LA ÉTICA COMO NORMA GENERAL Y DE SOLIDARIDAD

Fidel Campo Sánchez

Alguien dijo, somos lo que pensamos. Somos la resultante química que produce nuestro cerebro que nos hace tener capacidad de razonar. Adaptar nuestro pensamiento a los que nos rodean procurando acomodarnos lo más posible a nuestro entorno para no sentirnos diferentes, dentro de lo meramente razonable, procurando adaptarnos los más posible al pensamiento del entorno que nos rodea. Pensar razonar, nos llevará más lejos. Nos hará más únicos, ni mejores ni peores, más creadores. Sin creatividad, el hombre no habría bajado aún de los árboles, ˇni siquiera hubiera tenido capacidad para subirse a ellos!

Las actuaciones ante los numerosos problemas que tiene esta sociedad de cruel globalización deberían estar dirigidos por el pensamiento y los comportamientos éticos, por tanto, antes de nada deberíamos razonar más y más, en esa línea de los valores universales que nos son comunes a todos, sin excepción de etnias y credos. En el mejor de los casos deberíamos conocer, dentro de la generalidad de la problemática que sufre nuestra sociedad, qué tipo de ética nos interesa plantear a tenor de las circunstancias: la ética de la convicción y de la responsabilidad, que diría Max Weber.

Ética de la convicción, prescribe determinadas acciones incondicionalmente, sin tener en cuenta las condiciones que deben realizarse ni las consecuencias que se seguirán de su realización. Los partidarios de ésta ética se comportan de forma transparente, nunca ocultan la verdad. La verdad de uno mismo, la verdad como coherencia que brota del idealismo. Mientras la filosofía se ocupa de la verdad, la ciencia busca la certeza del conocimiento.

La ética de la responsabilidad nos indica que debemos tener en cuenta las consecuencias previsibles de las propias decisiones y las circunstancias en que se toman, obligándonos a actuar en razón a un buen fin, ya que de otro modo no podría alcanzarse. Pero la ética de la responsabilidad no es un mero pragmatismo, porque si actuamos según ella tenemos que estar convencidos de la bondad del fin que perseguimos, que debe desembocar a la creación de ese mundo solidario al que debe llegar el bienestar en reparto equitativo que evitaría las pandemias y las hambrunas que se padecen en cada vez más países del mundo, por lo que nosotros denominamos como la globalización de la miseria e insolaridad.

La ética del fatalismo a menudo se tiende a reemplazarla por la ética de la responsabilidad de modo y manera que preocupándonos por solucionar los problemas sociales se convierte en toda una obligación moral. Entre la convicción incondicional, el pragmatismo camaleónico del todo vale, la actitud que más debemos ponderar debe ser la responsabilidad convencida. La apatía que se observa hacia los problemas sociales en muchas de las sociedades occidentales a la hora de tratar esta problemática propia se convierte en un nuevo problema: la fuerza normativa de lo social, de implicaciones o tendencias que estas sociedades consideran casi todo como problemas sociales.

Un sociedad que no trata de cambiar, morirá por inanición y ausencia de concepciones ideológicas serias.

Podemos afirmar y afirmamos que si los políticos que administran los destinos de los pueblos actuaran con sentido de responsabilidad y convicciones de que están ahí para servir y no para servirse de la confianza que les damos los demás, veríamos, viviríamos muestras de gran solidaridad, economías pujantes que, evidentemente, se destinarían a compartir con ese mal llamado tercer mundo que nos está llevando a llenarnos de vergüenza al ver que, mientras se dilapidan los recursos en cuestiones banales otros, nuestro prójimo carece de lo más fundamental para poder vivir y compartir un auténtico desarrollo sostenible para todos, no sólo para unos pocos, los de siempre, aquellos que globalizan todo apartándose de la ética y de mínimos principios morales.

13 julio 2004, La Laguna - Tenerife - Islas Canarias