del pinar. Enfocan de nuevo la efigie del Roque Nublo, que les acompaña durante largo rato, en su ruta hacia la Cruz de Tejeda.

Se paran en el mirador que les sirve de balcón, desde él que contemplan las medianías de la isla. Lo que ven no son mariposas, sino el dragón del cemento y las serpientes negras del asfalto, que lo fagotizan todo. Sienten magua por aquellos campos de millo y papas de flores encendidos bajo soles ardientes. Por todas las medianías vuelan las tristezas, por todos sus campos que ya no florecen. Evocan a los pastores y a las vacas de la tierra, palpitando ruidosas dentro de los alpendres. Añoran esas viejas costumbres al corazón arraigadas. Como en las descamisadas, donde entre piña y piña, germinaron jóvenes amoríos. Por desgracia, hoy, un río de cemento corre desde el cielo de las cumbres hasta los espejo de la mar, devorando, engullendo sin piedad nuestras montañas, animales y plantas únicas en el planeta.

Ellos, siguen soñando con aquella Selva de Doramas, que se extendía exuberante y lujuriosa por las zonas húmedas. Se la imaginan atravesadas por cientos de riachuelos, gimiendo cristalinos entre las piedras. De múltiples variedades de aves interpretando melodiosas sinfonías canoras. La implacable realidad, los despierta bruscamente. Hoy, de ese bosque, quedan pequeños restos en el Barranco Oscuro, Osorio y Los Tilos de Moya. Éste último lleva bastantes años sin poder ser visitado, pues se temía por su supervivencia. El peligro crece con el entubado de las aguas del barranquillo que lo alimentaba. Ningún político toma medidas para tema tan grave y los ciudadanos no les exigimos con suficiente fuerza.

Las sonoras palabras de estos versos, de nuestro Bartolomé Cairasco de Figueroa, se dibujan sobre el cielo de nuestros campos: Aquí florece la admirable selva/ que el nombre ha de heredar del gran Doramas, / do no entrará discreto que no vuelva / con rico asombro de su sombra y ramas… Manolo le echa la mano por encima a Guayarmina y la aprieta contra sí, intentando apagar el volcán que le quema.

Felix194@hotmail.com