Los hijos de Bush

Francisco P. De Luka

El silencio criminal que se mantuvo desde Enero sobre las bestiales torturas a que eran sometidos los prisioneros, les estalló por fin en las manos a los hijos de las cuatro letras. Les llenó la cara de mierda reaccionaria y vergüenza ante el resto del mundo que contempló horrorizado las imágenes del iraquí atenazado por la bota de la "libertad". En sus goros de cemento acristalado, los plumíferos del "New York Times" no podían dar crédito a lo que les escupía en sus caras los monitores de los ordenadores. Un americano honrado se chivó. El "antipatriota" y "amigo de los terroristas" les botó un camión de revuelto sobre la mesa de redacción y el carácter de heroicismo que, como engodo nacional, querian darle al tema relacionado con los soldados yankis vivos (los muertos no existían) se les tornó en pura estafa colectiva. Hasta ese día quisieron vender la moto a su gente exprimiendo al máximo el jugo de la naranja del 11-S. Ayer ya se tambaleaba la decrépita imagen del viejo "Pato" Donald y George W., que hasta ahora vino diciendo que estas cosas eran chorradas comparadas con las torturas de Saddam- simples defectos de las sociedades democráticas "civilizadas"- se lamentó con la boca chiquita y anunció la amonestación y la adopción de medidas correctoras (¿un par de nalgadas a cada uno?) para sus ruinitos hijos. "Por Dios, George, ¿qué hicieron los muchachos? ¿y si lo hicieron, como no lo ocultaron mejor?- se dirigiría a él compungida la señora Bush-. No quiero ni pensar que estuvieran drogados o borrachos. Tú sabes mejor que nadie los efectos del alcoholismo. Haz algo. Que procuren vencer la adicción. Estos chicos nos van a destruir el Imperio que tanto dinero ha costado. No por favor, no se te ocurra ahora tomar una copa. Ya sé que la crisis es muy seria, pero no lo hagas my darling, ya pasará. Llama a Anzar, él es un buen amigo y te dará buenos consejos. Es el único europeo que te aprecia, porque ya ni Blair te llama".

La prisión de Abu Ghraib fue hasta ahora el espacio preferido para los juegos sádicos de la general Janis L.Karpinski, marimacho de origen eslavo. Nacionalizada americana desde que nació o en algún momento de su vida infantil en que llegó al país del libertinaje de la mano de alguna inmigrante del este misérrimo, fue hasta hace poco la domadora, látigo en mano, de los más de 8.000 "perros furiosos" iraquíes. Era la supervisora de todos los centros de detención del país ocupado y realmente era feliz con su profesión. No hacía sino llevar a cabo, con sumo gusto, una práctica habitual y extendida entre el Ejército norteamericano. El hispano general R. Sánchez, se declaró "sorprendido" de la cantidad de personas implicadas en el caso: –¡ Coño, yo sabía que había torturas, pero tantas no, carajo!. Eso de desnudar a los presos, orinarles encima, escribir frases soeces o insultantes sobre sus cuerpos desnudos, entongarlos unos sobre otros o pasearlos cuales perros con una cadena atada por el cuello les encanta a estos hijos de Bush mientras ella, Janis L., y los demás soldados se descojonaban de la risa.

El sargento Clip, simultaneando su debilidad mental con el sadismo, se defendió alegando sin rubor alguno que nadie les explicó cómo han de tratar a un prisionero y que con su manera de tratarlos los "ayudaban" a hablar. Dios sabe de qué condado salió semejante animal.Y mientras tanto, la Convención de Ginebra sobre el trato humano a los prisioneros de guerra cínicamente escachada por estos golfos mercenarios cuyas abuelas o bisabuelas se paseaban coquetas por las aceras de las calles de Brooklyn.

El alto Comisionado de la Onu ha condenado ya los gravísimos hechos y esperemos que el pueblo noble norteamericano, que también existe, salga de su ostracismo y descabalgue al cretino vaquero de su potro de muerte y destrucción. Las últimas denuncias efectuadas hoy mismo por un soldado británico son como gruesas gotas de esperanza perfumada en un mar que hiede desde hace más de un año.

La nueva divinidad yanki, la nueva estatua de la "libertad", es sin duda la imagen del iraquí encapuchado y electrocutable subido en el pedestal de una inestable caja con los brazos extendidos y conectados a unos cables eléctricos. Esta es la imagen que, afortunadamente, dió la vuelta al mundo. ¡God save America!