Hablemos de la vida

Juan-Manuel García Ramos

Mi amigo José Luis Aranguren me enseñó en vida el mejor secreto para remediar todas las esperas de los aeropuertos: "Lleva siempre un buen surtido de libros en tu equipaje".

Ese consejo lo he practicado con la alta frecuencia que la alta tasa de retrasos de los aviones de nuestros días me ha deparado. Pero he introducido una novedad: en lugar de llevar los libros conmigo, los compro en el mismo aeropuerto, y a través de esa fórmula me convierto en otra clase de lector menos academicista, menos deudor de mi especialidad universitaria. Compro con más libertad, incluso con más frivolidad. Fruto de esas licencias, me he atragantado de libros de autoayuda y de otras lindezas editoriales para estos tiempos de tanto desamparo.

En esas librerías aéreas me he tropezado también con títulos atractivos de ediciones de bolsillo desaparecidas que no he dudado en adquirir. Si uno lo piensa bien, es divertido comprar libros como medicinas contra el aburrimiento de las imprevistas demoras.

El otro día me encontré con una portada de rótulo muy sugerente: Hablemos de la vida, y estaba firmada por dos personas que respeto en sus profesiones, Nativel Preciado y José Antonio Marina.

A Nativel Preciado la conocí personalmente hace ya muchos años y supe de su rigor periodístico, a José Antonio Marina lo he leído todo, tengo de él una grata impresión intelectual, pero no he podido todavía deslindar cuánto tienen sus textos de originalidad y de verdadera contribución a la historia del pensamiento y cuánto de oportunismo. Algunos filósofos universitarios dicen de él que es un simple profesor de enseñanza secundaria metido a pensador, como algunos mezquinos pudieron decirle lo mismo a Antonio Machado y a su Juan de Mairena, o al "oficinista" Fernando Pessoa y a su Libro del desasosiego.

La filosofía académica perdió el rumbo desde que los analíticos decidieron hablar para ellos mismos y dieron la espalda a sus posibles lectores no iniciados en esa ciencia infusa y difusa. Lo mismo le ha sucedido a cierta poesía post-mallarmeana, dichosa con dirigirse sólo a sus cultivadores y compinches y de vender ese onanismo de gente que no tiene nada que decir en nombre de la tecnicidad lingüística, con la que se sienten tan bien arropados.

Preciado y Marina dialogan en ese libro antes aludido con el guión pactado de revisar todos los títulos dados a la luz por el filósofo, aunque acercándonos muchas de las claves de su pensamiento a través de la cómoda avenida de la conversación llana. Y así uno recorre con ellos muchas de las cuestiones que gravitan sobre nuestra actual convivencia y supervivencia.

Una de esas cuestiones tiene que ver con el propio lenguaje y con los problemas que su enseñanza ha acarreado a nuestra juventud. Marina nos confiesa, desde su conocimiento de la educación secundaria, que otros le invocan como una afrenta, el error que constituye hoy enseñar en esos años lingüística formal, que a nadie interesa, en lugar de enseñar una lingüística como instrumento para la vida diaria. Los jóvenes de nuestros días perdidos en fonemas, morfemas y otras lindezas, se muestran incapaces de comunicarse con los demás con un léxico mínimo y unas rudimentarias reglas de construcción sintáctica. No es que tengan que manejar a los dieciséis o diecisiete años las cincuenta mil palabras que según algunos usaba Shakespeare, sino de sentirse cómodos a la hora de expresar sus sentimientos y sus pensamientos más elementales. Marina describe esta situación con conocimiento de causa: "Movidos por una gran pereza expresiva y por un pragmatismo mal entendido, nuestros jóvenes han empobrecido el lenguaje. Las tecnologías han colaborado a ello gravemente. La gran baza de la informática es la velocidad y, para mantenerla, dado que nuestra velocidad de lectura no ha aumentado, la solución consiste en abreviar los mensajes. El menosprecio del lenguaje es muy grave, porque nuestra inteligencia es estructuralmente lingüística y nuestra convivencia esencialmente lingüística".

Dentro de ese campo de la juventud actual, Preciado y Marina se refieren también a lo poco de moda que está el esfuerzo en nuestros días. Marina nos recuerda cómo no hace mucho tiempo, los adolescentes tenían un ingreso en el bachillerato a los diez años, una reválida en cuarto curso, una en sexto curso y una prueba de ingreso en la universidad, algo que sería impensable implantar en la sociedad nuestra.

En una encuesta reciente se dice que los padres de hoy con niños en edad escolar prefieren que sus hijos sean unos ignorantes a que estén estresados. El miedo a traumatizar a los niños nos ha conducido a una paternidad blanda con resultados nada alentadores. La cultura del esfuerzo debe regresar a los domicilios y estimular a la gente que está en formación. Las metas a conseguir pueden ser modestas en un principio para gradualmente ir ampliándose a medida que la consecución de ellas va llenando de confianza al joven de turno.

Varias generaciones de padres indulgentes y comprensivos, con el fin de resarcirse de los rigores de su propia infancia, decidieron malcriar a sus hijos para que fueran felices y acabaron obteniendo rendimientos nefastos.

El fenómeno de la inmigración es otro de los asuntos abordados por Preciado y Marina. Para el filósofo, la inmigración no tiene soluciones fáciles. Hemos de saber que el problema real está en que un núcleo de mil millones de personas ricas está rodeado de cinco mil millones de personas pobres. Marina propone una Ley Fiscal Universal que, sin deteriorar el sistema productivo, permitiera conseguir fondos suficientes para luchar contra esa pobreza, algo, que también según Marina, no está consiguiendo la globalización, que sólo genera más riqueza para los ricos y más diferencias entre unas naciones y otras. No debemos quedarnos en la globalización económica, financiera y tecnológica, sino ir a una globalización jurídica, de protección laboral, democrática, ética. Hemos globalizado solo el mercado y nos hemos olvidado de globalizar la compasión y la generosidad.

Casi acercándose a su mismo oficio de filósofo contestado, Marina responde una de las preguntas de Nativel Preciado con estas palabras: "En España somos poco dados a aplaudir, lo cual me parece lamentable. La admiración, el reconocimiento de lo valioso, es una virtud ética de primera magnitud. Cuando se equivoca, cuando se prestigia a personajillos, la vida social se degrada. Necesitamos admirar la grandeza verdadera, que es, sin duda, la grandeza ética".

Se me han pasado dos horas de espera aeroportuaria y tengo la sensación de que sé algo más sobre esta vida tan compleja que protagonizamos día tras día yendo de un sitio para otro con las mismas preguntas fundamentales a cuestas.