La construcción nacional

Juan Jesús Ayala

Los pueblos, así como diversas colectividades pueden en un momento determinado de su historia llegar a convertirse en naciones, así como otros, por el contrario, continuarán desnaturalizados, neutralizados por si mismos y transitarán por sendas que conducen a cualquier lugar menos a aquel que se dirige hacia su construcción como naciones.

Los nacionalismos han tenido a lo largo de la historia diferentes connotaciones y muchas veces hasta se les ha demonizado, aun más que ahora se hace. Terminada la Segunda Guerra Mundial y haber confundido durante algún tiempo nacionalismo con fascismo, y nada más antitético que ello, los problemas que entrañaban la formación de las naciones se consideraban totalmente desfasados y al nacionalismo se le catalogaba como una desviación anticuada, o como menciona Miroslav Hroch, como "un error histórico".

Pero pasado el tiempo y llegando a los años sesenta la necesidad de aclarar y explicar el proceso de la formación de las naciones modernas ya fue una de las tareas habituales de las ciencias sociales y el estudio del nacionalismo se elevó a las altas cotas de la ética y de la política. Sin embargo, y al decir de aquellos que lo investigaron, se produjo una pobreza terminológica, sobre todo, en lo que debía entenderse por "Nacionalismo". En ocasiones se referían como si este fuera un estado mental y otras a un deseo de cambio hacia una situación. diferente, sin más.

El nacionalismo, se concluye, es el tránsito obligado que desde su práctica y con el poder político necesario conduce al objetivo final que no es otro que la nación. La construcción de la nación se hace pues desde el nacionalismo. Es esa su naturaleza. Y ahí en ese tránsito tiene extrema importancia "la cultura". Gellner, al que no se pue

de omitir de ninguna manera si hablamos de teoría nacionalista, señala que "el hombre moderno no es leal a un monarca, a una tierra o a una fe, diga lo que se diga, sino a una cultura". Con lo que quiere significar que es la cultura lo definitivo, y, craso error, es lo que muchas veces se olvida para que pueda emerger una identidad propia. Así, pues la nación representa el contexto socio-histórico en el que la cultura está incrustada y por medio del cual la cultura se produce, trasmite y recibe.

Pero toda conceptualización filosófica y política como es la nación, tiene sus detractores y, paradójicamente, muchas veces sus enemigos surgen desde dentro. Los que aupándose sobre construcciones pseudonacionalistas taponan, tergiversan las metas y eluden los compromisos, no solo consigo mismos sino con el pueblo que pretenden representar y que desde un nacionalismo que dicen practican, retrasan el objetivo. Con lo que las naciones que se instalan en el imaginario circulare solo por la mente de estos, sin fuerza para apenas llegar al suelo y situarse determinando que están ahí y que al fin se ha conseguido lo que se ha propiciado.

La construcción nacional lleva su tiempo. Aunque también se ha visto que desde un protonacionalismo de vida corta, sin apenas dar lugar a que las

antesalas de la discusión favorezcan la promulgación de la nación ocurren acontecimientos imprevistos, lobos ocultos prestos a morder en la carne de una cultura que al sentirse presa de algo que no conoce y que les atemoriza se identifican ante el miedo y la incertidumbre, se "Nacionalizan," se construye el grupo y emerge el pueblo y ya a partir de ahí los símbolos y los rituales que anteriormente eran pura farándula ocupan un lugar preeminente dejándose oír gritos que pregonan soberanía exigiendo un puesto en el contexto de una ciudadanía universal, como pueblo y como nación consolidada.

La construcción nacional que durante gran parte del pasado siglo fue un fenómeno característico y a veces crudo y virulento no ha perdido ni su énfasis ni su empeño. Ahora cuando nos envuelve la globalización económica y se intenta por todos los medios la "uniformidad", las naciones, los pueblos necesitan más que nunca resaltar su identidad y luchar con todo el coraje posible para no ser engullidos por las fauces de los miles de enemigos ocultos que andan por todas partes. Paradójicamente, y ante la globalización que no cesa los pueblos deben iniciar, para sobrevivir como tales, su despertar así como su construcción nacional ante la avalancha de acontecimientos que se avecinan. De no ser así no podrán entablar ni siquiera un diálogo confortable porque a su voz se les enmudecerá, y la fuerza de su garganta se estrangulará con las propagandas de la mentira.

La cultura compartida es lo determinante, lo que caracteriza y define, además de ser el soporte socio-político para que aquellas naciones que apenas hayan iniciado el camino de su construcción nacional se pongan manos a la obra. De no hacerlo seguirán siendo testigos de una historia mal contada en la que su papel de protagonistas se les ha secuestrado.