La fraternidad, fundamento del federalismo
Juan Jesús Ayala
Estamos en tiempos de federalismo, no cabe la menor duda. De estado plurinacional. De invocaciones a una Segunda Transición democrática que no debe esperar más. De no truncar los anhelos políticos de la ciudadanía, tomando esta categoría ya como sujeto y protagonista de la historia de los pueblos.
La dicotomía entre la nación y las nacionalidades, o si se quiere entre el poder central omnímodo y el periférico o autonómico requiere un nuevo pensamiento político que ordene una convivencia que no debe estar bajo los designios de unos cuantos que interpretan y desean que a los acontecimientos hay que amordazarlos y si, por el contrario, no hay otra alternativa que poner en el inicio del siglo XXI a los pueblos en el lugar que merecen. Y eso sí, sin atender a mediciones territoriales, a latitudes y fundamentando las exigencias particulares en un modelo que sea capaz de contribuir a un nuevo ordenamiento entre los del centro y los otros, los periféricos. Y, sobre todo, tener bien patente que cuando se menciona el centro no debe significar que deben ser los más importantes y que los periféricos son los menesterosos y que, además, teniendo razones históricas de peso se les considere los desheredados de esas mismas razones.
Pues bien, teniendo claro que el federalismo lo que persigue es consolidar la unidad desde la diversidad y que este modelo político y hasta sistema filosófico es el que va dar solución a los nacionalismos, en este caso los que habitan en el Estado español, nada hay más interesante para lograrlo que transitar, y, como herederos de la Revolución Francesa, por los caminos de la fraternidad.
La fraternidad, de las tres premisas revolucionarias, incluidas la igualdad y la libertad, es la que se considera la pobrecita de los valores nacidos en 1789. Y sin dejar de considerar que, efectivamente, tanto la libertad como la igualdad son piezas importantes para lograrla concreción del federalismo, es la fraternidad la imprescindible. Y al decir de los teóricos es la fraternidad la que es necesariamente federal y más que nada porque vincula en un destino común a individuos, pueblos y naciones. Y como manifiestan estos mismos teóricos, la libertad sin dominación de los individuos pueblos o naciones sólo se puede realizar plenamente en la fraternidad federal.
La libertad siempre se considera como punto de partida de la convivencia y la igualdad es el horizonte o el objetivo, según se mire. Pero tanto la libertad como la igualdad valen para un pueblo, para un grupo humano concreto que se considera nación y decide transitar en la historia por ese camino, pero si dentro de una colectividad más numerosa, llamémosla Estado, donde cada cual tiene sus libertades y cada uno disfruta de sus respectivas igualdades si no se tiene la presencia de la fraternidad no hay manera de procurar que la federación sea posible. La fraternidad tiende puentes, con la fraternidad dejaremos de sentirnos el ombligo del mundo y con ella se está en el camino del federalismo, porque se tiende a la convivencia con el otro. Sin fraternidad, la igualdad y la libertad quedan cojas, su caminar es renqueante y se aparta del objetivo común.
Por el camino de la fraternidad se llegará al federalismo de nuevo cuño. Y en estos momentos de convulsión política e intelectual dentro del Estado español donde existe un descontento manifiesto en ciertas entidades políticas, llámense naciones, si no se desempolvan los tres valores aludidos de la Revolución Francesa e incidiendo sobremanera en la fraternidad los procesos se enaltecerán y se pondrá en peligro una convivencia que hoy no sirve y que entre las diferentes partes habrá que ponerla en la memoria colectiva de un pueblo que se hizo nación en las Cortes de Cádiz y que prolongándose más allá de 1978 no acaba de consolidarse como la realidad histórica de los pueblos que componen el Estado español. Y esto ha dado lugar a que se escriba una historia muy alejada de sus mismas realidades, con la cual hay que terminar de alguna manera.