Independencias

JUAN MANUEL GARCÍA RAMOS

Siempre hemos mantenido que los procesos de independencia de los seres humanos se asemejan a los procesos de independencia de los pueblos. Se trata de pasos delicados que han de darse con tiento, pues cualquier precipitación puede marrar la alternativa y convertirla en fracaso.

¿Cuándo una persona está capacitada para independizarse de sus marcos familiares, cuándo lo está un país para gobernarse a sí mismo?

Si nos respondemos a la última pregunta, la historia de América Latina y de África está llena de errores a lo largo de los dos últimos siglos, y quizá el ejemplo más esperpéntico lo represente, en este enero de 2004, la celebración de la independencia de Haití.

¿No resulta paradójico, después de dos siglos, que Haití fuera el primer territorio de América Latina independizado de las metrópolis europeas y que al día de hoy sea el país más pobre del continente?

Los mimetismos siempre resultaron nocivos y mimética fue la independencia alcanzada por Haití con respecto a lo que sucedía en Europa, cuando se llamaba aún Saint-Domingue y estaba envuelta en insurrecciones como la protagonizada por el patriota negro Taoussaint Louverture, quien consiguió hacerse con el control de la isla y ser nombrado gobernador general por parte de Francia en 1801 hasta que el advenimiento de Napoleón Bonaparte al poder lo depuso de sus funciones en 1802 y lo remitió a París encadenado.

El gran héroe de la independencia haitiana sería, sin embargo, el ex esclavo Jean Jacques Dessalines, que el 1 de enero de 1804 haría nacer el primer país latinoamericano libre y la segunda nación independiente de toda América.

Estos días se ha vuelto a recordar aquella página de la historia que el mismo Dessalines, atormentado por la revancha, recomendó fuera escrita sobre el pergamino de la piel de un blanco, con su calavera como tintero y la bayoneta sirviendo de pluma, mojada en la sangre de los hacendados foráneos.

Si fugaz fue el mandato de Dessalines, asesinado por los suyos apenas doce meses después de autocoronarse emperador, más que débil es hoy la posición del actual presidente haitiano Jean Bertrand Aristide, contestado por los ciento ochenta y cuatro partidos políticos, sindicatos y grupos civiles que reclaman su renuncia al cargo en medio de manifestaciones callejeras donde suenan tiros de armas largas y se vocifera con crueldad el nombre del primer mandatario.

En Haití, con ocho millones de habitantes, mueren de sida al año treinta mil personas, el ochenta por ciento de la población está en la más absoluta pobreza y los índices de analfabetismo y mortalidad baten récords vergonzantes. Es decir, un desastre.

Hasta hace unos años, Haití era el patito feo de la política y de la economía de América Latina, pero, desde un tiempo a esta parte, las crisis atravesadas por Argentina, Venezuela, Perú, el México de Chiapas, y otros ejemplos todavía menos edificantes, no hacen sino generalizar la terrible excepcionalidad de la pequeña república antillana, estos días enrolada, como ya dijimos, en el aniversario grotesco de una independencia convertida en error permanente.

El premio Nobel de Literatura de 1986, el nigeriano Wole Soyinka, se ha referido a su continente africano como un continente en extinción, pues las esperanzas depositadas en esos pueblos tras los procesos emancipatorios de los años sesenta del siglo XX quedaron convertidas en una ola de destrucción interna cada vez más alta y repleta de sangre.

Siempre hemos hablado de la torpeza de España a la hora de descolonizar sus antiguos dominios, pero no menos indecentes han sido metrópolis como Bruselas al irse del Congo y dejar la herencia de un Leopoldo II que pasa por ser reconocido como uno de los monarcas más siniestros de la historia de la Humanidad.

En realidad, lo que hoy conocemos como Tercer Mundo no es sino el resultado de la explotación económica y social llevada a cabo por Europa sobre otras geografías australes, sobre las que también proyectó, con tanto paternalismo como prepotencia, sus ideas de progreso y de convivencia democrática.

Sostiene José Antonio Marina en su último libro publicado, Los sueños de la razón. Ensayo sobre la experiencia política, que la Revolución Francesa fue, sobre todo, un gigantesco proyecto pedagógico.

Y en esas mismas páginas de Marina se aloja una definición de "soberanía" de Robespierre que vale la pena reproducir: "La soberanía es la propiedad común del género humano, que es su verdadero titular, y cada pueblo tiene derecho a su parte".

Quiere esto decir que toda nación tiene una soberanía subordinada a la Humanidad y no puede atentar contra la soberanía de otra nación porque estaría atentando contra la Humanidad entera.

Quizá estas enseñanzas desmesuradas de la Revolución Francesa no tenían por qué aplicarse de manera tan mimética a territorios como los latinoamericanos como fueron aplicadas desde el pensamiento eurocéntrico de entonces.

Una nación debe hacer coincidir la fortaleza de su cultura singular, cuando la hay, no cuando se finge, con instituciones políticas y económicas acordes. Cuando la cultura de un pueblo logra un correlato en los andamiajes de un auténtico y efectivo autogobierno, la independencia es posible y rentable; cuando el proceso no es así, lo que prevalece es el síndrome del poder que hoy ataca a tantos países del continente africano enfrascados en eternas guerras tribales, o a la misma Haití que hoy nos ha servido para reflexionar sobre la compleja liberalización de los pueblos.

Si todo esto lo aplicáramos a la España confederal hacia la que se dirigen en la actualidad Ibarretxe y Maragall y Carod-Rovira, los argumentos serían otros y las preguntas también.

¿Cabe en este siglo XXI hablar, dentro de la misma Europa, de procesos de independencia donde no se planteen los nuevos estados emergentes contar con ejércitos, monedas y aduanas propios?

En consecuencia, ¿son viables esos modelos de independencia para Euskadi y Cataluña sin contar con el previo visto bueno de la España de la que se desgajarían y, en especial, de la Europa a la que pasarían a pertenecer directamente?

En el doble y antagónico proceso de una España unificada que camina hacia una España confederal y de una Europa confederal que camina hacia una Europa unificada, ¿cuál debiera ser la postura de Canarias desde su condición de territorio atlántico y más diferenciado que ningún otro del actual estado autonómico?

Hablamos otro día.