La incapacidad política en alza

Juan Jesús Ayala

Pero muchos que así son, no se lo creen, desde su intrascendencia se creen inmutables, imperecederos y más importantes y necesarios que otros. Su incapacidad se traduce precisamente en mirarse al espejo y verse como el mejor, como el más guapo e inteligente y que su presencia en cualquier estamento social y político es imprescindible y que sin él, el mundo atravesaría por incertidumbres y marasmos.

Es ese el gran poder de la incapacidad: la ignorancia, la ausencia de autocrítica, la memez y la bobería.

Es muy difícil porque habría que hacer una catarsis en profundidad y conseguir traer el diván de Freud para a través de los sueños indagar en el inconsciente de algunos y sacar a flote las miserias en donde nada su incapacidad. No es posible desde la rutina y desde el día a día que se llegue claramente a descifrar su esencia y, menos aun, que aquellos que así son determinen que es esa su dimensión social y política.

En esta sociedad, y me refiero a la occidental, en donde los valores que prevalecen es la eterna confusión y no se sabe donde termina uno y empieza el otro, donde todo está entremezclado y confundido, hasta los sexos; donde la sabiduría ha ido camino del Olimpo en el monte Focida como recuerdo de la filosofía griega, es complicado romper el cerco a la incapacidad; se podría buscar aliados, tal vez, y entre todos con la sinceridad que debe tener consigo mismo situarse cada uno en su receptáculo y no usurpar desde la idiotez lo que le va ancho y en donde hasta sus palabras suenan a risotadas y son los chistes de los que los entienden y están a la espera de sus disparates y estupideces para contarlos.

Habría que componer un canto, pero de exquisitez, a la incapacidad política porque desde ahí, desde esa altura, se detectaría con toda profundidad a los

que encaramados en ella siguen creyéndose mejores y útiles.

Cornelius Castoriades basa la proyección política y social de la incapacidad al divorcio que existe, y hoy más que nunca, entre la sociedad occidental y aquellas que desde sus cenizas están renaciendo como las islámicas. Existe una calculada espera por parte del islam que hoy aparece con una virulencia inesperada y que está haciendo a más de un poderoso de la tierra sentirse colorado, como un ser insignificante e incapaz para dar soluciones a un sinfín de conflictos.

Cuando aparecen grandes acontecimientos y estos no se pueden controlar se espera que los mandatarios, los guaperas del mundo y los tipos estupendos puedan solucionarlos, y cuando miramos hacia ellos para obtener una decisión terminal y resolutiva resulta que salen corriendo, se meten el rabo entre piernas y buscan el refugio donde disimular su incapacidad latente.

Tal vez pudiera ser la causa de la preponderancia de la incapacidad la dicotomía que existe entre ética y poder. Quizás ahí estribe el problema. En que

el poder carente de ética desoye los argumentos de los que poseen la ciencia y la sabiduría e ignoran que deben llevarse por los que tienen la experiencia. La incapacidad se combate con cierta sabiduría. Y para ello no habrá que ir a Salamanca o a Oxford, simplemente con pararse alguna que otra vez durante el día, mirarse hacia adentro y seguro que de esa manera se tendrá bien claro quien es cada cual. Sobre todo los insignificantes que no acaban de creérselo.

El alza de la incapacidad en política, que es un fenómeno social, no es bueno que continúe con esa tendencia, porque de seguir así no tendremos escapatoria alguna porque el poder económico que mueve gobiernos y que controla la política hará posible que no haya manera alguna de levantar cabeza, de mirar hacia adelante con cierta esperanza sino que se seguirá viviendo con respiración asistida propiciada por unos protectores situados tras bastidores y que no hay manera de reducirlos y cortarles su vuelo para que, al menos, algún día, sean como Icaros con alas de cera derretidas por el sol y caigan al suelo de sus miserias.