Identidades destruidas
JUAN JESUS AYALA
No quiero pensar que entre estas se encuentre la nuestra. Y es que Canarias sometida a una invasión permanente no solo soporta la carga de una inmigración que no se sabe hasta donde puede llegar sino, además, la influencia de la uniformidad televisiva y la escasez de crítica individual ante acontecimientos de importancia que giran a su alrededor pueden favorecer que se vaya perdiendo nuestra identidad. Y puede que ante esto llegue un día que al intentar buscarnos, dar con nosotros para favorecer el encuentro, lo que percibamos sea que lo que nos une es solo la desconfianza y la disconformidad de un pueblo amorfo, sin raíces culturales, que camina por la historia como un alma en pena. Y a partir de ahí todas las convulsiones sociales se podrán dar, y sin querer emular a Alfonso Guerra, esta tierra puede llegar a que no la conozca "ni la madre que la parió."
Las islas, además, están sometidas a una desgarradora paradoja. Y es que en este período de mundialización que se gestó al final de la Guerra Fría, con el hundimiento del comunismo y con un peligro de la tercera guerra mundial extinguido, se decía que al dejar atrás la política de Bloques se daría lugar a la exacerbación de los particuiarismos. Así en Europa los irlandeses católicos y los británicos protestantes han peleado por su identidad, lo mismo serbios, bosnios, o los turcos y griegos en Chipre. Eso por centrarnos a Europa, pero si nos alejamos de ese continente comprobamos que hay pueblos que con denuedo quieren enterarse cual es la esencia de su vida y cual el fundamento hasta filosófico de su existencia. Ahí los dos Congos, Ruanda. Nigeria, los esquimales del norte de Canadá y los aborígenes de Australia, todos ellos en busca de una identidad que no quieren se diga perdida.
Pues bien, colectividades sometidas a una empresa cultural común, con deseo de que su implantación identitaria no sea suplantada ni desde fuera ni desde dentro por fuerzas que operan en las instituciones del mando y del gobierno están al menos en la evidencia que esto no puede ser, que no se debe dar lugar a la desaparición de la identidad de los pueblos. Que si la historia ha sido capaz en el tiempo de construir un basamento colectivo donde todos se sienten con diferencias varias pero sin olvidar la raíz de un patrimonio cultural y personal los pueblos irán a la deriva perdiéndose en el mundo ambiguo de la doblez y del catatónico si no obedecen a ningún tipo de pronunciamiento ni ideológico ni colectivo como pueblo en activo.
No quiero pensar que las islas estén sometidas a un proceso desintegrador de su identidad. Ni que el campesino de la Gomera pierda su silbido, sus maneras y que asuma como propio lo de aquellos que desde lejos a la isla se acercan. Ni que los herreños se confundan con los que allí viven y que hacen que los nacimientos en la isla se hayan disparado en un porcentaje hasta ahora desconocido. O los de Lanzarote y Fuerteventura camino de una aculturización en contra, galopante. Se me hace angustioso el pensar que las islas desaparezcan engullidas por las fauces de una uniformidad teledirigida, por una falta de reflexión ante un futuro incierto y que seamos solo reducto de un folclorismo desdibujado o de discursos plagiados que son los que erosionan la dimensión identitaria de un pueblo que a veces no sabe lo que quiere. Y ahí habría que llegar. A saber lo que quiere. Y hay que estar erguido con una personalidad propia y contribuir a una mundialización que no cesa pero conservando lo que nos define y caracteriza o por el contrario a ser difuminados por los centelleos de una sordidez que soporta una sociedad discontinua que ha sido usurpada por la violencia de una mala historia que se ha empezado a relatar, no ya a nosotros, pero si a los que vienen detrás.
No quiero pensar que los que ahora comienzan a vivir, que no tienen las ideas despejadas porque su infancia no se lo permite, cuando avancen en años y sean mayores no sepan que las islas tuvieron buenos momentos y que en nada se parecen a los de ahora, a los que les ha tocado vivir.
Y para encontrarnos y fortalecer nuestra identidad quizá lo mas importante es empezar por desconfiar. Desconfiar de los razonadores, de los planificadores, de los demagogos y de los charlatanes. Si nos paramos en la vorágine, si nos detenemos en los discursos grandilocuentes vacíos de contenido y miramos alrededor tal vez sepamos donde estamos y si es necesario dar un giro casi de 180 grados para no perder ni el norte ni la idea de que las decisiones ante cualquier cuestión es nuestra, no es prestada, y que con ella seguro que empezaremos a construir un algo de nuestra personalidad. De lo contrario saldremos de nuestra historia por la puerta trasera y eso a parte de ser ridículo es tremendamente vergonzante.