Eutanasia
JUAN JESUS AYALA
El debate eutanasia sí, eutanasia no, está en la calle. Y, sobre todo, es sabido que gran parte del colectivo médico se ha pronunciado a su favor por una serie de consideraciones donde la que más resalta por su significado es que si la medicina está para aliviar, para curar y hasta para prevenir, cuando se encuentra ante un enfermo sometido a un suplicio al que no se puede dar solución y además contribuye a aumentar una dolencia y marcar para el futuro un derrumbe biológico que está encuadrado en lo que es el sufrimiento o la anestesia total lo que se patentiza es el efecto contrario que define su esencia.
Con el desarrollo de la medicina ya se sabe que si una persona es incapaz de respirar por sí misma, que su encefalograma sea isoeléctrico o plano como vulgarmente se conoce, que no responde a estímulos eléctricos ni de ninguna clase y que, sin embargo, continúa viviendo, mal viviendo en este caso, acoplado a una máquina.
Y ahí aparece la cuestión que tiene dos vertientes en la que una concierne a la definición de muerte. ¿Qué es lo que entendemos por muerte? Si mantenemos la definición tradicional, cual es la cesación de funciones vitales, la persona en estado comatoso irreversible sería considerada como un ser viviente, ya que su corazón sigue latiendo. Por otro lado, si definimos la muerte como el cese de función cerebral que es el que se admite por la generalidad de la clase médica habrá que concluir que la persona que llegue a este estado se puede considerar que ha muerto.
Pero el segundo problema, quizás el más relevante, es la cuestión de la eutanasia que quiere decir un buen morir; y es ahí donde interviene la ciencia amparada en el espectro universal de la ética. La ética nos podrá decir y situar en el campo de la ambivalencia o tal vez de la ambigüedad. Será una cuestión hasta de tipo personal aunque la ciencia nos esté indicando cuándo aparece la muerte o cuándo se extingue la vida. La ciencia nos pondrá en la pista del conocimiento de lo que debe realizar el profesional que cuida de la vida para saber en qué momento ésta ha dejado de ser y ha aparecido la muerte aunque se siga con latidos de cien por minuto.
La ética tendría que dejar paso en este momento a una complacencia con la ciencia y no entablar una lucha que defina los comportamientos de cada uno. Una ética universal daría amparo a la ciencia, pero una ética instalada en una determinada connotación cultural pondría en peligro decisiones que deberían tomarse y que no se hacen porque la conciencia de cada uno funciona según unas normas y pautas de conducta, unas heredadas y otras asumidas por la conciencia personal del que tiene en un momento determinado tomar una decisión de alta responsabilidad.
Y eso se puede entender para las personas que efectivamente están en paro cerebral pero también para aquéllas en que su conciencia es lúcida y que están atados a las miserias de la enfermedad, que no obtienen deleite alguno, ni esperanza en la vida sino que están vivos, muriendo desde el ángulo de la libertad. La libertad del enfermo que malvive para decidir en un momento dado qué hacer con su vida. Se sabe que hay códigos que penalizan y, leyes que intentan destituir esa liberad, pero habrá que considerar algún día que por encima de leyes y normas está la libertad humana.
Y ahí en ese campo es donde tendrá que moverse el debate y donde se extraigan las relaciones necesarias para que la ética y la ciencia se ensamblen por un lazo común, que se admita la eutanasia activa y que sea la libertad de la persona la que decida qué hacer.
Son cuestiones éstas, no cabe duda, muy espinosas, pero al menos el debate se ha conseguido, porque abundan casos que van en la dirección más honrosa para que los seres humanos sigan viviendo con felicidad y disfruten de la vida cuando ésta sea vida. Todo, menos el simulacro de una muerte anunciada en el transcurso del tiempo que la biología tiene asignada para cada uno.